Cuando creamos el concepto de Nuevas Reglas, nos encantó pensar que pudiera ser tomado y apropiado desde diversas subjetividades. El primer concurso de cuentos y ensayos Nuevas Reglas 2020, lanzado en conjunto con Rotunda por el Mes de la mujer (que luego se transformó en el mes del distanciamiento social), nos reafirmó esta idea. Casi 50 piezas originales de escritura dan cuenta de la deconstrucción y la reapropiación de roles que estamos viviendo, no sin cierta aprehensión, temores y dudas. Es en el deseo de replantearse que, en nuestra opinión, radica la belleza del asunto.

Junto a dos profesionales de lujo, Pía Supervielle y Leila Macor, leímos, comentamos y analizamos todas las piezas literarias que entregaron y se decidió por unanimidad otorgarle el premio de cuento ganador a “Veinticuatro horas” de Macarena Baridón, que se lleva un vale de Rotunda de $ 4.000 más la totebag y la remera de la colección Nuevas Reglas de Rotunda + Couture. La mención va para el cuento “¿Heliotropo, violeta o lila?” de Daniela Pita, que se lleva una t-shirt de la colección Rotunda + Couture. Ambos cuentos los pueden leer y disfrutar abajo.

¡Muchas gracias a todos por participar y estar siempre!

 

 

Veinticuatro horas

Por Macarena Baridón*

Desde que abrió un mega supermercado veinticuatro horas cerca de casa agarré la costumbre de hacer las compras en medio de la noche. Lo que me pasa es que apenas apoyo la cabeza en la almohada empiezo a acordarme de todos los pendientes que no atendí durante el día y el temor de olvidarlos nuevamente al día siguiente hace que me resulte imposible conciliar el sueño. Es por eso que me levanto y contesto mails, entro la ropa de la cuerda, preparo la vianda y, ahora también, hago las compras. Santiago no entiende esta obsesión por terminar todo antes de volver a acostarme pero por suerte ya dejó de insistir en su sugerencia de que anote los pendientes en un cuaderno y trate de dormir.

Esa noche en particular me encontraba plantada frente a la luz fría de las heladeras repletas de variedades de yogurt. Mi adormilado cerebro intentaba tomar una decisión cuando desde el carro en que apoyaba mi mano una voz me despabiló.

– Mamá.

Giré asustada y encontré un niño de poco más de un año sentado en el carro. Revisé los contenidos del mismo y corroboré que efectivamente era mi carro.

– Mamá.

El niño ahora estiraba los brazos para que lo alzara. Miré a mi alrededor buscando a su madre pero no encontré más que a un señor con cara de no haber dormido por tres días seguidos leyendo con detenimiento la etiqueta de un pote de helado.

Decidí que era mejor alejarme de la situación y empecé a caminar en dirección a la salida cuando una empleada del supermercado se me acercó alarmada y tomándome del brazo me guió de vuelta hacia la heladera de yogurts.

– Señora, se está olvidando de su bebé.

– No, no, hay una confusión ese no es mi hijo.

– Mamá

– No, de verdad le digo, no sé cómo terminó en mi carro pero su madre debe de estar por acá en algún lado.

– Señora, ¿quiere que llame a un médico?

Inmediatamente reconocí el tono de preocupación. Lo había escuchado recientemente en la DGI cuando tuve una pérdida de entereza seguida de un ataque de ira. Ese día en lugar de a un médico llamaron a seguridad y eso me complicó toda la tarde. Entendí que la mejor opción iba a ser seguir la corriente y evitarme la escena.

La empleada se ofreció a llamarme un taxi ya que yo me encontraba “evidentemente agotada” y fue recién cuando llegué a casa que me di cuenta que no traía conmigo ninguno de los items de mi lista mental y que iba a tener que encargarme de este bebé sin tener leche fresca en la heladera.

Desperté a Santiago y le mostré el niño.

– Encontré un bebé en el super. Está dormido. ¿Qué hago?

– Vení a dormir antes que se despierte.

