¿Viste cuando tuviste una semana muy atareada y tenés ganas de autoagasajarte? Bueno, yo, acá, sentada en el Candy Bar. Luego de entregar unos deliciosos crumble de chocolate especiado (con coriandro, jengibre y nuez moscada) y mango, panes de remolacha, cheesecake con membrillos caseros (receta acá) y una serie de delicias de las cuales hablaremos pronto, me dispuse a pasarla muy bien.

El Candy Bar es un sitio que hace tiempo me tiene atrapada. No es algo que no haya dejado manifiesto en antiguos posts, pero hay lugares que me atraen más que otros por su estética. El Candy Bar es una joya de lugar. Pequeño (muy, pero su medida es justa) y con la cocina a la vista, el bar te permite, con solo entrar, sentir una combinación de aromas que te transportan a lo más profundo de una casa donde la comida era el tótem de una ceremonia solemne. La casa de mi abuela, por ejemplo. Con reminiscencias de viejo bar de barrio (Palermo, en este caso) pero perfectamente aggiornado sin perder esa esencia, el bar se erige como un moderno espacio para los que amamos comer bien mientras disfrutamos de buena música, un entorno soñado y los rayos de sol que entran por la ventana.

“El bar es un bar de barrio”, afirma felizmente convencido su dueño Hernán, que es argentino (perdón, rosarino, como yo). Tiene pocas pero acogedoras mesas, la cocina es del día y limitada (puede que llegues y no haya más tortilla -que nunca les pase :)- y, detalle no menor, no toman reservas. Como aquel viejo bar de un barrio donde los pibes jugaban a la pelota en las calles de adoquines (como mi barrio), el Candy Bar recibe a sus clientes con las puertas y brazos abiertos, pero sin reservas. Todo esto lo encuentro súper encantador: que no haya reservas va de la mano con que la comida sea hecha a pedido, en el momento, que demore -como debe demorar una buena comida casera- y que el trato sea cálido y personalizado. Nada más agradable que ir a comer afuera y percibir que el plato tiene alma, que fue preparado para vos, casi literalmente, en tus narices.

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@Irenichus

Candy Bar funciona de martes a domingos, cuenta con mesas afuera para los que desean tomar un poco de aire (o fumar, claro). Podríamos decir que es pet friendly, “todo lo que nos permite bromatología”, me comenta su amable dueño. Y es cierto, nos encantaría poder llevar a nuestra mascota pero por razones bromatológicas tal vez no sea lo más indicado. De todas maneras, pueden traer a sus animales y quedarse en las mesas de afuera.

De noche el ambiente es muy diferente (vengan temprano, amigos, tipo 20 hs): luces bajas, tapas deliciosas, cervezas artesanales y el famoso gin tonic.

Ahora bien, mi experiencia al mediodía fue increíble. Pedí berenjena parmigiana aunque moría por la olla de porotos blancos y cordero, pero mi reciente diagnóstico de gastritis (qué te hice, estómago, para que me pagues así) me tiene a mal traer. También probé el entrecot con papas rústicas y ¡por todos los santos! qué delicia esa carne. Acompañé con una pomelada y de postre comí crumble de manzana y panna cotta con salsa de arándanos. Claro que estaba acompañada, no voy a comer todo eso yo sola (“as if!” diría Cher Horowitz).

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@irenichus
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@irenichus
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@irenichus

Veredicto: amo este lugar. Vengan con ganas de disfrutar, de esperar por lo bueno, de permitirles cocinarles. Lo hacen con muchas ganas y se nota.

PD: este post fue escrito mientras comía, inmejorable experiencia 😉

Bon apetit.

Candy Bar está abierto de martes a domingos (excepto noche) de 12 a 15 hs y 19 a 2 hs en Durazno y Santiago de Chile. Los fines de semana ofrece brunch.