Por Ana Fornaro* / Foto: Aime Martínez, para Agencia Presentes

Hay una frase que se está repitiendo como mantra en la Argentina de las marchas multitudinarias de NiUnaMenos; de los mea culpa de Jorge Rial; de las denuncias públicas de abusos sexuales; del reclamo por la despenalización del aborto; y del género en disputa televisada: “no se nace feminista”.

Esta expresión retoma aquella de  Simone de Beauvoir “No se nace mujer, se llega a serlo”. La idea de De Beauvoir del ser mujer como un devenir fue revolucionaria porque, entre otras cosas, instalaba el concepto de género como una construcción donde antes solo había lugar para la biología.

La frase del devenir feminista, en la que insiste la socióloga e historiadora Dora Barrancos, busca romper con esencialismos y funciona también como una invitación: nunca es tarde para pensarnos a nosotrxs ni a nuestro entorno. Nunca es tarde para ponernos los lentes del feminismo y ver las inequidades e injusticias. Y menos que menos, nunca es tarde para intentar cambiar las cosas.

En general, el “despertar feminista” está disparado por alguna vivencia personal o su acumulación –“lo personal es político” es una expresión acuñada en el feminismo- y desde esa experiencia empieza la certeza de que la única salida es colectiva.

También funciona en el sentido contrario: desde el feminismo darnos cuenta que naturalizamos situaciones que eran violentas -con nosotras y desde nosotras-  y que por una cuestión de adaptación -y muchas veces de supervivencia- coartamos espacios de libertad y de justicia.

Dicho todo esto: yo pensaba que había nacido feminista, porque me crié en un hogar feminista.

Pero mi feminismo de nacimiento (sí, claro) fue, como todos los feminismos, imperfecto y contradictorio. En casa y en mis entornos posteriores -ya más vinculada al activismo- se hablaba mucho de “las mujeres”, como si fuera el único sujeto del feminismo. Como soy heterosexual y cis-sexual (mi identidad de género coincide con mi biología) las feminidades lesbianas y trans  -y por qué había que visibilizarlas como tales- no venían mucho a cuento.

Pensaba que había nacido feminista y que el feminismo era una cuestión de “las mujeres” (normadas). Pero fue pasando algo. Y sigue pasando. Tiene que ver mucho con lecturas posteriores y mi trabajo como periodista. Con acercarme a otras realidades. Con rechazar el sistema de prejuicios con el que vivimos. Con cuestionar, también, los privilegios que me dio ser cierto tipo de mujer.

No nací feminista.

Jessie Insfran Pérez, para Agencia Presentes.

Y la feminista que no nací cree que el (los) feminismo(s) no es una lucha de las mujeres para las mujeres sino el antídoto a un sistema –el patriarcal- que es cruel e injusto con gran parte de las personas e identidades que no le son funcionales.

Más que nunca, el feminismo necesita gritar porque las travestis y las trans tienen una esperanza de vida de 34 años y nulo acceso a derechos básicos. Necesitamos gritar, también, cuando las fuerzas de seguridad se ensañan con las identidades no heteronormadas. Tenemos que gritar y salir a la calle, como feministas, cuando los gobiernos violan los derechos humanos.

La feminista que no nací se aprendió de memoria el comienzo de Teoría King Kong, de la escritora francesa Virginie Despentes:

“Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las malcogidas, las incogibles, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme”.

La feminista que no nací cree que la pelea se da, justamente, en el devenir. Y lo bueno del devenir es que allí no hay fracaso posible.

*Ana Fornaro es periodista, licenciada en Letras, uruguaya, y vive Buenos Aires. Co-dirige Presentes, un portal de noticias regional especializado en género y diversidad desde una perspectiva de derechos humanos.