A Camila González Jettar no la conocía en persona, pero de alguna forma la sentía cercana gracias a Instagram, un signo de estos tiempos. Es que, además de ser una excelente fotógrafa y cantante, su gran talento está en encontrar personas, objetos y lugares auténticos, de una belleza inusual, y hacerlos orbitar en su universo. Ese universo lo solía compartir en forma de recomendaciones a amigos y familia, desde dónde comer una posta de pescado hasta qué ropa comprar en Tristán Narvaja. Luego lo hizo expandirse a través de las redes sociales y hace un año lo materializó en un concept shop, Objeto Único Distinto -un nombre muy ilustrativo de que que allí se puede encontrar-.

Camila me recibió en este espacio, tan suyo, sentada en una clásica mesa de campo y con un mate en la mano. A su alrededor alfombras marroquíes, productos de belleza natural, cerámicas hechas a mano, prendas de lino y accesorios de palma; un ecosistema perfecto.

Mientras que el sol bañaba la tienda ubicada en Lorenzo Carnelli y Durazno -me citó a las 15 para que viera cómo quedaba el espacio con la luz de la tarde- charlamos sobre su recorrido, muy ligado al desarrollo de la moda local. Con una versatilidad sorprendente navegó la fotografía (sacó fotos para Tach Clothing, MAMUT y revista Bla, entre otros), la música (fue cantante de Guachass y ahora tiene otro proyecto llamado Beso con Luis Angelero, su pareja), la producción (estuvo a cargo del armado del “sótano” de Paullier y Guaná) e incluso fue una de las primeras modelos de Pastiche. Siempre, desde el lugar que le tocó, se encargó de buscar la belleza.

Foto: Camila González Jettar.

¿Cómo mutó tu estilo a lo largo de los años?

Cuando yo conecté con la escena del punk y del rock fue en la adolescencia, la edad del estallido y del no-sentido. Hay una necesidad de expresión, de exteriorizar cosas que no tenés muy claro qué es: frustraciones, felicidad, tus primeros amores y amistades. Eso lo fui canalizando, entre otras cosas, en la manera en que me vestía. Siempre buscaba una reacción. Me imagino que no debía ser sencillo convivir conmigo (se ríe). Esto venía de la mano de un manifesto, el del punk rock, que propone eso, la incomodidad.

Algo muy del punk es el “Do it yourself”, ¿vos aplicabas eso?

Sí, siempre. Fui a la UTU de Corte y Confección y me iba súper mal porque yo estaba en la mía, lo único que quería era aprender a hacer mis propias pilchas. Siempre compraba en Emaús montañas de ropa para modificarla y la usaba así, sin lavarla (hoy me parece una locura). Mi cuarto era un caos, incluso mi hermana, que estudiaba Arquitectura, me cambió de cuarto para que yo pudiera seguir acumulando y acumulando.

¿Y cuándo empezó a mutar tu estilo hasta llegar a eso más despojado que tenés ahora?

Minimalista nunca voy a ser, tengo todos los brazos tatuados, mis rasgos también son fuertes. Pero yo creo que vino cuando solté a esa chica adolescente y me encontré con la mujer que soy. Tiene que ver con lo emocional, necesitaba la calma y eso fue reflejándose en distintos aspectos de mi vida. Esto también se vio en mi banda, yo antes era más shockeante en vivo y luego fui dejando de serlo, pero pasé a estar mucho más presente. Antes era estallido y provocación -y todo el mundo se quedaba mirándome a ver qué demencia podía llegar a hacer- incluso llegué a terminar con un tajo de 10 puntos de la locura arriba del escenario. En un momento me di cuenta que no estaba conectando con eso, entonces pasé a buscar mi voz atrás de ese grito. Igual creo que sigue habiendo algo intenso en mí.

Así como te guiabas por el manifiesto del punk, ¿qué principios te guían ahora?

El punk siempre va a estar en mi corazón, en el sentido de buscar qué es lo auténtico de uno. Me parece muy valioso. Trato de rodearme de gente que entiende eso, el valor que tiene trabajarse a sí mismo, conocerse, encontrar esa gema propia. Es un proceso y es un compromiso grande, porque trabajarse es encontrar lo lindo y lo feo, encontrar la herida y crecer desde ese lugar. Abrazar lo roto y llevar luz a esos lugares es lo más punk que hay.

