Durante el fin de semana pasado, las calles de Trelew -una ciudad patagónica de 100 mil habitantes- se llenaron de mujeres de todas las edades en el marco del 33° Encuentro Nacional de Mujeres. Las escuelas de la ciudad dieron asilo a las que venían de otras provincias, que acomodaron sus bolsas de dormir una al lado de otra en un infinito interminable de cuerpos aliados. En uno de los talleres, una señora de cincuenta y pico me contó entre risas que se había levantado a las cuatro de la madrugada para lavarse los dientes “porque cuando se despiertan las chicas ir al baño es imposible”. Otras desplegaron sus carpas en la Plaza Centenario y en otras plazas más pequeñas de los alrededores del centro, convirtiendo la ciudad en una fotografía de militancia, diversión y amistad nunca antes vista para los trelewenses.

El sábado 13 por la mañana se dio inicio al Encuentro en un acto de apertura realizado en el autódromo de la ciudad de Trelew. Allí, la comisión organizadora y distintas agrupaciones leyeron documentos que hablaban de distintas problemáticas. Entre bailes y choripanes, se dio rienda suelta a la ansiedad y las expectativas que tantas mujeres, con sus pañuelos verdes o sus banderas Whipala amarrados de distintas formas, traían desde distintas ciudades y provincias argentinas.

Foto: Mercedes González Carman

Los talleres se organizaron en tres encuentros de tres horas cada uno. El primero fue el mismo sábado por la tarde y, de los setenta y pico que había disponibles, elegí el que trabajaba sobre las relaciones con el cuerpo y los estereotipos de belleza. Más allá de los esperados argumentos sobre la cosificación de los cuerpos y la decisión personal de depilarse o no, las reflexiones que me interesaron tenían que ver con la idea de que al poner en cuestión los paradigmas de belleza, muchas mujeres habían conseguido reforzar su autoestima, pero otras sentían que ahora se planteaba un nuevo mandato: el del amor propio. Si todas somos hermosas porque somos mujeres, si nadie tiene el derecho de hacerte sentir fea ¿qué pasa cuándo eso efectivamente no funciona? Una chica contó que disfrutaba muchísimo hacer actividad física, pero que le daba culpa porque sus amigas le recordaban constantemente que tenía que aceptar su cuerpo como era. Otra contó que su marido le decía que dejara de depilarse, que pusiera en cuestión ese mandato, pero que ella no se sentía cómoda con los pelos. ¿Qué ocurre cuando, en el marco de una transformación social y política que pretende agitar el avispero de las regulaciones, se manualizan las nuevas prácticas? Al menos en ese taller, no hubo respuestas para ese interrogante pero se evidenció que es imposible obligarse a uno mismo a sentir algo, y que en realidad los mandatos que hay que poner en cuestión son los que generan angustia a cada una en particular.

Foto: Mercedes González Carman

Esa noche fuimos a la plaza Centenario a tomar cerveza y comer algo en los puestos gastronómicos. Con el grupo de chicas trelewenses que nos recibieron a mi hermana y a mí conversamos sobre los contenidos de los talleres y, un rato más tarde, decidimos ir a la “FestiTorta”, en el gimnasio municipal. Caminando hacia allí, una de las chicas contó que en su trabajo una compañera se había referido a ese evento como una feria de repostería. Todas nos reímos.

A la mañana siguiente acompañé a mi hermana a un taller sobre salud mental, donde había una gran cantidad de pacientes. Si bien los tópicos abarcaron desde la estigmatización hasta la depresión, lo más interesante fue la exposición de problemáticas de mujeres que viven en pueblos alejados de las capitales de las provincias, que tal vez tienen 200 habitantes, cuyas realidades cotidianas son drásticamente diferentes a las de las chicas blancas de clase media que conformábamos la gran mayoría del encuentro.

Me dio la sensación de que las que vivimos en los grandes centros urbanos nos vemos muy tentadas de analizar la política y las necesidades “de las mujeres” desde un ombliguismo peligroso, sin tener en cuenta las particularidades que atraviesan las personas que viven en lugares remotos. ¿Es posible interpelar con las mismas consignas a una joven de 16 años de Capital Federal que a una mujer de 70 que nació y vive en Tilcara? No. ¿Es posible pensar el patriarcado por fuera de la diferencia de clases sociales? No. ¿Es posible analizarlo sin tener el cuenta el proceso de colonización? No. Y, por último, ¿es posible pensar el feminismo por fuera de las políticas de ajuste y empobrecimiento que se están llevando a cabo en Argentina? No.

