El mundo cambió. Es una verdad difícilmente refutable. Mientras temíamos por guerras nucleares, políticas migratorias, terrorismo, terremotos y tsunamis; una pequeñísima porción de proteína, de 120 nanómetros de diámetro y con solamente 8 k de código genético modificó la configuración global para siempre. Pasaron diez días de real consciencia en la región y lejos quedan los lamentos por las suspensiones y aplazamientos de nuestros eventos, viajes y clases. Ahora se trata de sobrevivir y hay toda una generación que no lo tiene en su ADN. 

Podrán leer -porque además ahora tendrán el tiempo y los medios- TODO sobre el coronavirus: por qué, cómo, cuándo, quiénes (¿cuál sería la carta astral de Carmela?), cómo se combate, cuántos infectados. También entretenerse con todos los libros, películas, series, cursos online y muchos, MUCHOS, Instagram lives. 

Ironía aparte, la incertidumbre es absoluta y las consecuencias por ahora en su mayoría nefastas para la salud y la economía. Cada nuevo infectado y cada nueva persona desempleada hunden el ya de por sí vapuleado ánimo. Desde mi saludable -por ahora- encierro, sin embargo, no dejo de pensar en la interesantísima y única oportunidad que este escenario nos está brindando. Comenzando por lo más básico: nos da tiempo para pensar. Aun más: nos obliga a hacerlo, porque el elefante en el bazar está destruyendo todo a su paso y hay que ser creativo. Me dediqué, entre nuevas tareas domésticas, deberes escolares, trabajo, acomodar la casa para este escenario de casa-oficina-escuela, búsqueda de víveres y conexión digital con amigos y familia en todo el mundo; a escuchar y leer algunos de los referentes que ven más allá . Y me tomé mi tiempo, robado del descanso que se vuelve mandatorio, para procesar algunos conceptos que creo que pueden ser una guía para empezar a pensar en lo que se viene cuando lo peor haya pasado. Mis fuentes son la experta en tendencias holandesa Li Edelkoort, la plataforma Business of Fashion y la newsletter de Future Crunch

1. El mundo cambió. Lo dije, lo repito. Y como cambió, no habrá vuelta a la normalidad. No habrá “business as usual”. Algunas cosas se quebrarán para siempre. Y eso es bueno, si no necesario. Desde los gobiernos a los sistemas educativos (siendo Ceibal una gran excepción propia y por ende motivo de orgullo) a las industrias y -polémico, lo sé- el capitalismo como sistema; el Covid-19 llegó para decirnos con una bofetada que, si bien hemos logrado mucho como Humanidad, hay una oportunidad casi obligatoria para resetear. Eso es tan angustiante como liberador. No nos entrenaron para esta situación, pero la crisis nos facilita la enorme libertad de repensar, sin ataduras, cómo podemos hacer las cosas mejor, con mayor conciencia, con menor desperdicio. Con más amor, aunque suene cursi.

Para las empresas, el desafío es grande. Hay que moverse rápidamente, solo que algunas continúan siendo tan pesadas que cada movimiento puede tardar demasiado. Si hay posibilidades, puede ser la oportunidad de empezar de cero, con el expertise ganado. Si no las hay, creatividad e innovación son claves: está lleno de procesos que se vienen haciendo de la misma manera hace siglos. ¿Por qué no repensarlos? Acabo de ver que Michel Cohen, CEO de Lolita, está organizando el fashion swap para que las empresas del hemisferio norte y hemisferio sur intercambien las colecciones que no podrán vender en la temporada actual. Suena descabellado, pero quizá funcione, ¿por qué no? Li Edelkoort también plantea la necesidad de repensar el concepto de estaciones de moda, de que las prendas estén en los percheros de las tiendas cuando realmente las necesitamos, y de que, nuevamente, apuntemos a tener menos y mejores cosas.

2. Vuelta a los básicos. Esto aplicará a absolutamente todos los aspectos de la vida. La sensación es que veníamos de agendas como tetris y aplicaciones que intentaban resolver nuestras necesidades y productos para los micronichos; y de pronto queremos guiso de lentejas y bizcochuelos de vainilla y refugio en nuestros seres y objetos queridos. El regreso real al hogar tiene una profunda conexión con lo básico, con las raíces. Me comentaba una amiga que en Italia se agotó la levadura porque la gente se volcó a cocinar panes y pizzas en sus casas. Yo retomé mi masa madre. Hay algo de autosuficiencia que nos hace sentir seguros. Li Edelkoort afirma hace unos años que gran parte del futuro está en la granja, en la conexión con la naturaleza y la vida autoabastecida, desde alimentos hasta textiles.

