Las madres de las compañeras de colegio de mi hijo mayor relatan historias divertidas sobre el interés de las niñas por la ropa. Siempre dejan las prendas elegidas preparadas la noche anterior, o seleccionan varios conjuntos para ir a un cumpleaños y piden a sus madres que las ayuden a decidir, charlan sobre el tema, pueden llegar a llorar si la prenda que deseaban ponerse está en el canasto de la ropa sucia, y más. Cuando escucho esas anécdotas no puedo dejar de sorprenderme de la antítesis total que me toca vivir en mi casa: mis hijos varones, de 10 y 5 años, no contemplan la ropa de una manera que no sea utilitaria. Se ponen cualquier cosa, no deciden, no se resisten a lo que les ofrezco, no eligen, no construyen su identidad en base a la ropa, por lo menos por ahora.

Esta polaridad me hace pensar en cuál es la relación de las mujeres con la ropa. Sabemos que históricamente al género femenino se le exigió un ideal de belleza y pulcritud, que incluye rubros como peluquería, depilación, ropa, calzado, maquillaje y perfumes. Mientras que en general algunos hombres solo se afeitan, las mujeres armamos un personaje total en base a nuestra apariencia.

Foto: Romina Introini.

Si repaso mi propia historia, puedo encontrar pistas de porqué hoy tengo una relación -tal vez- neurótica con la moda. Hay fotos de mi primera infancia en donde el nivel de combinación de las prendas, los zapatos y los accesorios me hacen pensar que lo que se hereda no se roba. No solo porque mi madre siempre se dedicó a vender ropa, por lo que la circulación y el estímulo visual que había en mi casa era intenso, sino que siempre consideró importante -aún en los momentos de penurias económicas- invertir en indumentaria.

Todavía conservo y uso un par de botas que me regaló cuando tenía 16 años y empezaba a salir de noche. Es uno de mis tesoros más preciados porque representa un momento de la historia de mi vida que significó un pasaje a la adultez y un esfuerzo económico que ella hizo para complacerme. Más cerca de los 20, cuando empecé a cursar en la Facultad de Ciencias Sociales, mi estilo se vio influenciado por el estímulo ideológico que estaba absorbiendo: el marxismo leninismo transformó mi adolescencia elegante en una etapa de hippismo severo. Batik, morrales de rafia, aros de alpaca, compras en ferias, aguayos, zapatillas pintadas con aerosol. Ante los ojos atónitos de mi madre, me rebelaba y disfrutaba de su fastidio.

Poco tiempo después fui madre y eso también dijo algo del estilo. Se dice que cuando tenés hijos tenés que vestirte cómoda para estar tirada en el piso jugando. Ante ese estereotipo también me rebelé, porque no quería que mi estilo dijera que era una madre cuando había trabajado tanto para ser otras cosas. La frase “no parecés madre” no se hizo esperar.

Outfit de madre. Fuente: Today Show

Cuando empecé a ganar algo de plata propia me descarrilé. Tenía la herramienta necesaria para consumir todo lo que quisiera y no tenía que pedir permiso a nadie. El círculo vicioso de consumo te nubla la razón, porque no comprás inteligentemente sino sólo porque la plata quema en la manos. Esas compras irracionales no me satisfacían, había veces que llegaba a casa y lo que había comprado hacía dos horas ya no me gustaba.

Se imponía un detox de consumo pero especialmente una reflexión sobre quién era, o quien quería decir que era a través de la ropa. ¿Era la hippie, la vintage, la madre, la joven profesional con dinero o la compradora compulsiva? Como cuando uno se psicoanaliza, el próximo paso en la evolución de mi relación con la ropa era limpiar esa bipolaridad porque, además, me generaba un conflicto ideológico sobre la idea de consumo que tenía tan estudiada en la teoría. Decidí vender la mayor parte de esa ropa que había comprado compulsivamente para repensar mi estilo, y quedarme solo con lo que realmente adoraba y fuera de excelente calidad.

Fuente: Man Repeller

Muchos especialistas dicen que el estilo es una reflejo de lo que uno es por dentro. Yo no coincido para nada: creo que el estilo es solo una armadura y hay personas extremadamente inteligentes y seguras de sí mismas que no lo necesitan, y otras que también lo son pero que lo disfrutan como una forma de arte y de consumo de belleza. La armadura es necesaria para enfrentar al mundo cada día, por eso cuando no nos sentimos lindas o salimos a la calle con un atuendo del que no estamos muy convencidas se nos baja la moral. En cambio, cuando no hay humedad y tenemos el pelo lindo tenemos un subidón de endorfina. Lo mismo ocurre cuando consumimos estímulos bellos en plataformas con Instagram o Pinterest y después intentamos trasladarlo a nuestro estilo.

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Mi forma de vestir evolucionó hacia una idea más consciente y adulta, y probablemente ahora sí parezca “una madre”. Con mi amiga Sofía nos propusimos “un cambio de paradigma”, como ella lo llama, que implica animarnos a incorporar más color a nuestro armario, y creo que eso me permitirá alcanzar un resultado más equilibrado y, finalmente, más representativo de mi personalidad. Ya lo sabemos pero no está de más recordarlo: la moda no es superficial, porque refleja nuestra cultura y nuestro estado de ánimo, nuestros gustos y nuestra historia. Tal vez lo que es superficial es que otros nos digan qué, cómo y cuándo. Pero para que eso no pase hay que recorrer un camino. Por eso cuando salgo a la calle con la cartera con la que se casó mi abuela siento que le hago un pequeño ole al sistema.