Cuando decidí encarar este texto sentí un poco de vértigo porque mi mojigata interior, entrenada para esconder las vicisitudes de ser mujer, sintió un cimbronazo en la moral, ya a esta altura retrógrada, de que tenemos que disimular que sangramos todos los meses.

Todavía tengo frescas la bronca y tristeza que sentí a los once años cuando menstruaba por segunda vez: estaba formando en la fila del colegio, en el patio; nos ordenábamos de menor a mayor. Yo iba entre las últimas y ese día estábamos todos vestidos con la ropa de gimnasia, hacía calor –era marzo– y los nenes vestían de shorts y las nenas de pollerita blanca tableada. La toallita no aguantó y ya se imaginan el desastre que puede hacer la sangre en una tela blanca inmaculada. Una de mis amigas héroas y comprensivas, me prestó un sweater de hilo color verde inglés, que era el del uniforme del colegio, para que me lo ate en la cintura. Estaba prohibido por reglamento atarse algo a la cintura pero bueno, tenía mi explicación para hacerlo. El director del colegio me dice desde allá adelante “te pido que te saques el sweater de la cintura” enfrente de todos los nenes y nenas expectantes, desde primero hasta séptimo grado. “No puedo”, le digo. Se acerca y me dice “te digo que te lo saques” y yo le repito que no puedo y me pongo a llorar mientras obedezco, y todos los que estan cerca mío miran incómodos la situación y mi pollera manchada. El señor después me pidió disculpas pero vieron cómo es, el mal rato ya no se iba a borrar. Pasada la anécdota, queda lo de siempre, que es que desde la pre-adolescencia/adolescencia hasta la menopausia, tenemos que tratar de llevar con la menor incomodidad posible el sangrado mensual.

Me gusta pensar que soy moderna, pero me doy cuenta de que tengo amigas que usan dispositivos menstruales como la copa y siento que soy de la prehistoria usando todavía toallitas, que muchas otras veces en la vida, por supuesto, me dejaron en offside; y que encima dicen que son el demonio por todo lo que contaminan –amén de que son residuos patológicos que se descartan sin nigún tipo de cuidado especial cuando ¿quizá? deberían incinerarse– y por los procesos de blanqueado por los que pasan que, aparentemente, desestabilizan la flora vaginal que la naturaleza bien pensó para que estemos protegidas.

El primero de noviembre fue mi cumpleaños y mi amiga Cecilia Acuña me regaló el libro de Eugenia Tarzibachi “Cosas de Mujeres. Menstruación, género y poder” y al mismo tiempo escribió, en La Nación, una nota titulada “La historia del tampón: un recorrido lleno de prejuicios” en la que cuenta, entre otras cosas, los peligros que conlleva su uso ya que pueden causar shock tóxico y conducir a historias tremendas como la de la modelo Lauren Wasser que perdió una pierna, además de haber estado al borde de la muerte.

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En el camino hacia la modernidad femenina hay un nuevo horizonte con métodos para descargar la sangre mensual. Uno es la copa menstrual hecha de silicona hipoalergénica. Existen más de setenta marcas registradas en el mundo. En nuestra región tenemos Maggacup y Ecocopa que se hacen en Argentina, Mialuna y Copita Menstrual en Chile, las Inciclo en Brasil y esta y esta opción en Uruguay. Quienes optan por este método destacan entre las virtudes la practicidad de poder transportarla a todos lados, su capacidad superior a la de las toallitas o tampones, la ausencia de malos olores y un factor muy destacado por las usuarias es su durabilidad, que está situada entre cinco y diez años, lo que hace que su precio, si bien inicialmente elevado, se amortice por todo el tiempo de servicio que pueden prestar.

Hay otra opción novedosa. Se trata de ropa interior menstrual diseñada para que no haya desbordes ni malos olores. Están confeccionadas con capas de cuatro telas que consiguen que la prenda sea antibacteriana, absorbente, hidrófuga y transpirable. Hay dos marcas pioneras: Thinx, de Estados Unidos y Cocoro, de España. Su absorción depende del modelo en el caso de la primera marca; la segunda, en cambio, promete el mismo tipo de absorción para sus tres modelos. El truco de su durabilidad está en el cuidado durante el proceso de lavado. Lo mejor es enjuagarlas en la ducha y luego meterlas en el lavarropas sin suavizante ni lavandina y nunca por encima de treinta grados de temperatura. En una nota del año pasado, en el sitio Vice de España, recogen el testimonio de seis mujeres que las probaron con diferentes impresiones y lo mismo hace una periodista en Milenio, de México, con detalles pormenorizados hora por hora. También hay testimonios como el que escribe Megan Kennedy en Huffington Post que dicen que usar este tipo de bombachas fue un verdadero desastre. Lo ideal es que cada una de nosotras haga su experiencia si quiere cambiar el método con el cual gestiona su período actualmente.

Es un momento en el que el mundo femenino sale a la superficie y ya no nos avergonzamos por cómo funciona nuestro cuerpo. Hace unos años nos podía parecer bárbaro dar la teta en público, hoy es la normalidad. Estamos en el proceso de no juzgar a las personas por el ajuste o por el tamaño de la ropa que eligen, estamos hablando de nuestra menstruación como se habla de cualquier otro tema de la vida. Estamos aprendiendo que la celulitis no tiene nada de malo. Estamos –y esto es hermoso– apreciando la belleza de múltiples tipos de cuerpo. Nos faltan inciertos pasos pero estamos haciéndolo bien desde el momento en que dejamos de ocultar nuestra naturaleza, mostramos más cada vez que no somos perfectas e incluso hablamos de temas siempre relegados al ámbito femenino, frente a los hombres sin ninguna vergüenza. No sé ustedes, pero yo me siento más liviana.

Tengo pendiente probar la copa y la ropa interior menstrual pronto para ser, por fin, moderna, y quizá, si mi mojigata interior me lo permite, contarles mi experiencia.