Foto: Romina Introini

Nunca había siquiera soñado con ir a una semana de la moda aunque me encanta todo lo que pasa relacionado con las tendencias. Pero cuando estuve de visita en noviembre en Buenos Aires, mientras tomábamos un café en los jardines del Palacio Duhau con Ana Torrejón, ella me dijo: tenés que ir a París esta temporada que viene, estás al lado y vas a aprender un montón. Y bueno, me metió la idea en la cabeza, la exploré y no me la pude sacar más. “No es fácil entrar a los desfiles pero vale la pena intentarlo, si no es esta vez, será la próxima y ya vas haciendo un poquito de trabajo de campo de cómo es el circuito”, me alentó.

Fui optimista (y un poco ingenua) y sólo mandé mails a las marcas que más me interesaban -las grandes, obvio- unas 28 de toda la grilla. Para cuando llegó el momento de tomar el avión en El Prat y aterrizar en Orly, no había obtenido ni una invitación. Sin desanimarme, porque ya de arranque tenía una semana en esa ciudad maravillosa, empecé mi aventura.

Un tiempo antes de saber que no iba a poder entrar a ningún desfile, le había escrito a Romina Intrioni, la fotógrafa de Street Style que colabora con frecuencia con Couture (y a la que hace un tiempo entrevistaron), para conocerla y verla en acción, porque me gusta mucho su trabajo. Me ofreció pasarme las locaciones de los desfiles, en un gesto hermoso porque no abundan las personas generosas con la información en este medio. Eso me aliviaba porque al menos, iba a poder ver cómo eran las entradas y salidas de los shows.

Grace Coddington en Paris Fashion Week. Foto: Romina Introini.

El circuito

Usualmente mientras transcurren las semanas de la moda de New York, Londres, Milán y París, me planto una vez por día frente a la página de Vogue y miro todas las colecciones mientras me tomo un tecito o un café y pico alguna cosa rica, para mí es un momento tan genial como ir a ver una película en el cine. Esta vez, en la ciudad de la torre más famosa del mundo, me tocó perderme ese ritual, de hecho casi no tuve tiempo de ver nada. Lo reemplacé por estar afuera de los desfiles, en las entradas y salidas de los mismos, y pude presenciar las situaciones que se dan entre fotógrafos, asistentes y aspirantes y conocer un poco los artificios que construyen todo lo que vemos en las revistas de moda y en sitios digitales bajo el rótulo de Street Style (esa herramienta maravillosa con la que contamos para inspirarnos para vestir de forma más original). Todo con nieve, frío, lluvia y por momentos, muy poco sol.

En París hay desfiles durante ocho días. Algunos cada hora desde las 9:30 de la mañana y otros con un par de horas de separación. Todos transcurren en locaciones distintas a lo largo de la jornada, porque cada marca decora al lugar especialmente. Durante la semana entera algunos edificios se repiten. Todos son con invitación, no hay algo así como venta de entradas. Palais de Tokyo, Grand Palais, Ópera Garnier, Palais d’Iéna y el Louvre son algunos de los emplazamientos magníficos en los que las casas de lujo presentan sus colecciones de la nueva temporada.

Irene Kim en Paris Fashion Week. Foto: Romina Introini.

Celebridades, influencers y aspirantes

Siempre miraba las fotos de Street Style y todo parecía muy natural a pesar de los muchos atuendos extravagantes: gente linda o peculiar bien/mal/extrañamente/sorprendentemente/vestida. Tan frescos caminando, con sus sonrisas de saberse en el epicentro de la vanguardia de la moda, tan afortunados de estar adentro de ropa nueva y de buena calidad, hecha en telas increíbles. Y la verdad que es un poco así en el caso, sobre todo, de las editoras de revistas, celebridades, estilistas y compradores, que si bien se dejan fotografiar, casi no paran su marcha y robarles una foto es toda una proeza (Anna Wintour es un ejemplo: suele salir muy sigilosa primero que nadie del desfile y enseguida la escoltan hasta un coche).

Hay como tres niveles bien marcados de influencers: los consagradísimos que todos quieren fotografiar, los que si justo llega uno más importante quedará relegado con una cara de desilusión que te parte el alma y los que van a tratar de pegarla usando ropa y accesorios lo más llamativos posibles.

Entre los consagradísimos que vi en acción están Susie Bubble -muy seria siempre ella, otorgando a veces cero oportunidad de fotos (sigue de largo su camino sin parar) y a veces diciendo “ok, chicos, solo un par ” y posando experta y rápida para enseguida salir disparada- y a Bryan Boy, que despertó la atención de varios fotógrafos pero no tanto como su colega. Otra súper solicitada es Verónica Heilbrunner, que causa sensación total con sus looks en los que mezcla marcas de lujo con low cost y hace su apuesta a la comodidad usando casi siempre zapatillas o Doc Martens. A Scott Schuman de The Sartorialist lo vi sacando fotos y siendo retratado; también su novia, Jenny Walton, apareció en algunos de los desfiles a los que entró como invitada. Estaban a su vez muchas de las influencers del momento: Caro Daur, posando siempre histriónica y vestida para cada desfile con un look distinto -lo que implica varios cambios al día, documentados en sus Instagram Stories-. Lo mismo Pernille Teisbaek y Emili Sindlev, por nombrar algunas.