Hoy la tienda me dio el valor de encontrarme con las cosas que se hacen con un sentido. Constantemente me pregunto por qué tengo OUD: no quiero que llegue un punto en el que lo haga solo para pagar mis cuentas o enriquecerme.

Foto: Camila González Jettar.

¿Y cuál es el sentido de tener OUD?

Lo estoy encontrando. La tienda física me mostró que hay mucha gente que hace cosas hermosas y valora mucho que exista un espacio donde poder mostrar y vender sus piezas. A veces son artistas excelentes que no tienen las herramientas para vender, entonces me gusta ser un canal. Siempre tuve energía de puente, de unir y generar espacios. Además de mi curaduría y mi visión -que está en la ropa que hago y en lo que importo de Marruecos- también estoy encontrando ese rol de madrina. Ellos se acercan con muchísima valoración y respeto porque entienden que es difícil encontrar espacios así, los pocos que hay cobran mucho dinero. Yo intento manejar porcentajes bajos para que nos sirva a todos, además porque no me gusta sentir que me estoy aprovechando de la otra persona.

En una entrevista que te hicieron decís que una de tus cualidades es encontrar la belleza en lugares que otro no lo haría.

Ayer una amiga me decía eso, que yo siempre tengo recomendaciones desde dónde comprar un elástico a dónde comer una posta de pescado. Intento llegar siempre a la raíz de la raíz, encontrar a ese lugar que le vende al otro lugar. Aunque no sea perfecto ni pulido, aunque no esté preparado para recibir gente. Soy capaz de irme a una cantina en Las Piedras a comer.

¿Qué lo que buscás en esos lugares?

A mí lo mal llamado “vulgar” me encanta, porque es auténtico. Encontrar a esa vieja que toda la vida hizo tortafritas, eso me mueve. No me siento cómoda en lugares muy ostentosos, por más que he estado en ambientes así y fui bien recibida. Me gusta eso que es lo que es y no hay una intención de modificarlo. Porque creo que todo el tiempo estamos tratando de hacer eso, cambiar las cosas creyendo que lo estamos mejorando.

Perseguís lo honesto.

Sí, a veces demasiado. Y soy muy fiel, una vez que encuentro un lugar disfruto mucho de volver. Me gusta esa cosa locataria de formar un club.

¿Qué lugares me recomendarías fuera del circuito?

Las postas de pescado de Comercio y 8 de Octubre, es una zona en la que había muchas cantinas y ahora solo sobreviven dos. En la que a mí me gusta solo te venden pescado frito, pan y vino en jarrita; tan simple como eso. También me gusta el lugar de lehmenyún que se llama “Mi Casa” en Nueva Palmira y Cufré, la cantina de Porro en Las Piedras y el restaurante coreano de al lado del Radisson.

Volviendo a OUD, ¿quiénes llegan a vos?

Hay personas que quieren que le ofrezcan cosas diferentes, dejar de comprar lo mismo que tiene todo el mundo, buscan construir o integrar proyectos nuevos. Yo tampoco estoy en un lugar superado de “dejá de comprar en tal lado”, creo que es un proceso que cada uno tiene que hacer a su ritmo, viendo cómo se va sintiendo. Pero sí creo que hay personas que tienen una necesidad de vivir un modo de vida más respetuoso, más sustentable, en el que la acumulación no sea el motor. Lo tengo muy presente porque no quiero ser otro eslabón de esa cadena.

La ropa de OUD. Foto: Camila González Jettar.

Además de importar tenés una línea de ropa diseñada por vos y creada en Uruguay,¿cuál es el concepto detrás?

Quiero hacer prendas que trasciendan la temporalidad, si me gusta una moldería la repito en verano y en invierno. Yo no soy diseñadora, pienso en lo que necesito, lo que quiero que sea parte de mi universo y me junto con Valentina de Llano, ella lo baja a tierra y lo probamos.

¿Cuál es tu relación con las tendencias?