Foto: Mercedes González Carman

En el turno de la tarde divagamos por algunos talleres. Quisimos ir al de mujeres en contexto de encierro pero estaba muy alejado de la ciudad, lo mismo con el taller que trabajaba la relación de las mujeres con la política. Los talleres ubicados en escuelas más accesibles fueron, en general, los que trabajaban problemáticas más individualistas y de clase media, lo que resulta paradójico dado el espíritu representativo que se pretende y la consigna de exigencia de un Estado plurinacional que se coreó durante todo el Encuentro. ¿Qué pensará una mujer mapuche que se autodefine como feminista y viaja al ENM, cuando se suceden los reclamos por la imposición de un lenguaje inclusivo y no binario cuando su lengua -una lengua originaria, bastardeada, invisibilizada- es incomprendida por la casi totalidad de las mujeres que estaban ahí? ¿Qué pensará una mujer campesina que hizo esfuerzos para viajar al encuentro y exponer la problemática que las aqueja, las violencias que sufren en sus territorios, la profundización de las desigualdades de las que son víctimas, cuando los talleres que trabajan sus preocupaciones son organizados en las afueras de la ciudad, con dificultades de acceso y, por ende, con baja concurrencia?

Foto: Mercedes González Carman

La marcha que cerró el Encuentro fue para exigir la reposición en la agenda pública de la Ley de Despenalización del Aborto. Unas 60.000 mujeres recorrieron cinco kilómetros durante más de tres horas para visibilizar una problemática nacional. La caminata atravesó los barrios periféricos de la ciudad y fue muy fácil entender la importancia del espíritu federal de los encuentros. Algún estante se movió en los vecinos que miraban pasar a las miles de mujeres que cantaban con fascinación. Alguna fractura en la información que llega a las ciudades del interior se realizó. Y esa famosa frase “lo vi con mis ojos, nadie me la contó”, cobró sentido en las señoras que saludaban desde sus balcones y en las chicas jóvenes que aplaudían desde la vereda. Y en los que nos contaban que estaban sorprendidos por el espíritu festivo del encuentro, contrario al fantasma de la destrucción y la violencia que habían extendido los medios de comunicación locales y nacionales.

Foto: Mercedes González Carman

La última reflexión que me dejó el encuentro tiene que ver con el doble filo del sentido de pertenencia. Así como la lucha colectiva posibilita las transformaciones individuales, así como discutir los lugares de privilegio sirve para pensar en nuestras prácticas cotidianas, no debemos permitir que el sentido de pertenencia talibanice nuestras particularidades. En ese sentido, creo que tenemos que reponer el espacio para pensar cómo articular nuestras individualidades en el gran cuerpo social. El deseo no se puede normativizar, así como tampoco es justo perderlo en el mar homogéneo de normas que nos quieren decir cómo vivir. En ese sentido, debemos repensar los mandatos que nos incomodan, los que nos generan angustia a nosotros mismos, no los que otros nos dicen que debemos abandonar, y también repensar cuál es el lugar de la responsabilidad individual en esta sociedad en transición. Una mamá que disfruta quedarse en su casa con sus hijos debería poder hacerlo sin sentir culpa por no cumplir con el mandato feminista de emancipación económica, pero una mamá que no lo disfruta también debería poder elegir, si es que se puede usar esa palabra. Cómo debería poder salir a correr la chica que disfrutaba hacer actividad física sin sentir que la oprime un nuevo mandato.

Foto: Mercedes González Carman

Pero también debemos pensar en las que no pueden elegir, en las que no pueden ejercer su deseo, y que ese sentido de pertenencia sea más amplio aún de lo que es ahora. En que si denostamos a las que no cumplen las reglas del manual, estamos pateando en contra. En que si expulsamos a las que creen en Dios, a las que son amas de casa, a las que se quieren casar con vestido blanco, a las que visten a sus hijas de rosa, a las que deciden desnudarse en televisión, estamos ejerciendo un autoritarismo de la utopía en lugar de incidir en la real politik. Como decía el sociólogo peruano Aníbal Quijano: más que un movimiento social es un movimiento de la sociedad.

Agradecimiento: Todas las imágenes que ilustran esta nota pertenecen a Mercedes González Carman, hermana, amiga y compañera de viaje.