A las tres de la mañana se despertó llorando. Desde esa hora y hasta las diez estuvo todo bastante bien. Santiago y yo volvimos a ser el equipo que alguna vez habíamos sido. Trabajábamos en turnos, cambiábamos pañales, calentábamos mamaderas, hacíamos viajes constantes al supermercado a medida que descubríamos la inmensa variedad de productos que un humano diminuto llega a necesitar en un periodo de pocas horas. A las diez Santiago se fue a trabajar. Yo me declaré enferma, pensando que íbamos a necesitar una solución más permanente. ¿Me correspondería licencia maternal?

Al mediodía me percaté que además de no haber dormido casi nada, tampoco había comido ni me había aseado tras tantas horas de faena. El niño miraba el techo y se entretenía llevando su pie derecho a la boca con admirable agilidad. Aproveché para darme una rociada rápida en la ducha. Por lo general disfrutaba de largos baños seguidos de una rutina de cremas y peinado de no menos de veinte minutos. No había tiempo para eso, el niño ya estaba llorando. Salí chorreando agua, envuelta en una toalla, para encontrar que el niño estaba caído al costado de la cama. Alarmada pensé que debería llevarlo al médico pero apenas lo contuve se durmió y decidí dormir con él.

La siesta fue demasiado corta, me encontraba todavía cansada cuando al niño lo invadió un ataque de malhumor. Tenía hambre y me acordé que yo también. La dinámica de un bocado para vos y uno para mí no le causó gracia y tiró el plato, la cuchara y toda la comida al diablo. Me contagié de su malhumor y me fui al otro cuarto con un paquete de galletas al agua mientras esperaba que se le pasara su berrinche. Cuando ambos estuvimos listos para una tregua decidí llevarlo al parque. Los aprontes tomaron más tiempo del previsto y cuando finalmente salimos de la casa estaba anocheciendo. Volví a entrar en búsqueda de más abrigo y cambié el destino por una plaza más cercana.

Al llegar me percaté que el niño todavía no tenía capacidad de interactuar con ninguno de los juegos que allí había. Tampoco sabía caminar por sí mismo y mucho menos perseguir una pelota. Envidié a quienes estaban acompañados de perros.

Al volver a casa me encontré con Santiago que llegaba calculadamente tarde, sabía lo que le esperaba. Le dejé el niño sobre la mochila que acababa de apoyar en la mesa y me tiré en la cama de la misma forma que me tiro al mar en los días de verano cuando la arena quema los pies.

La noche fue más agitada que la anterior aunque contábamos con mayor experiencia en la cuestión. El equipo que habíamos conformado tan solo veinticuatro horas antes ya no funcionaba como un reloj suizo y la dinámica se parecía más a un episodio de los tres chiflados. Santiago fue el primero en quebrarse y yo le di un respiro llevando al niño de paseo al supermercado.

Dejé el carro frente a los yogures pero me di cuenta que necesitábamos pañales. Al volver encontré a una mujer con un aspecto muy similar al mío mirando desconcertada al niño que desde el carro le estiraba los brazos. Se alejó con cara de susto. Cuando estaba a punto de acercarme a aclarar la situación, vi a la empleada de la noche anterior lista para reprenderla.

Aproveché la confusión para huir. Cambié los pañales por una botella de vino con tapa rosca que me llevé dentro del abrigo sin pasar por caja. Fuera del super encontré un border collie atado a un poste que me movía la cola. Lo desaté y volvimos caminando a casa saboreando el vino y fumando.

* Macarena Baridón nació en 1985 en Montevideo. Estudió letras durante muchísimos años hasta que se licenció. Trabajó como docente, traductora y redactora. Hoy trabaja como mentora para Plan Ceibal. Escribe de forma desordenada y sin disciplina. Participa en talleres y grupos de escritura. Le gustan mucho los libros, las librerías y la gente que lee.

 

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¿Heliotropo, violeta o lila?

Por Daniela Pita*

“Amando se poseen todas las primaveras

Juana de Ibarbourou

Somos tres mujeres, tres vidas en distintos tiempos: mi abuela, mi madre y yo.

Mi abuela, muy coqueta ella por las mañanas luciendo un primoroso delantal, cuidaba la casa mientras mi abuelo trabajaba todo el día. Por las tardes se acicalaba, poniéndose uno de los bellos vestidos que le confeccionaba la modista de enfrente que la hacía ir a probarse varias veces y le ponía mil alfileres. Luego elegía un collar haciendo juego, se pintaba y esperaba a alguna amiga con la cual pasaban la tarde hablando del diario vivir o de la novela de Corín Tellado que leía.