Para la moda, según arriesga el experto en retail Doug Stephens, entrevistado en este podcast por Imran Amed de BoF, veremos decirle adiós por un rato al maximalismo exagerado de Alessandro Michele et al y buscar prendas neutras, de buenos materiales y, tal como el popular athleisure, nos permitan pasar del trabajo al hogar -si es que incluso existe un pasaje- con toda facilidad.

3. Bienvenida la generosidad. Viendo las reacciones desmedidas de acopio de papel higiénico, alcohol en gel y barbijos innecesarios, podemos pensar lo contrario. Pero la generosidad como anti-codicia deberá ser la tónica en los tiempos que vienen, porque no habrá otra manera de sobrevivir que con la colaboración desinteresada. Aunque cueste entenderlo, el altruismo y las co-producciones inesperadas serán la clave de la supervivencia en el mundo DC (después del Coronavirus). En las redes fue inmediata la búsqueda de soluciones, agrupamientos, reenvíos solidarios y hasta aplicaciones que se generaron con total celeridad para evitar que sistemas ya de por sí fragilísimos como los artistas, emprendedores, pequeños empresarios y/o freelancers queden por el camino y pierdan lo construido hasta el momento por no poder trabajar.

4. Lo virtual es lo real. Si ya nos costaba establecer distinciones por momentos, de pronto nos vimos lanzados a mediar trabajo, clases, vínculos y transacciones a través de las pantallas. Para algunos pocos es un lenguaje natural, para muchos otros fue una rápida y forzosa curva de aprendizaje. Y, si bien con el cierre de tiendas físicas la tendencia absoluta es la compra vía e-commerce, otras complicaciones surgen: ¿dónde me sitúo en la cadena de proveedores? ¿Es confiable enviar mercadería en este contexto? Sobre todo: ¿es ético intentar vender a toda costa cuando la gente está siendo enviada masivamente a seguro de paro? Por supuesto que es necesario, sobre todo si la espalda no permite por ejemplo destinar recursos a producir materiales como máscaras o alcohol en gel, como lo decidió el conglomerado de lujo francés LVMH. El del e-commerce será uno de los grandes desafíos y oportunidades y, en este contexto, una compra puede ser un gesto de solidaridad hacia la supervivencia de las empresas que más queremos. Resta ver si podremos comenzar a trabajar en un régimen mixto entre casa y oficina, o si nuevas modalidades como showrooms virtuales (el ahorro es inmenso, tanto económica como ambientalmente) irán más allá del estado de emergencia.

5. La transparencia es el único camino. Desde que estudiaba tendencias allá por 2008 vengo leyendo y escuchando sobre la importancia de la transparencia para estas generaciones. Sin embargo, así como otros vicios que traemos del pasado, la ocultación de información es un hábito difícil de desterrar. Sin embargo, la pandemia del Covid-19 y su necesidad de claridad llegan nuevamente a demostrar que la honestidad y la consecuente transparencia son los caminos a tomar si queremos el respeto de nuestros ciudadanos, seguidores o clientes. 

6. La dieta de la información. Estamos preocupados por la ingesta extrema de carbohidratos durante la cuarentena, pero más deberíamos estarlo por el exceso de información de mala calidad que consumimos. Este no es un nuevo concepto -recuerdo leer hace años sobre el “detox de información”, pero en este contexto forma parte de nuestra responsabilidad hacia nosotros mismos y los demás intentar manejar información confiable, de fuentes que nos generen respeto, y desechar la tentación de enviar y reenviar aquella información que desinforma. La paradoja es que, mientras tanto, los medios de prensa no son inmunes a las oleadas de despidos y eso actúa proporcionalmente en detrimento de la calidad. En mercados más desarrollados, algunos medios especializados en otros temas están aportando su mirada al tópico ineludible: en Italia, Vanity Fair acaba de colocar en portada a los médicos, mientras que Emanuele Farneti, editor jefe de la mítica revista Vogue Italia, expuso aquí que el número de abril estará dedicado al tema. La influencia de la publicación, que en enero decidió ilustrar las tapas en vez de fotografiar para donar sus recursos a recuperar Venecia tras las inundaciones, hará que el resto seguramente siga el ejemplo, porque lejos parece haber quedado el mundo de las celebridades en tapas brillantes. Nuevas formas de belleza emergerán.

