Hace exactamente una semana me bajaba de un avión que volvía de NYC. Junto a Maia, mi amiga y socia en Santa, fuimos una semana a la gran manzana a capacitarnos al International Culinary Center de esa ciudad y a vivir una experiencia puramente gastronómica. Nos organizamos para recorrer los mejores lugares donde comer, probar y conocer para nutrirnos de experiencias y referencias. El resultado: un éxito y, definitivamente, nuestra relación a distancia con esa ciudad se afianza cada día más.

Aquí les traigo las 6 razones por las que NYC es el paraíso (de todos en general y de los foodies en particular).

1. La oferta gastronómica y su variedad

No solo podemos encontrar de todo, todos los días y a toda hora, sino que además la oferta se revoluciona mes a mes, año a año. Todo cambia y se renueva sin parar y, aunque lleguen nuevas tendencias que destronan a otras, seguimos encontrando los clásicos de siempre. Por ejemplo, dicen que el pan “babka” es el nuevo “bagel” sin que esto signifique que el bagel deje de ser un ícono de la ciudad (atención, pronto tendremos receta para hacer ambos panes). En su momento hubo surtidores de cupcakes y, si bien ya pasó su hora, sigue habiendo colas para probar los de Magnolia.

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Foto: @irenichus

2. Los carritos

No, no me refiero a los food trucks, que tan de moda están. Hablo de los carritos, los puestos callejeros de comida como los que hay acá. Desde un pancho de Nathan’s (oriundo de Coney Island pero con “sucursales” en Manhattan) hasta platos griegos, turcos, japoneses o árabes: lo que se imaginen por unos pocos dólares. Y además, deliciosos. No recuerdo haber comido falafel más ricos que los del carrito de la calle 56 a metros de Times Square.

3. Poder conseguir cualquier ingrediente en cualquier lugar

Sin necesidad de ir al maravilloso Chelsea Market, en cualquier “deli” o pequeño almacén de barrio podes encontrar fish sauce para hacerte un pad thai, especias de todo tipo y color, salsas de las más variadas e ingredientes gourmet que a veces por acá ni llegan. Y a veces por sólo monedas. Es imposible no extrañar eso. Eso y la enorme variedad de cervezas: probamos una que se añejaba en antiguos barriles de tequila, ¿qué tal?

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La mítica ramen burger / Foto: @irenichus

4. Las ferias llenas de hallazgos

La feria de Smogasburg te roba el corazón y te quita el apetito. Ahí podés encontrar las comidas más increíbles. El hit del momento (por el que hay que hacer cola pero vale cada metro caminado) es la Ramen Burger. ¡Si, ramen burger! El chef Keizo Shimamoto, japonés criado en LA, decidió unir los dos platos más representativos de la gastronomía de sus amadas culturas y así nació la ramen burger (una hamburguesa cuyos “panes” son una suerte de torreja hecha con los ramen noodles, llenos del típico sabor del caldo, y rellena con los toppings del ramen). Los más puristas dirán que es un invento de lo más osado, pero lo cierto es que es riquísima. En el Brooklyn Flea Market podés conseguir ropa, discos, libros y mil cosas más y después tenes Beacon’s Closet que, si bien no califica como “feria”, podríamos tenerlo en cuenta, ya que es un “second hand” alucinante con ropa y accesorios para hombres y mujeres, vintage o simplemente usados, por muy poca plata. PD: podes encontrar vestidos Chanel por USD40. 😉

5. El Beauty Bar

Oh sí, así como suena. El Beauty Bar es un bar que se encuentra en el medio de East Village y Flat Iron District. Es un lugar hermoso, kitsch e increíble donde por USD10 te tomás un trago y te hacen las manos. Puede ser una cerveza, pero lo cierto es que los tragos en esas copas de Martini son de lo más tentadores. El lugar abre a las 6 PM y no, no es un bar “de mujeres”: cuando llegamos solo había un par de varones. ¡Ah, ahí se filmó un capitulo de Sex & The City!

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Beauty Bar / Foto: @irenichus

6. Es como vivir en una película

Acá corro el riesgo de sonar superficial, pero bueno, no sería la primera vez que me pasa (que me arriesgo o que sueno superficial, qué se va a hacer). Los ruidos, los lugares, todo lo que nos rodea en NY parece un set de grabación. Cada detalle es cautivante y todo parece estar fríamente calculado. Tal vez sea esa cotidianeidad, eso que nos resulta tan extraño, fascinante y a la vez conocido (sobre todo a los que además de comer y beber gustamos de ver pelis y series), y esa posibilidad de encontrarlo todo y de perdernos en la vorágine de la gran metrópolis lo que nos hace gustar tanto de NY. Y mientras, acá, sueño con volver a caminar por Manhattan como si detrás mío estuviera Woody Allen gritando ¡ACTION! 🙂