Verónica Heilbrunner. Foto: Romina Introini.
Eva Chen. Foto: Romina Introini.

En el segundo nivel hay un montón de influencers que quizá no tienen tanta fama pero que van a lograr atención de las cámaras, siempre que no haya una estrella justo acaparando la escena. Le ponen mucho empeño a los outfits sin contar con tantos recursos, lo que los hace más interesantes. Algunos fotógrafos buscan especialmente a estos influencers porque les da la oportunidad de hacer fotos con más calma y quizá, con mejores resultados.

Y después están los que buscan “llegar” en términos de darse a conocer con la esperanza de que en el futuro les sea rentable el esfuerzo de invertir, no poco dinero, en ropa y accesorios. No están invitados a los desfiles, pero muchos llegan caminando a zancadas rápidas, como si los estuvieran esperando para que empiece el show y de esta manera atraer a fotógrafos despistados. Si no logran la atención buscada, volverán sobre sus pasos y de vuelta a simular una entrada triunfal. Admiro la tenacidad y las ganas que ponen, están buscando la forma de generar un negocio, como seguro hicieron en su momento los que ya están consagrados.

Desconocidos en Paris Fashion Week. Foto: Romina Introini.

Como bonus track puedo contar que también hay muchos que buscan colarse y lo logran, otros que simulan que fueron invitados en sus redes sociales cuando en verdad hicieron la fila de “por si queda lugar” (para las marcas no está bueno mostrar un recinto con lugares vacíos), y otros que se la van a pasar haciendo relaciones públicas hasta dar con alguien que les pueda conseguir una entrada, incluso como intercambio de favores de menciones en redes sociales o vaya a saber uno qué.

El resultado

La experiencia fue súper interesante, mientras estaba ahí ya el último día, me dije tengo que volver, hacer más ciudades, la próxima aplicar a más desfiles y entrar aunque sea a los de las marcas más desconocidas. Ahora, a poco más de dos semanas de haber vuelto, ya no estoy tan segura. ¿Por qué? Porque tengo sentimientos encontrados.

Giovanna Battaglia en Paris Fashion Week. Foto: Romina Introini.

Por un lado no es nada fácil ver tan de cerca a personas que tienen un arsenal de ropa lujosa a su disposición; un poco me hizo mal, no por un sentimiento de envidia (bueno, algo sí, después de todo a quién no le gustaría tener las finanzas en condiciones para comprarse carteras de 4000 euros), sino por esa atención total que hay hacia personas que dedican su vida a cambiarse de look y ser una cara bonita sin más que eso.

Si al menos nos mostraran algo auténtico y pudieran ser críticos a veces… ¿qué tan influencer se puede ser si la marca te manda la ropa para que te cambies antes de ir al desfile? La mayoría de los looks hoy están calculados al milímetro por estilistas. ¿Alguno se va a animar a hablar mal de quien le da de comer? Entiendo perfecto el papel de perchero exhibidor viviente que desempeñan, las celebridades lo hacen desde hace décadas en relación con sus trabajos. Sólo que era más divertido cuando primero salían en la tele o en el cine demostrando algún tipo de habilidad extra, o cuando alcanzaban la fama por su pericia para editar una revista de moda y después nosotros decíamos qué bárbaro, mirá que bien tal, es rico y millonario porque es un excelente artista o editor o lo que sea (igual de esos siguen habiendo, por suerte).

Por el otro, me encantó ver tanta ropa linda de cerca, ver looks súper inspiradores que se pueden adaptar a la vida de uno; de hecho saqué muchísimas fotos porque ver a las prendas de lujo en movimiento es fascinante comparado con la experiencia vacía de observarlas en una vidriera o en un perchero, es como tener al desfile al lado tuyo. Me encantó aprender de manera tangible cómo se mueven las personas alrededor de este tipo de evento y también entender lo desgastante que es para ellas, porque a decir verdad, hay que bancarse el ritmo de varios días de un lado para otro; no todo es color de rosa. Además, estar en París siempre suma, obvio.

¿Volveré? Lo voy a saber en algunos meses, cuando defina si quiero ser funcional a todo esto y entregarme a disfrutarlo sin preocuparme por los peros que tengo o si prefiero seguir las nuevas colecciones desde casa, con algo rico para comer y un té o café para ver el show desde afuera. Total, no es que alguien me va a extrañar.