Ser emprendedor no es lo mismo que ser empresario. Cualquiera -o casi que cualquiera- puede aprender a administrar una empresa, pero ser emprendedor va en el carácter. Significa perseverar y tener la capacidad de automotivarse cuando las cosas no van como nos gustaría. Administrar es una cuestión de números, emprender es una cuestión de la mente.

Por lo menos eso fue lo que aprendí cuando hice mi paso por el mundillo de los emprendedores. Como periodista, claro. Cuando los ves desde afuera parecen una especie aparte, unos seres que recitan “No más pálidas” como si fuera la Biblia, pero tienen la capacidad de contagiarte tanta energía que te creés capaz de conquistar lo que sea.

Cuando falta la inspiración no hay nada que levante más el ánimo que leer o ver películas sobre emprendedores. Así es que te das cuenta que no hay mucho que te separe de ellos, solo una idea y la motivación para darlo todo por ella. Por eso, y ya terminando mayo, en Couture queremos compartir con ustedes algunas de las películas y series que nos inspiran a ser como ellos -o a aprender de sus errores-.

Girlboss

Sophia Amoruso era una irresponsable total. Una chica de 23 años que no terminó la universidad y que no podía retener un trabajo por más de un par de meses porque se aburría. No parecía tener nada a su favor, solo rebeldía adolescente y un buen ojo para la ropa vintage.

Así empieza Girlboss, la nueva serie de Netflix que narra el camino real de una emprendedora por accidente. Creó una tienda de E-Bay para vender una chaqueta de los años 70 y tuvo suerte. Buscó más baratijas de segunda mano y con un poco de styling, fotos de buena calidad y gran instinto empezó a vender más y más hasta que su empresa, Nasty Gal, se convirtió en una mina de oro. Ella llegó a valer 300 millones de dólares, lo que la convirtió en una de las mujeres empresarias más ricas de Estados Unidos, según la revista Forbes. Ese es el auge, y después vino la caída (y la bancarrota).

Es una serie light, de esas para ver cuando estás cansado y no querés pensar en nada. San Francisco es una ciudad preciosa y la ropa de Sophia aún más. No hay ningún drama profundo ni obstáculos grandes para Nasty Gal (por lo menos ninguno que no se solucione en cuestión de dos capítulos); pero casi sentís que estás creciendo con el personaje. La Sophia de los primeros capítulos es insufrible, una chica hueca estereotípica. La del final está más golpeada por la vida, más madura y lo más importante: tiene un propósito. Más allá de sus carencias, es una serie amena, motivadora y con un gran soundtrack.

El lobo de Wall Street

Además de tener más “fucks” que cualquier otra película en la historia, la película de Scorsese tiene al Leonardo DiCaprio más sacado y alucinante de todos. Es otra de esas historias que tanto le gusta a los americanos, sobre un perdedor que salió adelante gracias a su trabajo y a su ingenio. La única diferencia es que todo lo que hizo fue ilegal.

A Scorsese le llovieron las críticas por mostrar la historia real de un estafador de una forma tan atractiva. Decían que glamorizaba el crimen y nunca se enfocó en el daño que Jordan Belfort (el personaje que encarnó DiCaprio) hizo a las personas que estafó. Lo que vemos son puras fiestas, drogas y autos de lujo… y es divertidísimo.

Con esto no digo que larguen todo y se vayan a convertir en criminales, todo lo contrario. Belfort no es el mejor ejemplo a seguir, pero más allá de la opulencia y la locura, él era el tipo de vendedor que cualquiera de nosotros soñamos con ser.

Joy: el nombre del éxito

Pensé que ver Joy: el nombre del éxito iba a ser como esos paseos que nos obligaban a hacer en la escuela. Si teníamos mucha suerte íbamos a Manolo a ver cómo se hacen las papas fritas, si no, como en Los Simpsons, podíamos terminar hasta en una fábrica de cajas. Un embole de principio a fin.

Es que ver una película sobre una mujer que inventa un trapeador de piso parece un bodrio más grande que ver pintura secándose, por lo menos en teoría. Por suerte siempre podemos contar en la dupla de David O. Russell y Jennifer Lawrence para convertir lo ordinario en extraordinario. Es la historia real de Joy Mangano, la creadora del Miracle Mop, pero con algo de drama hollywoodense.

Joy era una madre soltera, con un trabajo que no iba a ningún lugar y al borde de la bancarrota. Si eso suena agobiante, en la versión de O. Russell es peor. La Joy de Lawrence además de mantener dos hijos tenía que compartir una casa en ruinas con su abuela, su madre y hasta el inútil de su ex marido. Y aún bajo esas circunstancias sacó la fuerza para sacar adelante un emprendimiento que después se volvería una compañía multimillonaria.

Es entretenida y, aunque peca de predecible, es de esas películas que te hacen sentir que si tienes la actitud correcta y trabajas duro, no hay circunstancias que no puedas superar.

Hambre de poder

No me gusta el título que le dieron en castellano. El título en inglés es The Founder, una ironía para describir al hombre responsable de que todos tengamos un McDonald’s al alcance de la mano. Ray Kroc (Michael Keaton en la película) fue el que expandió la cadena de comida rápida hasta convertirla en el imperio que conocemos hoy, pero la historia del restaurante había empezado 15 años antes de que él se involucrara.

No quiero spoilear la historia porque vale la pena verla en la pantalla. Michael Keaton interpreta a Ray como una verdadera basura, pero no puedes evitar sentir un poco de pena por él. Su Ray Kroc es un hombre que tiene un vacío tan grande que ni todo el dinero del mundo puede llenar. Sus víctimas fueron los hermanos McDonald (Nick Offerman y John Carroll Lynch), que manejaban un pequeño restaurante con un sistema revolucionario y que les permitía podían hacer la comida en una fracción de tiempo de lo que le tomaría a la competencia.

Kroc intuyó su potencial y empezó a trabajar con ellos para expandir el negocio, pero pronto los hizo a un lado y se impuso como la cara visible de la compañía. Es como ver una cacería en National Geographic: no sé ustedes, pero yo tengo que mirar hacia otro lado cuando el león caza a su presa. Offerman y Lynch son como dos corderos a merced del lobo de Keaton, sientes odio y un poco de miedo por el animal de presa, pero también respeto. Si lo pensamos fríamente, Kroc fue un gran emprendedor. A pesar de todo lo malo que hizo, también creó la identidad de la marca McDonald’s y desarrolló un modelo de negocio revolucionario, y eso vale más que una hamburguesa.