Foto de tapa: Glossier.

Que el feminismo llegó para instalarse y mejorar la vida de todas está fuera de discusión. Pero siempre parece que estamos hablando de procesos a largo plazo, cambios muy profundos que sacuden la estructura social entera y que quizás recién nuestras nietas disfruten en plenitud. Eso es así, y es verdad.

Phoebe Philo, una de las pioneras.

Una vez más, la moda es el primer reflejo, el más inmediato, de un cambios de coyuntura. Qué elegimos para vestirnos, qué descartamos y qué nos parece bello o feo, refleja mucho antes que cualquier institución las pulsiones colectivas. En este caso, el feminismo. Porque al cuestionar nuestro rol en la sociedad, cuestionamos también nuestra apariencia. Evidenciamos la condición de mensaje de la moda y nos preguntamos ¿Para quién, y desde quién? Y así es como la aguja de lo bello y lo feo se va torciendo cada vez más en función de la comodidad, la libertad y la autoaceptación. En el destacar el brillo inherente de cada una en vez de construirlo con ornamentos, como si fuéramos lienzos en blanco.

De más está decir que nada de esto es invento del #niunamenos (infinidad de chicas vestían así antes ¡se lo debemos a ellas principalmente!), ni tampoco es una moda: es simplemente un cambio de comportamiento, un entrenamiento del ojo de la opinión pública, un avance en el sentido común de la moda. Una tendencia en el sentido más positivo de la palabra. Y no, nada de esto significa que haya algo de malo con la vieja y querida feminidad clásica, con los tacos, con lo sexy, con lo ajustado: lo interesante es que deje de ser la norma para que pase a ser una elección, como así también terminar de una vez con aquello de que femenina y feminista son antónimos, cuando la feminidad es construcción y convención, y estamos yendo, lento pero seguro, a nuevas construcciones y convenciones más plurales, piadosas y desestructuradas.

Dicho esto, triunfos feministas en nuestro modo de vestir actual, o como mejoramos nuestra manera de vestir –y de darnos amor propio- gracias al feminismo. Porque mujer bonita es la que lucha y para luchar hay que sentirse segura y estar cómoda.

El oversize

Celine Resort 2016. Foto: Vogue.

Hoy es sinónimo de chic. Empezó por los abrigos, los tapados y los sweaters: dos talles más, mejor. Tiene algo de eso de recién levantada, de estar envuelta en una mantita, que encanta. Como Phoebe Philo, que nos mostró que ese pantalón, unas zapatillas y una polera negra podían ser el look más canchero y femenino habido y por haber.

Hasta la década pasada la ropa grande y suelta era sinónimo de adolescentes rebeldes, de new age o de gente que quería esconder su cuerpo. Era casi impensable celebrar formas o cortes que no dejen entrever una silueta (siempre que sea privilegiada ¡obvio!). Los pantalones tenían que hacerte buena cola y para que los abrigos fuesen considerados “con linda forma” tenían que ceñir en la cintura. Hoy, todo lo contrario: el oversize es el tamaño de la insinuación, del misterio y de la comodidad, todo junto.

Viste perfecto a aquellas que se sienten cómodas con su cuerpo y a aquellas que no. ¿Lo mejor? Ya ni siquiera las proporciones son sagradas. Pantalón y buzo dos talles más grandes también se pueden.

Pernille Teisbaek, una de las bloggers del momento, a pesar de tener una belleza clásica opta por el oversize.

Base, polvo compacto y peinado de peluquería

Bendito el día que alguien se percató de que la piel de la mujer era algo a celebrar. Bendito el día en el cual la belleza natural se puso de moda. También el día que nos dimos cuenta de que los peinados arquitectónicos llenos de clips y con litros de laca tenían más que ver con otra época, cuando la mujer cumplía una función casi ornamental dentro de la familia, el barrio o el club, y además tenían mucho más tiempo para dedicar a su aspecto.

Solange suele usar el pelo al natural y el rostro sin maquillaje.

Esos mandatos de belleza ya nada tienen que ver con el estilo de vida que defendemos, y por eso mismo ya no nos parecen atractivos por default. La idea de que se note que pasamos toda la tarde esforzándonos por ser bellas -por suerte- ya no le interesa a casi nadie. Porque esas caras uniformes, perfectas, absolutamente mate son sin dudas muy prolijas y ayudarán a poder pararse frente a la cámara sin sobresaltos, pero homogeneizan. Se sepultan las particularidades bajo una forma correcta que funciona como norma.

Alicia Keys dejó oficialmente de maquillarse y cada vez que hace una aparición pública es casi un acto político. Ni hablar del por demás simbólico y conmovedor natural hair movement, donde mujeres negras de cierta visibilidad abandonaron los típicos tratamientos para hacer parecer a sus cabellos lacios y dóciles, y en ese acto dejar de adaptarlos, de forzarlos, hacia un ideal de belleza extranjero, que no les pertenece. La alfombra roja se llenó de afros y dreadlocks. Y son hermosos.

Alicia Keys en los BET Awards de 2016. Foto: US Weekly.

Como último punto a favor, cabe destacar que una vuelta a la belleza natural tiene que venir sí o sí aparejada de un estilo de vida más saludable: si no hay bases pesadas que no la dejen respirar o tapaojeras mágicos, la piel tiene que verse fresca por sí sola y eso se logra desde adentro. Para una cara lavada que resplandezca, frutas, verduras, litros de agua, limpieza, cuidado y vicios controlados. Y si tiene imperfecciones tampoco importa. Cierra por todos lados.