Mamá y papá trabajaban los dos, se repartían para atendernos a mi hermano y a mí y siempre estuvieron presentes. Abuela insistía en que yo, como mujer, tenía que usar vestidos, moños, trenzas, lazos; pero eso estaba difícil para andar en el campo, entre cardos, abrojos, maizales o subir al tubiano con mi hermano y mi padre a arrear ovejas y vacas. Ahí comprobé que las vacas eran más inteligentes ya que si llegaba la tardecita y nos demorábamos por algo, ellas venían solas a la manguera. Por todo esto yo vestía una bombacha blanca de campo que había sido de mi padre, blusita o buzo de algodón y “championes”. Me encantaba andar de esa manera y con el pelo suelto brillando al sol. A veces cuando lo recogía con un broche de carey y caminaba comiendo frutas de tala o buscando nidos de perdices, al rato tenía algún potrillito siguiéndome cerquita por la semejanza de mi pelo con la cola de crines de la gateada. No existían celulares pero el olor del campo hasta cuando sabíamos que por allí había pasado un zorrillo, la dulzura de los frutos, la frescura de los pies en el arroyo pleno de camalotes rosados de huevitos de rana o la transparencia de los renacuajos que pescábamos hasta con sombrero en lugar de calderín para luego devolverlos al agua que por esos días se podía beber, la luna que hacía ver fosforescentes los ojos de las ovejas; todas esas vivencias se atesoran más que una “selfie”. Para completar mi hermano y yo devorábamos revistas de Patoruzú, algo que había preocupado a mi madre en algún momento mas la maestra la tranquilizó diciéndole que “lo importante era leer”. Así que andábamos por ahí diciendo “Ahijuna” y “Canejo” como si nada.

Un día llegó a oídos de mi paqueta abuela citadina que yo andaba en el campo vestida de gaucho. En cuanto volvimos le recriminó a mi mamá que ¡cómo iba su nieta a andar vestida así! Nos reímos mucho pero no pude zafar de que luego de bañarme me pusieran un vestidito rosa viejo con florcitas que para mi abuela eran color heliotropo, para mi madre violetas y para mí, lilas. Así vestida y de la mano de abuela marchamos a la modista con una tela vaporosa que ella misma había elegido. Me pusieron tantos alfileres que para sacarme el vestido tuve que hacer malabares y si algún punzante elemento caía, había que probar de nuevo. La modista tenía alfileteros que parecían erizos por doquier y además sostenía algunos alfileres entre sus labios (ignoro como hacía para no tragárselos…) mientras plegaba la tela para aquí y para allá mientras yo tenía que estar parada sin moverme bajo la mirada de deleite de mi abuela. Su regalo fue un primoroso vestido que en cuanto llegamos al campo me tuve que sacar con la complicidad de mis padres para poder jugar con unos cachorritos muy queribles que aún no dominaban sus esfínteres.

Mientras tanto abuela esa tarde le contaba a su amiga cómo había elegido la tela, que me había llevado a la modista, que pobrecita yo que me había pinchado con un alfiler, que pobrecita la modista que me tuvo que probar varias veces por mi inquietud y que su nieta, ahora sí, estaba preciosa, como con las florcitas color heliotropo (para su amiga eran color “malva”).

Cada una de las tres generaciones tuvo su tiempo, llamó a cada color como quiso y lo principal fue amar la vida que nos tocó. Porque, como escribió la poetisa uruguaya, amando se poseen todas las primaveras…Una regla atemporal: ser una misma y para ello hay tantos colores como matices. Mi abuela y el color heliotropo, mi mamá con su violeta y yo, de lila, cada una a su manera. El futuro, la cuarta generación, aún no sabe ni hablar, pero ya balbucea “lavanda” mientras juega con sus unicornios de ese color. Y dice que, cuando sea grande, quiere ser modista.

 * Daniela Pita vive en Montevideo pero la propuesta del concurso la transportó a su infancia en el interior del país. Siempre le gustó leer y escribir. Ha publicado un par de libros y algunos cuentos de su autoría han integrado diferentes publicaciones. Actualmente coordina un taller de lectura y escritura llamado Armoniletra.