No es mi objetivo alarmar ni hacer sentir mal a nadie por sus consumos. Cada vez encuentro más evidencias de que consumimos sin saber los peligros que encierra para otros y para nosotros mismos. No soy quién para pararme desde ningún podio a decir que está bien ni que está mal. Yo misma fui consumista –ya lo conté en notas pasadas– y ahora, desde hace un buen tiempo, vengo luchando con mi impulso de “renovarme” con frecuencia.

La llamada “democratización de la moda” es una estrategia diabólica que nos hizo sentir que acceder a “lo último” es un derecho de todos, pero perdimos de vista que ese derecho atropella los básicos de muchas personas que trabajan en condiciones muy precarias y sin ningún tipo de protección legal por parte de los gobiernos de sus países. Además de que, a los que estamos de este lado de la cuestión, la del consumo, este sistema de fast-fashion nos hace sentir en falta todo el tiempo y nos enfoca siempre en la carencia y usa como vehículo la presentación de colecciones cada dos semanas, que logran hacer ver obsoleto lo que ya tenemos. Estamos metidos en una especie de máquina de infelicidad asegurada.

Nos dejamos distraer con el bling bling de las telas sin usar todavía, con los adornos que les agregan a los diseños para que parezcan más ostentosos cuando las telas son de calidad infíma, con los bajos precios, las nuevas siluetas y colores; y preferimos creer que su bajo coste es debido a que producen en grandes cantidades; y tendemos a olvidarnos que las consecuencias de este estilo de producción se llevó ya, puestas las vidas de miles de personas.

ph: maya balanya para diario ABC

El viernes fue Black Friday y muchísimas personas salieron a gastar. Vi hordas de personas cargando bolsas enormes de Primark por la Gran Vía madrileña, por ejemplo, en las que seguro no llevaban casi ninguna prenda memorable que los acompañe durante muchos años, sino más bien ropa que usarán y que irá a parar a la basura o a alguna caridad cuando después de un par de usos pase de moda o se convierta en un trapo inservible después de lavarlo. Desde ese momento no pude dejar de pensar en un video que me pasó mi amiga Lau Gross hace un par de años que forma parte de un documental que se llama Human. En ese video está el ex Presidente de Uruguay, Pepe Mujica y habla sobre el consumismo de una forma que no pasa desapercibida porque lo plantea como pérdida de libertad.

ph: REUTERS/Toby Melville

Me quedé con la imagen tan presente de todas esas personas desbordando las tiendas y usando su tiempo para consumir que terminé escribiendo sobre esto en vez de sobre el slip dress, que fue una prenda que se popularizó en los 90s a partir de una foto de Kate Moss usando uno transparente en una fiesta de la agencia de modelos Elite que la representaba en ese momento. Llegué y me puse a buscar videos en Youtube relacionados con el consumo y me topé con el que escribió y dirigió Inge Altemeier, Víctimas de la moda.

Allí se nos cuentan los peligros que encierran muchos de los productos que consumimos, sobre todo si provienen de producciones low-cost. Para tomar dimensión, se descubrió, a raíz de varias personas con dermatitis agudas, que los sobrecitos que se ponen en muchos productos de cuero o símil cuero para preservarlos de la humedad, llevan dentro un producto que se llama dimetilfumarato que puede resultar particularmente tóxico.

¿Alguna vez tuvieron una alergia rara, algún síntoma del que no supieron el origen? Piensen si coincidió con que estuvieron en contacto con ropa que viene de países con ausencia de regulaciones. Nuestra piel es permeable y muchas veces absorbe las toxinas de los tintes que se usan para darle color a la ropa. Cuanto más oscuro e intenso el color de una prenda, mayor es el riesgo tóxico, nos cuenta la documentalista. También se usan metales pesados para obtener un efecto brillante. Un poco escalofriante, ¿no?

¿Nos paramos a pensar en todo lo que miramos al costado mientras destruyen un medio ambiente que supuestamente nos queda lejos con tal de “estar a la moda”? En esos lugares se utiliza, por ejemplo, soda caústica para que los tejidos estén suaves y limpios; y el blanqueo de prendas depende en gran parte de productos con base de cloro. ¿Alguna vez respiraron un rato lavandina y sintieron que las fosas nasales se les quemaban, que los ojos se les derretían o que la garganta se les secaba? Imaginen ahora estar expuestos a esto muchísimas horas de su día. Eso es lo que vive mucha gente para que nosotros estrenemos ropa todas las semanas.

También se pone en evidencia que el algodón orgánico que se produce en masa para marcas como H&M, no es verdaderamente orgánico, porque si bien la fibra está libre de pesticidas, las tinturas que se usan para otorgarle color son las mismas que se usan para las remeras de algodón no orgánico y por tanto, igual de tóxicas (pequeños productores, que trabajan en menor escala y de acuerdo a una filosofía de sostenibilidad, sí que pueden rastrear que la certificación se cumpla porque la cadena de procesos es rastreable). Otro método que me dejó impactada es que los jeans tratados con chorros de arena –que producen esos desgastados que parecen tan cool– están en manos de personas que un día se mueren de asfixia por tener los pulmones llenos de polvillo. Pueden ver y oír todo lo que les estoy contando acá y sacar sus propias conclusiones.

Esos jeans que parecen tan de tendencia que usamos, se hacen con la técnica sandblasting que daña irreversiblemente los pulmones de los trabajadores. ph: SACOM.

Claro que nos tenemos que vestir, claro que no todos podemos pagar los mejores materiales, pero sí que está en nuestras manos, quizá, ser consumidores responsables y no comprar más de lo que necesitamos. Es un tema que estaría bueno que no evitemos hablar por mucho más tiempo. O si no, miren la cantidad bestial de productos que lanza al mundo la firma Zara (de Inditex) todos los días en este video –totalmente complaciente– que esquiva las cuestiones de las cuales se la acusa simplemente diciendo que son generosos y ya no lo hacen; de hecho hace muy poco, volvieron a aparecer mensajes ocultos en las etiquetas de la ropa que venden; es monstruosa la forma en que se expande rápido como una plaga que se devora todo: desde nuestro medio ambiente que afectan con su forma de producir, hasta nuestro criterio como compradores obnubilados por cuatro brillos y un cuello de peluche en una prenda.

Como decía al principio de este texto, no espero pararme en un podio a decir qué consumo está bien y cuál está mal. Sólo quiero compartir lo que aprendo para que todos los que estén interesados en indagar un poco más, tengan a mano información como esta, que a veces nos esquiva tanto porque andamos distraídos con las últimas ofertas y promociones.