Caída de los tacos, auge de las zapatillas

Es cierto que los zapatos de taco están cargados de mística, que son objetos de culto, que hacen magia con las piernas y la silueta. Al usarlos muchas mujeres se sientan sexys y poderosas y por la misma razón muchas reivindican su derecho a usarlos como praxis feminista. Está perfecto que así sea y ojalá que nunca se extingan del todo (¡son hermosos!), pero es una conquista a favor de nosotras que ya no sean condición necesaria para estar bien vestida.

El chic del 2018 prescinde de los tacos. Ya no son sinónimo de elegancia, más bien son casi una extravagancia. Ya no son obligatorios en casi ningún contexto, y esa es una alegría para el enorme porcentaje de mujeres que nunca logramos sentirnos cómodas a 8cm del suelo o más. Los tacos duelen, sacan ampollas y hacen mal a la postura. Sí, muchas de las cosas que nos dan placer pueden no ser sanas, pero precisamente ahí está el punto, que los tacos altos sean una herramienta de placer y no de sometimiento.

Foto: Romina Introini,

Además la oferta de flats viene cada vez mejor: abotinados, ballerinas, náuticos, loafers y hasta guillerminas. Formales, informales, de cuero, charol, metalizados, de denim, de gamuza, de animal print. Y las zapatillas merecen un capítulo aparte: estuvieron -y siguen estando- de moda las Converse, las adidas Originals (con sus omnipresentes Stan Smith), las Reebook con velcro, las Keds, las New Balance, las Vans. Otras que se mantienen vigentes ya hace más de un lustro con su infinidad de formas y colores, son las de correr (también conocidas como llantas), sobre todo las Nike, pero hasta Balenciaga sacó una línea.

El calzado cómodo por definición, ese que hace tan solo diez años parecía mala palabra dentro del mundo fashion –basta con volver a mirar El Diablo viste a la moda-, hoy son de lo más chic. Esos armatostes con cámara de aire, resortes y partes plásticas que las asemejan peligrosamente a naves espaciales de juguete y que cuidan el arco del pie y se sienten como caminar sobre nubes, ahora se usan con traje, vestidos largos, con jeans boyfriend arremangados, con chupines… ¡Con todo! La comodidad ya no es una licencia que sólo pueden tomarse las deportistas: es un derecho. Como para que nuestras abuelas se horroricen.

Las Nike Vapormax combinadas con un vestido. Foto: Refinery 29.

La no depilación

Sophia Hadjipanteli es activista de las cejas naturales. Foto: Manrepeller.

Es polémico y no gusta a todos. Todas coinciden en que la transición a acostumbrarse es dura. Pero que hoy en día sea una opción, y que hayamos caído en cuenta de que si te depilás es porque querés, es otra (enorme) conquista de las mujeres sobre sus cuerpos que le debemos al feminismo. ¿Por qué tener naturalizado algo que duele, lastima, reseca la piel y sale carísimo? ¿Por qué nosotras tenemos que estar depiladas para ser bellas y la otra mitad de la población puede pasearse con sus espaldas llenas de rastas de lo más campantes? Las que llevan el vello corporal lo llevan con orgullo porque es toda una declaración de principios, todo un símbolo de lucha y desobediencia. O por lo menos lo es ahora, en su etapa de existir como reacción, y a la espera de consolidarse como regla.

Alexandra Marzella para The Cut.

Algunas chicas la abandonaron de un día para el otro y radicalmente. Otras, siguen depilándose las piernas pero fueron dejándose crecer libremente en sectores más dolorosos. Lo más común son las que lo llevan en las axilas, casi como una joya –e incluso se las tiñen-.

Y demostrar que se puede ser hermosa, sexy, canchera y peluda es otra tarea que nos ocupa actualmente, y con resultados fácilmente cotejables: Alexandra Marzella, performer, modelo de Calvin Klein y Adidas y estrella de Instagram, cosecha cada día más fanáticos con su fotogenia irresistible, sus axilas y piernas peludas, su exaltación de la sexualidad y sus fotos sin maquillaje en las que siempre se ve radiante. También está la joven modelo Kate Bowman, de ojos claros, facciones aniñadas y piernas infinitas, que cuenta en un artículo como sólo se depila por plata. Ver como les quedan los pelos a estas chicas dan ganas de dejárselos. Pero sino, dejando de someterse al jean o a las medias cuando hay 40 grados solo por no estar lampiñas, ya estamos haciendo un avance enorme.

Adiós al corpiño

Otro acto que simboliza el abrazo a la diversidad, la comodidad, la liberación, todo junto. La obligatoriedad del corpiño va quedando obsoleta, y con esto sus formas y diseños cada vez tienden más a acompañar, acariciar, contener, en lugar de apretar, levantar, moldear, hacer crecer o disminuir. El corpiño armado, el push up y el relleno están en franco descenso mientras el bralette asciende.

Courtney Trop, blogger de moda.

Ya no es únicamente linda y deseable la teta redonda, grande (pero no tanto), que burla la ley de gravedad con notoria ayuda y que genera un surco colisionándose contra su hermana. Tetas chiquitas, puro pezón, las puntiagudas, las asimétricas, todas tienen lugar y todas visten bien. Además, contribuye al intento de acabar con la hipersexualización de las tetas: aguantarse el timbreo ahora significará una convivencia mucho más pacífica entre los pezones y el ser humano en general en un futuro no tan lejano.

El progresivo abandono del corpiño tiene que ver con esa doble moral tan nociva que hace que los pechos sean tabú y a su vez foco máximo de atención en nuestro cuerpo. Sin corpiño desacralizamos nuestras tetas y a su vez las mimamos. Es una manera de no darle tanta importancia a lo que dicen de nosotras. Y de paso, que nunca más se nos clave un aro en la axila, o se nos asome un bretel arruinando el corte del vestido.

Por más conquistas del feminismo.