Luego de más de un mes en Uruguay, todavía arrastro el jetlag emocional que provocan dos años de vida del otro lado del mundo…

Ante la clásica pregunta que se me avecina diariamente –¿y? ¿cómo es Shanghai?-, me gusta mucho dar una descripción que leí por ahí: la de un gigante “melting pot” que se transforma a la velocidad de la luz. Shanghai crece y cambia tan rápido que ni los propios locales pueden seguirle el paso.

Los ultramodernos rascacielos conviven con sencillos y abarrotados complejos de viviendas, callejones detenidos en el tiempo y puestos de comida de dudoso aspecto se encuentran con Gucci y Prada a la vuelta de la esquina, y señoras en pijamas andan en bicicleta entre autos de lujo y calles de neón. Y eso es sólo un primer vistazo.

La mezcla es rica en todos los aspectos y revela un país que fue sacudido por la revolución cultural y que en sólo 30 años se reinventó y se puso en primera fila. La sensación al recorrer las calles de Shanghai es la de estar en un punto de inflexión, viviendo un momento clave en la historia. Uno camina con la impresión de que algo importante podría pasar en cualquier momento. Es adrenalínico.

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

Shanghai es amable, acelerada y sí, a veces exasperante. Experimentar el caos y la diferencia cultural me fortaleció la paciencia (conseguí ser empujada e ignorada constantemente sin perder los estribos –o casi-), y a pesar de que las multitudes pueden ser abrumadoras, disfruté mucho del anonimato de vivir entre millones de personas. En algunos momentos me sentí sola y frustrada por la dificultad de la comunicación, pero me sirvieron para apreciar y extrañar el poder de la interacción humana.

El cielo permanentemente gris y contaminado es sin dudas el punto débil de la cuidad. Levantarme todos los días con la esperanza de un día despejado me hizo valorar el aire puro de esta parte del mundo, y quizás me alentó a tomar conciencia y proponerme ser más activa para ayudar a conservarlo. ¡Es increíble cómo damos por sentado el sol y el cielo azul!

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

Un aspecto muy curioso de la vida en Shanghai es la paradoja de vivir en una sociedad que está parcialmente censurada pero que a la vez es minuciosamente educada y entrenada para consumir. En un país en el que años atrás todos se vestían uniformados por la estética unisex del comunismo, hoy pululan las tiendas de lujo y el culto a la moda, la belleza y el grooming. La sociedad shangainesa actual vive ansiosa por vestir marcas que los identifique y diferencie del resto de las decenas de millones de habitantes… El frenesí consumista en China es asombroso: ¡imaginen una clase media de 430 millones!

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

E imaginen algo más: ¡caminar diariamente entre miles de trendsetters! En China hay 200 millones de “millennials” o “jiulinghou” (personas nacidas post 90s): una generación entera que creció sin hermanos y se está convirtiendo en el grupo de consumo más influyente del mundo. Esta generación fue sometida a un bombardeo de sobreeducación, objeto de las más altas expectativas. Muchos fueron criados por sus abuelos, lejos de sus padres y crecieron ávidos de una vida mejor. Caen en el clásico estereotipo de los hijos únicos y lo amplifican: muy preciados, cuidados en exceso, individualistas, buscadores de libertad, deseosos de llamar la atención, un poco excéntricos quizás.

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

Los jóvenes shangaineses se rigen por códigos estéticos muy distintos a los nuestros (o los nuestros son distintos a los suyos, como queramos decirlo). Valoran la diversidad, no parecen muy preocupados de lo que piensa sobre ellos el resto del mundo ni quienes caminan a su alrededor. Vivir entre ellos me resultó refrescante y liberador. Valoré mucho poder observar sin necesidad de opinar, y ser observada sin ser juzgada. Me despreocupé del “qué dirán”, y me permití divertirme con las incontables y curiosas costumbres estilísticas de los chinos. Algunos ejemplos:

  • Salir por la calle de pantuflas o en pijama!
  • Usar cartera de diseñador (aplauso para los hombres, a la par de las mujeres)
  • Remangarse la camiseta hasta el pecho -en público- cuando hace calor (exclusivo para varones)
  • Vestirse igual que la pareja (twinning couples) o combinarse con las amigas (matching friends)
  • Sacarse selfies andando en moto
  • Usar la campera con el cierre en la espalda (al mejor estilo Iggy Azalea y Cara Delevingne)
  • Pasearse por el supermercado con la almohada de avión en el cuello
  • Usar un zapato distinto en cada pie
  • Usar brotes de plástico en la cabeza, ¿por qué no?
  • Caminar por la calle posando en cada rincón con un fotógrafo detrás (esto es algo que se ve a diario en Shanghai y me parece un fenómeno social muy particular: las chicas se hacen retratar por un fotógrafo en distintas situaciones cotidianas para subir las fotos a las redes sociales!)

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

También disfruté de algunos otros hábitos no estilísticos, muy inofensivos e incluso saludables. Tanto que decidí incorporar algunos:

  • Tomar agua caliente. El agua fría a veces puede caerle rara a nuestro cuerpo de 36 grados… Tanto que más de una vez se rieron de mí: “You drink cold water?? That’s sooo weird!”
  • En los restaurantes, pedir varios platos para compartir en vez de aburrirse con uno sólo
  • No esperar al final para comer el postre (ideal para golosos)
  • ¡Dormir en lugares insólitos! En los showrooms de Ikea, atendiendo un local, trabajando en un avión
  • Caminar hacia atrás: excelente ejercicio físico
  • Lavarse los dientes en la vereda: ¿por qué no?
  • Secarse el pelo en público: también
  • Bailar en grupo en los parques, ¡a diario! A esto nunca me animé, pero me encantaría verlo siempre en cualquier cuidad en la que viva.

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

Shangai // Ph: María Inés Payssé y Martín Rivero

Mi obvia recomendación es que si pueden, ¡vayan a China! Experimenten el caos, la gente, la cultura, el desafío de la comida, absorban lo diferente. Ríanse de la desesperación cuando no se puedan comunicar, griten cuando no haya otra cosa para hacer. Van a volver diferentes, con historias que vale la pena contar.

Fotos: María Inés Payssé y Martín Rivero