Más allá de las creencias personales, es imposible entrar a una iglesia y no sentir algo (paz, respeto, felicidad, eso va en cada uno). Por eso, no sorprende que ese “algo” haya sido fuente de inspiración para diferentes artistas a lo largo de la historia, ente ellos los diseñadores de moda. Además, la religión católica en particular posee mucha riqueza visual: los rosarios, las cruces, la iconografía del génesis, la virgen, los santos, los cirios, todos esos elementos forman parte de una mística que parece no agotarse nunca.

Y en esto decidió poner foco el Costume Intsitute del MET para su muestra de 2018, inaugurada en mayo de este año con la tan resonada MET Gala. “Heavenly bodies: Fashion and the Catholic Imagination”, explora la influencia del imaginario católico en la moda (y en otras formas de arte, porque la muestra está acompañada de una espectacular colección de arte bizantino que incluye cuadros y textiles).

Vestido Alexander McQueen para Givenchy. Foto: Alejandra Pintos.
Vestido YSL con tocado Goosens. Foto: Alejandra Pintos.
Vestido de Ricardo Tisci. Foto: Alejandra Pintos.
Vestido Pierpaolo Piccoli para Valentino.

A principios de mes tuve la oportunidad de visitarla y, luego de haber visto la sensibilidad con la que estaba montada la de Rei Kawakubo en 2017, las expectativas eran altas. Esta, además, es la muestra más ambiciosa en la historia del Costume Institute, con prendas de los siglos XX y XXI creadas por 55 diseñadores, abarcando varias áreas del MET e invitando a un peregrinaje a los Cloisters, la otra sede del museo, en las afueras de Manhattan.

Por más controversial que haya resultado la temática -digamos que la Iglesia no está en un momento de gran popularidad- no se puede negar que Heavenly Bodies apunta a un público mucho más masivo: no le habla a los amantes de la moda exclusivamente, sino a cualquiera que tenga interés en una de las principales religiones del mundo. La de Rei Kawakubo, en cambio, era menos obvia y mucho más exquisita y poderosa.

El día que visité al MET los pasillos de la exhibición estaban colmados al punto que resultaba difícil navegarla, tal vez a raíz de la popular gala de mayo, en la que los famosos ofrecieron una muestra de qué tan entrelazados están la moda y la religión. Pero a pesar de la cantidad de visitantes, fue sencillo entrar en clima: el curador, Andrew Bolton, eligió usar música solemne, elementos arquitectónicos y una luz tenue para generar un ambiente.

Vestido de John Galliano para Dior. Foto: Alejandra Pintos.
Vestidos de Thom Browne. Foto: Dezeen.
Vestidos de Versace. Foto: Dezeen.

Observar de cerca piezas creadas por diseñadores como Yves Saint Laurent, Cristóbal Balenciaga, Christian Lacroix, Elsa Schiaparelli, Jean Paul Gaultier o John Galliano es conmovedor; no deja de sorprenderme la capacidad de crear belleza que tiene el ser humano con sus bordados intrincados, estructuras creadas con metros de organza y obras de arte construidas con pedrería sobre un vestido. Para ellos, como diseñadores católicos -en su mayoría-, crear esas prendas representa una materialización de su fe, que busca acercarlos -y acercarnos- un poco a lo divino. En mi caso, generaron ese mismo efecto que en algunos tiene la religión: un sentimiento de humildad, porque poder atestiguar ese talento me hizo sentir muy pequeña.

Tal vez lo único reprochable de esta muestra es que está centrada casi exclusivamente en diseñadores europeos, con la notable excepción de Thom Browne, que es estadounidense, y tiene varias piezas en exhibición. Teniendo en cuenta la profunda influencia que tiene esta religión en Latinoamérica, y enorme cantidad de fieles, es llamativo que haya solo un vestido -de la cubana Isabel Toledo-, aunque no del todo sorprendente, porque hasta ahora la industria de la moda se ha mantenido bastante europeocéntrica.

Heavenly Bodies estará abierta hasta el 8 de octubre en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, Estados Unidos.

Vestido Jean Paul Gaultier. Foto: Alejandra Pintos.

Los museos en movimiento

Pero por más desaciertos que haya tenido esta exposición en particular, el valor que aporta a la cultura de una sociedad que haya museos interesados en crear instancias interesantes para su público, ofreciendo muestras nuevas cada temporada, es imposible de minimizar. Es que, en general, en Nueva York el museo es visto como un lugar dinámico, que hay que volver a visitar cada pocos meses.

Durante el viaje también tuve la suerte de visitar la inspiradora retrospectiva de David Bowie en el Brooklyn Museum -que estaba agotada y no por la cantidad de turistas, sino de visitantes locales-, el MoMa, que tenía una muestra de Adrian Piper -una artista que trabaja temas como el machismo y el racismo- y otra titulada “Being: New Photography 2018″ -un estudio sobre cómo la fotografía captura la esencia del ser humano- y el New Museum, que me conmovió con la instalación multimedia de Hiwa K: Blind As The Mother Tongue, que a través de videos explora su pasado en Irak.

Cada uno de estos museos presentaba, también, una rica colección permanente. Y si bien siempre es conmovedor ver en persona un cuadro de Dalí, Pollock o Picasso, lo que hacen tan bien estos museos es saber leer qué temas están en boca de todos (inmigración, racismo, feminismo) y presentar muestras que interpelen esas nociones, porque aunque el material no sea contemporáneo, el ojo del curador puede ofrecer una nueva perspectiva. Tampoco pierden la oportunidad de estar en contacto con quienes están haciendo trabajos increíbles hoy en día para darles un espacio en vida.

En Uruguay el museo es visto como algo más estanco. En algunos casos, incluso, desde aquella visita que todos recordamos en la escuela, es probable que lo único que cambie sea el ojo del visitante. Hay excepciones, claro, entre las que podría destacar el Museo Nacional de Artes Visuales o el Espacio de Arte Contemporáneo, pero no son suficientes para sacudir la modorra cultural de la que a veces somos víctimas.

Exposición David Bowie Is: del Brooklyn Museum.