Cada mes las chicas de Couture nos mandan un mail con la consigna para las notas de los colaboradores del sitio. Julio se nos planteó entonces como “el mes del couture en Couture. Además de coincidir con los desfiles de alta costura en París, queremos pensar en couture como una mirada, una actitud, una revalorización de viejos gestos como el hecho a medida, lo hecho a mano, lo único, lo no seriado. Y eso, trasladado a cada una de sus áreas”.

En La Mar en Coche pensamos que una obra de arquitectura o interiorismo debería ser siempre un diseño a medida. A medida del cliente, claro está. Como un traje, ni más ni menos.

Para nosotras, la decisión de formar un estudio de arquitectura y diseño venía a cumplir un doble sueño: vivir (bueh, eso da para otra extensa nota pero desde el departamento de marketing -nuestros maridos- nos aconsejaron aflojar un poco con los sincericidios) de lo que nos gusta y trabajar de manera independiente. ¡Ah, la libertad en el trabajo! Manejar nuestros propios horarios, no rendirle cuentas a nadie, ser nuestro propio jefe. Un momento, ¿dijimos “no rendirle cuentas a nadie”? Error.

Este año La Mar en Coche cumple 6 años de trabajo independiente. Y si algo aprendimos en este tiempo (SPOLIER ALERT para aquellos que recién arrancan con la libertad como bandera) es que la independencia laboral no existe. Existen ciertas licencias y beneficios, pequeñas libertades como horarios flexibles, vacaciones no negociadas con compañeros y jefes, lunes robados (y casi siempre pagados con domingos forzados) y poca cosa más. Pero la libertad en el más amplio sentido de la palabra se las debemos. Como bien nos dijo nuestro padre en nuestros comienzos, “para el trabajador independiente el cliente es el jefe y el que no lo entiende va frito”. Y hay que ser muy huevo para no entenderlo.

Nosotras lo escuchamos atentamente al Viejo, claro está, por aquello de que “el diablo sabe más por viejo que por diablo” y porque suele tener cosas interesantes para decir. Y de gajes del oficio algo sabe, porque en su extensa vida laboral vendió telas, cerveza, libros, discos, pasajes, bufandas, guantes, frazadas y pashminas, entre otras cosas. En “relación de dependencia” (como le gusta decir a nuestra amiga la DGI) y también de forma independiente.

Independiente, qué palabrita engañosa. Si la tomamos al pie de la letra, corremos el riesgo de imponer nuestro criterio sin tener en cuenta las condicionantes del cliente. Y eso, creer o reventar, se ve en el resultado.

Ilustración: Liniers

Es que un diseño arquitectónico que desconoce al destinatario no se diferencia mucho de un traje “no a medida”. Puede verse precioso colgado en la percha pero en el destinatario se nota que aprieta, cuelga, chinga o se ve ridículo. Se nota que algo no encaja. Y en esos casos no podemos dejar de pensar en los peligros del ego del diseñador y recordar este artículo desternillante de El Mundo Today (el que no conozca esa página de humor que se haga YA el favor) y esa brillante caricatura sobre los resultados de tratar de forzar lo que no es. Pobre Chispita.

Foto: El Mundo Today

Quizás una buena metodología frente al diseño a medida sea  presentar las propuestas con la firmeza de quien confía en su planteo pero la suficiente apertura como para recibir las críticas. Aquello que decía Ernesto Sábato: “una curiosa mezcla de fe en lo que tenés que decir y de reiterado descreimiento en tus fuerzas”. Se trata de contar nuestra verdad y, en paralelo, escuchar e involucrar al cliente. Aunque a veces eso implique que, en el proceso, seamos “mucho más que dos”.

Paradójicamente ese balance entre fe y descreimiento del que hablaba Sábato, que podría redundar en un híbrido a medio camino entre el deseo del diseñador y las voluntades del cliente, suele dar como resultado un traje que calza (a diseñador y cliente) como anillo al dedo.