Busco separarme de ellas y ser más atemporal. Creo que lo logro también porque tengo referentes de otro circuito, no sigo a imperios de millones de seguidores, sino a marcas como OUD pero de otras partes del mundo. Y hay cosas que se ponen “de moda” y tampoco está mal, ojo, algunas a mí también me gustan. Lo que me cansa es cuando se sobreexige a una prenda o a un material hasta que queda falto de contenido. Desde esa primera persona o marca que lo inició se forma una cadena atrás copiando uno a otro a otro. La moda industrial hace mierda las cosas (y al mundo).

Mi idea es que cuando yo te vendo un pantalón vos después lo uses todas las veces que sientas, no voy a cambiar radicalmente en la temporada siguiente para que sientas que ese modelo no va más. Además uso materiales nobles. Tampoco quiero caer en que salgan carísimas las cosas, aunque es difícil, porque por ejemplo un cuarto de la prenda se va en IVA y después están los puntos de las tarjetas, etc. Quiero un precio sustentable, que me sirva a mí, a mis proveedores y que puedan acceder diferentes personas.

¿Y con los descuentos?

El mundo de los descuentos me parece que se convirtió en una enfermedad. Además muchas veces te están haciendo trampa, te ponen la prenda súper inflada porque saben que después van a tener que hacerte el descuento. La ropa está carísima, en parte, por eso. Porque nadie compra full price.

¿Por qué elegiste esta zona para OUD?

A mí me iba a salir más o menos lo mismo pagar un local en los circuitos comerciales -Pocitos, Punta Carretas, Carraco – pero quería estar alineada a esto que yo ofrezco. Creo que tenemos una ciudad hermosa. Barrio Sur es maravilloso y está al lado de Parque Rodó, que está efervescente de cafés, restaurantes, emprendimientos. Yo también me comprometo con que las cosas sucedan. Obvio que entiendo también que para la gente es un desafío venir.

Foto: Camila González Jettar.

Hay gente que dice que la tienda física está muriendo, ¿por qué no decidiste vender solo online, por ejemplo?

Yo arranqué en un momento en el que buscaba un cambio en mi vida. Toda la vida trabajé mucho de noche, organizando fiestas, por ejemplo fui la que armé el proyecto del sótano de Paullier y Guaná. Quise ser mamá y tuve muchas dificultades, perdí dos embarazos, entonces sentí que necesitaba encontrar los tiempos para que eso también llegara a mi vida, ordenarla para darle la bienvenida.

Me puse a pensar qué podía hacer para dejar la noche y me di cuenta de que también necesitaba algo personal porque no tenía muchas ganas de trabajar para alguien más. En todos los proyectos en que me involucré di mucho, generé cosas buenas y entonces quise hacerlo con algo propio. Di con la idea del concept shop que valora lo artesanal, con piezas curadas de distintos países y me copaba generarlo acá.

Entonces, después de dejar Paullier y Guaná, viajé a Bahía y me traje 20 alpargatas UGO en la valija. Supe que así iba a arrancar mi emprendimiento -y hoy en día sigue siendo mi objeto más vendido-. Las tuve en una cajita siete meses, mientras así hacía el proyecto en mi cabeza. Había visto que estaban de moda los bolsos de Marruecos, contacté un proveedor y me mandé a traer 100 bolsos. En diciembre, con tremenda panza, subía y bajaba la escalera de mi casa para vender esos dos productos. Cambié mi cuenta de Instagram personal, que tenía como 4.000 seguidores y pasó a ser OUD. Así arranqué.

En mayo llegó Apolo y entonces Luli y Floti de Pastiche me invitaron a estar en t_i_e_n_d_a. Con el tiempo me di cuenta que yo no sintonizaba con esa modalidad, porque entre otras cosas tenía que tener mucho stock, así que volví a vender desde casa. Con el apartamento lleno de alfombras y un niño chico se cayó de maduro que precisaba un espacio propio. Entonces conseguí este local que es perfecto, porque en el sótano Luis tiene su estudio de música. Fue un paso que dimos juntos.

OUD en su máximo esplendor. Foto: Camila González Jettar.

¿Cómo te llevás con las redes?