7. La vuelta de la ciencia. En varios de los últimos gobiernos, el rol de los científicos estaba siendo cuestionado y hasta despreciado -recordemos los improperios de Trump, cuándo no, negando el cambio climático-. Sus presupuestos fueron recortados o directamente anulados y sus voces acalladas por no comulgar con las agendas de gobierno. Y de pronto estamos aquí, buscando apoyarlos aunque tan sea solo con aliento para que nos ayuden a sobreponernos a estos nuevos escenarios. Por fortuna, los científicos responden y tiran para el mismo lado. Aquí estamos para devolverles su lugar en el podio.

8. Adiós a los viajes (al menos por un tiempo). De ser un lujo para pocos, los movimientos en avión se volvieron un commodity y daba lo mismo al final si la estadía era corta o larga. Las ofertas de las aerolíneas son miles, omnipresentes y definitivamente tentadoras. Con tan solo un click y sumas modestas se podía planificar un fin de semana en Río o una semana en Madrid, y nada más lindo que  cambiar la perspectiva por unos días. Hoy las fronteras están cerradas, pero Li Edelkoort pronostica que en general viajaremos cada vez menos en avión, por los grandes costos ambientales que implican estos movimientos. Existe en los países nórdicos el concepto de flight shaming, esto es, cuestionar el hecho de volar “porque sí” -recordarán que Greta Thunberg se trasladó en barco a la conferencia de la ONU. Resulta muy fácil hacer la comparación con la moda, al comienzo elitista y tan democrática y accesible ahora, pero con costos altísimos desde varios puntos de vista. Quizá nos tengamos que acostumbrar, finalmente, a una vida más local y con menos cosas.

Nota aparte: ¿podrá esto implicar una vuelta a la manufactura local? Con China, la fábrica del mundo, reponiéndose de la crisis, ¿existe la posibilidad de pensar en suplir las necesidades de la moda con recursos locales? Lo tiro como pregunta.

9. La Naturaleza agradecida. Ya vendrán estudios y hasta documentales que registren el impacto que tuvo este enorme parate en el mundo. Por lo pronto, ya sabemos que fueron necesarios menos de tres meses para limpiar los cielos de China o los canales de Venecia. Esta es una señal que debe abrir aun más nuestros ojos y finalmente abrazar la idea de que estamos a tiempo de revertir el daño y que quizá la clave no sea hacer más por el planeta, sino hacer menos.

10. Olas del mismo mar. De un momento para el otro, debimos tomar el famoso “distanciamiento social”. Mientras algunas familias luchan con la convivencia y pululan los memes sobre los divorcios que traerá el Covid-19, la soledad de la sociedad también queda expuesta en este escenario como otra de las consecuencias de un sistema individualista en el que hasta las relaciones pasaron a ser mercantilizadas. Sin embargo, y aunque suene a cliché, somos seres sociales, y de esta situación, tal como se viene demostrando en los países más afectados, no se saldrá si no es en comunidad. Concepto que, por otra parte, las nuevas generaciones parecen tener más claro. Lo fuerte de este momento es que, desde una abuela en España a un adolescente en Brasil o un niño en Japón, todos los seres humanos del planeta -una especie en extinción, según Li Edelkoort- estamos siendo, en mayor o menor medida, atravesados por lo mismo, y reafirmando una vez más que los miedos y alegrías son universales. La expansión del virus fue por culpa de la globalización, pero saldremos gracias a la globalización también. Me quedo con una anécdota de una compañía de telefonía china instalada en Italia que hace unos días realizó una gran donación de decenas de miles de insumos protectores para los trabajadores de la salud. Pegada a las cajas, una tarjeta con una frase del filósofo romano Séneca rezaba: “Somos olas del mismo mar, hojas del mismo árbol, flores del mismo jardín”. 

Ilustración de tapa: Angelina Bambina