*Ilustración de María Eugenia Elorza (Funky Marucha)

Mido 165 centímetros, cinco más que la media. Peso 67 kilos, bastante estándar. Mi índice de masa corporal es de 24, lo que es calificado por médicos como normal. Soy saludable. Sin embargo, los talles me dicen que soy grande. Extra grande. Y hasta hace poco les daba la razón, pero luego me puse a pensar, ¿no será que ellos son demasiado chicos?

Como la mayoría de las mujeres, he tenido crisis por no encontrar talles. La última fue hace unos meses. Tenía un cumpleaños de quince y no sabía qué ponerme. Estaba apurada y a fin de mes -sin tiempo de recorrer ni plata para gastar- así que decidí visitar el shopping. Entré a un local y elegí todo lo que me gustaba. No había talle L, de ninguna de las prendas, así que, negándome a comprometer mi estilo por una cuestión práctica, opté por el M. Fui al probador y nada me cerraba. Con cada vestido que no me pasaba por las caderas, me fui angustiando cada vez más. Me puse a llorar como una niña. Yo era muy grande para toda esa ropa. Soy gorda y horrible, pensé.

De niña era flaquita, mi abuela siempre me hacía repetir los platos. En la adolescencia empecé a tener redondeces, a las que entendí como gordura. ¿Cómo no iba a hacerlo si mis referentes eran planas y espigadas? Odié mi cuerpo por haber cambiado. Por ser tan distinto al de aquellas modelos que lucían la ropa de las marcas que más me gustaban. Por no entrar en todos los talles. Por tener tetas, que me volvían -y me vuelven- un ser hípersexual contra mi voluntad cuando me pongo un escote, en lugar de bella y estilizada.

De a poco me fui acostumbrando a ver a las modelos con cierta extrañeza y acepté que nunca voy a ser así, que la ropa nunca me va a quedar de esa forma. Me he matado a dietas “para ser más linda”, que en lugar de hacerme sentir mejor minaban mi autoestima y a la larga me hicieron engordar. En realidad, mi cuerpo es saludable y siempre lo fue, pero hasta hace poco nunca me vi reflejada en la tapa de una revista o en una campaña. Son ellas y nosotras.

A poco de haber cumplido 24 años puedo darme cuenta que todas estas contradicciones responden a un sistema que está mal, que excluye, que discrimina, que aísla. Si yo, que soy “normal” -odio esta palabra- en todos los sentidos, soy talle L, ¿qué talle le corresponde a una persona con sobrepeso? Si a mí me cuesta encontrar ropa, ¿dónde compra una persona obesa? Y no hablo solo del fast fashion, que trae prendas de China con tamaños de esa región, sino también de la producción local. De los que saben que el 60% de las uruguayas tienen sobrepeso. Que el 30% son obesas. Y a ni una marca le importa hacer ropa para ellas.

Tal vez quien no lo haya vivido, no sienta este tema con el dolor que lo hacemos algunas. Pero no sé qué se precisa para que entendamos lo duro que es para una adolescente -o cualquier mujer- que no hay nada en el local que le pueda entrar. Siente que ella no es normal porque es grande, que no puede verse linda, sexy o canchera porque es “gorda”. Irónicamente, ese rechazo lleva a muchas a desahogarse con la comida, que no discrimina. Y lo peor de todo, es que no pueden decir que es por una cuestión económica. Porque Khloé Kardashian sacó esta semana una línea de jeans que van del talle 00 al 24 y facturó 1 millón de dólares en un día.

Aunque hay gente que las detesta, agradezco que existan las Kardashian, que volvieron a las curvas algo deseado. Y Ashley Graham, que muestra que se puede ser talle L y ser una diosa, aunque aún hay marcas que no la quieren vestir. O Christian Siriano, que para NYFW vistió de forma espectacular a varias modelos plus size -otro término que odio-. Hay ejemplos, pero son pocos y no logran contrarrestar el efecto de los otros mensajes que recibimos. Porque actualmente conviven dos paradigmas, igual de exitosos y aceptados. Por un lado el de la belleza perfecta, que borra la celulitis y achica a las modelos en Photoshop. Por otro, el de la belleza real, esa que vemos en el proyecto DIVINAS, la de Aerie, la de Dove, la de Stadium y Girls; la que entiende que cada mujer es distinta y todas son bellas a su manera.

En esta época del año todos nos ponemos emocionales y desde mi nuevo lugar en el mundo de la moda deseo que para 2017 se deje de hablar del tema, porque ya no es necesario. Que por fin se generen avances. Al menos en las marcas locales, que tal vez sin ser conscientes, a muchas le dicen que no son suficientemente lindas como para lucir sus prendas. También, para el año que viene, las mujeres tenemos que ser un poco más indulgentes con nosotras mismas, porque, como aprendí de la mano de las fotos de Mariana Cobra, todas somos divinas.

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Una foto publicada por Maria Eugenia Elorza (@funkymarucha) el