Desde que tuve Fotolog, que fue mi primera red social, me mantuve muy activa. Para mí siempre tuvo un objetivo muy utilitario. Nunca tuve un “mal viaje” con las redes, creo que cada uno tiene que tomar lo que le sirva. Siempre pude mantener distancia y creo que fue porque tenía claro que tenía que dejar de escuchar lo que se decía de mí si quería transitar mi propio camino. Siempre fui de generar reacciones y, por ejemplo, cuando Fotolog pasó a ser anónimo tenía chorizos de comentarios negativos, pero nunca me importó.

Lo cierto es que hay muchas personas que les sirve lo que comparto y con la banda me pasaba lo mismo. Cuando cantaba en Guachass me pasaba de bajarme del escenario y la gente me venía a agradecer. No lo digo desde el ego, sino que siempre lo tomé como que todos somos un canal y tenemos algo para ofrecer. Incluso a una de mis grandes amigas la conocí así, después de un toque me agarró la cara y me dijo llorando “vos cantabas para mí”.

Hablás mucho de tus amigas y de tu conexión con ellas, ¿qué rol juegan las mujeres en tu vida? ¿Te considerás feminista?

Son muy importantes. En mi primera banda, que armé con Adriana Navarro, éramos todas mujeres. Hubo una época que la moda local tenía un epicentro llamado “El Piso” en la Galería Madrileña -ahí estaba Loreley Turielle de Srta. Peel, que traía una ropa insólita medio electrónica- y hacían un desfile, para el que buscaban modelos. Fuimos nosotras, que no nos conocíamos, y esa misma noche nos convertimos en un pegote. Teníamos tipo 17 años y estábamos lejos de parecer modelos. Nos hicimos muy amigas. Ella tenía una guitarra eléctrica y le propuse tener una banda -aunque yo no sabía tocar nada- pero el requisito era que tenían que ser todas mujeres. Así nació TOM-BOY. Eso ya era súper feminista, meternos en una escena de hombres y en lugar de aplaudir y decir “este quiero que sea mi novio”, subirnos al escenario.

Hoy en día el feminismo ha avanzado mucho, pero falta un montón también.

¿Y cómo es para vos criar un varón?

Viene siendo increíble, pero también es un desafío. Mi intención es, sin intervenir demasiado, demostrarle que él puede usar el color que quiera, ser lo que prefiera y que tiene que respetar a todo el mundo más allá del sexo o el color de su piel. Me duele mucho ver cómo la mujer es degradada continuamente, por más de que yo sea una privilegiada que estoy en un círculo en el que esto no me sucede. Las mujeres seguimos estando atrás del “crack” haciendo que se luzca. De hecho a mí me pasó.

Es una pregunta un poco obvia, pero, ¿a vos cómo te transformó la maternidad?

Me transformó desde antes, desde que lo empecé a desear y que no llegara. Creo que pude abrazar ese dolor y darle un espacio. En todo hay un regalo oculto, para mí es esencial no pensar “qué mierda lo que me pasó”, sino ser cuidadosa con las palabras y valorar lo que la vida arrima, en la forma que llega. Lo bueno para ser celebrado y lo malo, para trabajar. No hay que aferrarse a que las cosas sean de una manera, creo que hay que rendirse y que la situación te atraviese y que venga a hacer su acción. Entonces, la maternidad me cambió desde mucho antes, desarticuló mi ego de una forma muy fuerte. Después esa calma de la que hablábamos al principio tiene que ver con este proceso, de entender que puedo seguir convidando mis experiencias y estar con mis amigas, pero sin ser invasiva ni dañina o que la ira me maneje. Empecé a depurar todo eso y a afinar mi persona. Y la llegada de Apolo fue un premio a todo esto en el sentido de que es fácil de convivir con él, es muy calmo. El puerperio se vivió obviamente con intensidad, pero con alegría y armonía.

¿Cómo llegaste a esta versión de vos?

Estoy activa en el aspecto de trabajarme. Hice terapia, constelé, hice una conciencia mayor de mi árbol genealógico, integré mi linaje, abracé cosas que uno tiende a expulsar aunque cueste el proceso. El cofre con los tesoros está en el fondo del mar, el que se anima lo encuentra.