Foto de tapa: Colectivo Manifiesto.

Escribir un artículo sobre cómo criar hijos en el feminismo me resultó un desafío. Como nunca me propuse hacerlo explícitamente, dudé sobre lo que podría aportar en este sentido e incluso me pregunté cómo estaba manejando estas cuestiones ideológicas en la educación de mi descendencia.

Di vueltas al asunto durante varios días y se me ocurrió que una buena manera de reflexionar sobre el tema era hacer el camino inverso: desapegada de los manuales como soy, me pareció interesante desandar el camino y reflexionar sobre los principios que intento inculcarles a mis tres hijos, sin que formen parte de una lista de consignas; y resaltar cómo el efecto que esas ideas -que fluyen naturalmente en nuestra familia- se enmarcan dentro de una crianza feminista.

Encuentro de “Ni una menos”. Foto: Colectivo Manifiesto

Antes de ser madre fui hija, y ya en aquel momento me di cuenta de que las bajadas de línea discursivas tienen mucho menos impacto que el ejemplo. Verla trabajar a mi mamá en condiciones adversas y que mi papá hiciera todo lo posible para que yo fuera a la universidad, se convirtieron en modelos a imitar inevitables. Supongo que ahí radica la clave: educar con el ejemplo. Siento que no hay lifestyle feminista que pueda contra un modelo de padres igualitarios. En ese sentido, si ponemos energía en comprarles libros o remeras feministas pero el trabajo doméstico está relegado a las mujeres de la casa, por ejemplo, el mensaje sería confuso.

Es un trabajo difícil para nuestra generación romper con los roles de género. Muchas madres nos quejamos de que hacemos más tareas domésticas que los padres de nuestros hijos, pero somos controladoras y nos cuesta compartir el espacio de toma de decisiones, por poner un ejemplo. Que los padres lleven a los hijos al pediatra o que participen en las reuniones escolares sin la participación de las madres es un buen mensaje para los chicos y la sociedad entera, que cada vez ocurre con más frecuencia.

Noté que hay algunas cuestiones de crianza que sólo las registro cuando escucho a otro padre o madre. Una de esas cuestiones tiene que ver con los comentarios sobre el cuerpo de los niños. Cuando escucho que algún progenitor manifiesta frente a sus hijos su decepción frente a su gordura, delgadez u otra característica física, me resulta chocante. Ahí es cuando observo que la ausencia de comentarios de mi parte hacia el cuerpo de mis hijos los hace tener una relación saludable con la comida y de aprecio por su cuerpo. El cuerpo es un medio para un fin y no un envase que tiene que lucir de determinada manera; ese gesto me resulta valioso dadas las presiones que se ejercen en la actualidad para alcanzar los estándares de belleza.

Encuentro de mujeres por un parto respetado. Foto: Colectivo Manifiesto

Algo parecido pasa con los juguetes. Se ha discutido sobre cómo los juguetes ayudan a profundizar los roles de género, pero creo que tampoco hace falta comprarles muñecas a los varones para sentir que llevamos adelante una crianza en el feminismo. Con tomar con naturalidad las elecciones de los niños alcanza. Mi hija de 9 meses juega mucho con autitos y camiones porque con 2 hermanos varones mayores, es lo que tiene más a la mano. No me importa ni me deja de importar: son juguetes y ya. Pero recuerdo cuando era chica un vecino de mi barrio que disfrutaba mucho jugar conmigo y con mi hermana, y sufría las constantes agresiones de su padre por jugar “juegos de mujeres”.

De esta anécdota deriva otra cuestión importante, que es el mandato de masculinidad. Los mandatos patriarcales afectan a las mujeres en mayor medida pero también a los varones, y responder a esos parámetros de masculinidad también es un peso para nuestros hijos. He visto cómo niños de jardín de infantes dicen “no llores como una nena”, cuando es evidente que ese es el mensaje que los adultos les transmiten a ellos. Hace poco me subí a un taxi con mi hijo de 9 años después de visitar a un pariente enfermo en el hospital. El taxista le dijo la frase de cabecera: los varones no lloran; yo intercedí diciéndole que estaba triste y que no había problema en lagrimear un poco. El hombre terminó emocionado hablándonos de su esposa fallecida, demostrando que cuando hay espacio para la vulnerabilidad todos podemos llegar a hacer uso.

Foto: Sub Cooperativa de fotógrafos.

En el stand up de Netflix Mother inferior, la comediante húngara Christina P. habla de la indignación que generan algunos comentarios arcaicos de los hombres y mujeres que hoy rondan los 60 años o más. Y relata con humor la manera brutal en la que fue criado su papá y los hombres de su generación en la época de la posguerra para que también aprendamos a desarrollar la paciencia con personas cuya cosmovisión se formó en un contexto diametralmente opuesto al nuestro. Esa idea también circula en nuestra casa: el registro del otro. Y eso va de la mano con un compromiso político que yo llevo adelante desde mi adolescencia y de lo que también hago partícipe a mis hijos. Incluye discusiones en nuestra casa, muchas preguntas y cuestionamientos sobre temas difíciles de explicar como la corrupción o el aborto. Además, participamos juntos en las manifestaciones que se dan en nuestro país cuando se cometen injusticias porque la militancia política es la herramienta para transformar el mundo en la que cree nuestra familia.

Si de algo estoy convencida es de que nuestros hijos se terminan pareciendo mucho más a la generación en la que crecen que a los padres que los educan. Afortunadamente, hoy las cosas están transformándose y nuestra responsabilidad es mantener la cabeza abierta y libre de prejuicios para acompañarlos en la entrada a este nuevo mundo más igualitario entre hombres y mujeres. Gran parte de los niños y adolescentes de la actualidad tienen menos prejuicios en relación a la sexualidad, a los roles de género, a las amistades. En resumidas cuentas: toman con mayor naturalidad cuestiones que a otras generaciones les llevó décadas aceptar. Hay una palabra que se usa mucho en este momento histórico y que define lo que los adultos debemos intentar hacer para estar a la altura: deconstruirnos. Los hijos, por suerte, ya vienen con el nuevo manual.