Es prácticamente imposible decir algo sobre el desfile de Victoria’s Secret que no se haya dicho ya, pero voy a intentarlo. Cuando empecé a ver que, al igual que cada año, tanto las modelos como los medios que sigo empezaban a postear fotos de la filmación del evento, decidí que iba a ignorarlo (tarea titánica, dada la cantidad de dinero que invierten en, justamente, volverse omnipresentes). Sin embargo, la gota que derramó el vaso fue una imagen del backstage en la que 3 chicas blancas, flaquísimas, sostenían un cartel que decía “Girl Power”. ¿Girl Power es hacer un show moldeado según los estándares de belleza femenina de dos CEOs hombres? ¿Poder femenino son decenas de chicas entrenadas cual robots para decir el discurso de Victoria’s Secret? ¿Podemos hablar de empoderamiento cuando las modelos cuentan las dietas extremas y el ejercicio excesivo que hacen previo al desfile para llegar “perfectas”? Yo creo que no.

Hoy, en 2018 y con 25 años, tengo la madurez y la formación -feminista- como para darme cuenta de que -a falta de un mejor término- el desfile anual de Victoria’s Secret es una basura. Pero, también tengo que confesar, que hasta hace poco esperaba el evento con ansias, que siempre terminaba haciéndome sentir que yo no era lo suficientemente delgada, ni alta, que mi pelo era demasiado corto -salvo a algunos pocos afros, siempre ponen extensiones- y mi piel muy blanca e imperfecta. En la etapa de la adolescencia somos vulnerables y estos mensajes calan hondo, por eso, aunque parezcan superficiales, son peligrosos.

Y mi lucha no es en contra de las modelos, no las culpo. Para ellas formar parte del desfile es importantísimo: es uno de las mayores validaciones que pueden recibir en su carrera y además les ayuda a multiplicar su cantidad de seguidores en redes, que todos sabemos que hoy en día es una fuente de poder. Es verdad que su función en el desfile es casi la de una muñeca que tira besos, sonríe -¡cuánto sonríen!- y menea la cola al final de la pasarela para complacer a la audiencia, pero, cuando el show termina, tienen la posibilidad de hacer algo significativo con su plataforma -como por ejemplo Josephine Skriver, que es activista LGBTQ.

Foto: Getty.

Por suerte, nosotras, las consumidoras -del show y de la ropa-, somos las que tenemos el poder. Victoria’s Secret vende cada vez menos y el programa alcanzó un mínimo histórico de audiencia. Y aún así, la compañía no capta el mensaje. Ed Razek, jefe de Marketing, aseguró que en el desfile no había modelos trans ni plus size porque el show “vendía una fantasía”. Es que para él el ideal de una mujer solo puede ser ese: verse como una de las chicas que camina por la pasarela, con un push up que aumenta al doble el tamaño de su busto y un corset que le aprieta la cintura. Pero no, ya no es así. Estamos en un proceso de entender que la belleza es mucho más amplia que el estereotipo que ellos manejan.

Lo peor de todo es que, si nos escuchara a las mujeres, vendería muchísimo más. Si ampliara su curva de talles o, por ejemplo, incorporara soutienes sin relleno. Si en lugar de vendernos una fantasía plástica de modelos idénticas que sonríen y sacuden la cola a cámara nos invitara a aceptar nuestro cuerpo, lograrían un mensaje más acorde a lo que una consumidora en 2018 pretende escuchar.

Que es anticuado y absurdo lo sabemos hace bastante tiempo, pero creo que este es el primer año en el que realmente nos damos cuenta de que un evento así no tiene sentido en la era en la que vivimos. El show anual de Victoria’s Secret alcanzó un punto en el que no tiene otra opción que cambiar o caer.

Savage, la línea de lencería de Rihanna, causó sensación en NYFW por su gran espectro de modelos y sus talles inclusivos.