Texto: Orsola De Castro*

Ilustración original: Funky Marucha

Es muy común escuchar que las prendas de fast fashion están mal hechas y no duran nada, pero eso no es necesariamente verdadero. Claro que el uso de materiales de calidad inferior y los pagos miserables a las confecciones no son una mezcla ideal para hacer una prenda que sea tratada con respeto. Tiene poco valor y no es una pieza única (de hecho, de Milán a Bombay, cualquier persona tendrá acceso a la misma) y en tres semanas habrá caducado por un nuevo modelo “bajado” a la tienda.

Estos modelos llamados de prêt-à-jeter (prontos para tirar) en el mundo de la moda (término francófono que juega por el prêt-à-porter, que significa pronto para usar) no resisten la prueba del tiempo. Pero no tanto por su calidad inferior, sino porque no resisten la prueba de amor, ya que no hacemos ninguna inversión emocional cuando los compramos. Esencialmente, no damos un peso por ellos, a no ser en aquel nanosegundo en que lo vemos, lo compramos sin siquiera probárnoslo para ver si nos entra o queda bien, hasta que llegamos a casa y nos damos cuenta de que, bueno, lo siento, pero no es mi tipo de prenda.

Eso que acabamos de comprar no va a quedar bien con nuestro jean tal como pensábamos: tiene el largo equivocado, la textura equivocada.

Es muy simple, en realidad: el fast fashion es como un “one night stand”. Te dejás llevar sin pensar demasiado, y a la mañana siguiente te despertás y te das cuenta que tu compañero de cama no era tan interesante, o que no te gusta su olor.

No es tu tipo. No combina con tus genes como habías pensado: altura equivocada, mala piel.
Por otra parte, cuando te enamorás de una pieza de ropa, cuando es realmente su destino el vivir en tu cuerpo, se produce una relación profunda y significativa. Es lo mismo que ocurre cuando conocés a tu pareja, aquella que será duradera. En el momento en que la ves, te das cuenta que te describe, y sabés que estás en presencia de tu futura mejor amiga, aquella que resolverá todos tus problemas de guardarropa, que viajará contigo, y te hará sentir fantástica a pesar del SPM o tener el corazón roto. Te ayudará a sentirte mejor de lo que estás, y nunca más se separarán. La lavarás cuidadosamente, le cambiarás el cierre roto, y le harás el dobladillo que se ha descosido. La combinarás para una fiesta o para una salida, le pondrás tacos o zapatillas y la usarás hasta su último suspiro.

La calidad no tiene nada que ver con esto: lo que importa es la extensión del trabajo y compromiso que estés dispuesta a poner en esa relación, porque estás preparada para hacer que dure. Digo, uno no se enamora del príncipe perfecto. De hecho, algunas veces, son sus imperfecciones las que estás dispuesta a aceptar y eso muestra lo comprometidos que realmente estamos.

Soy una amante de la ropa y, como resultado, soy una guardiana de la ropa. Una verdadera consumidora, del latín consumere, que significa “destruir o gastar debido al uso”.
Poseo, y no estoy bromeando, miles de atuendos: algunos fueron comprados, la mayoría heredados, algunos los hice yo.

Hago una revisión/limpieza cada dos o tres años, cuando les paso mis tesoros a mis hijas, a sus amigas, a mis amigas, o las dono a la caridad (pero soy famosa por haber comprado de vuelta mis propias piezas donadas en un ataque de nostalgia al mismísimo día siguiente en diversas ocasiones).
guardianes-de-la-ropa-1

Entre mis ítems favoritos hay piezas de fast fashion que he tenido por muchísimo tiempo, como mi camisón Primark que tiene 16 años o mi vestido Topshop Reclaim to Wear de 2011 que uso de día y de noche en todos los veranos –y me lleva literalmente de la playa a una fiesta glamurosa con un cambio de zapatos, y después me acuesto con él. También tengo unas piezas vintage de los 60 y 70, que fueron confeccionadas en la época con material espantosamente barato y ahora las considero obras de arte. Es mi amor, mi cuidado, mi afecto y mi respeto que les da relevancia a esas piezas. Es cómo las uso, cómo las hice parte de mí misma.

La vida es larga y todas las buenas cosas maduran –el vino, la experiencia, las amistades– y ese es el motivo que un encuentro rápido no perdura, porque estarás preocupada sobre cómo librarte de aquello antes de darle una oportunidad de que te sirva.

Comprar para tirar, la actitud prêt-a-jeter que caracteriza la moda rápida hoy (una industria que produce 80 mil millones de ítems de vestuario al año) es una deficiencia cultural. Esta tendencia no puede ser corregida alentando un desecho sustentable, pero sí comunicando autenticidad, enamorándonos de la ropa que compramos y tratándola como si fuese algo especial. Porque las ropas amadas duran.

Parejas con acné o vestidos de fast fashion: si los amás, entonces no son desechables, son tuyos.

¿Cuál es tu fashion love story?
Les estamos pidiendo a los amantes de la moda de todas las partes del mundo que se unan a la #FashionRevolution y que creen una historia de amor. Nadie puede sustituir a la hermosa chaqueta que era de tu abuela y que ahora es tuya. O aquel vestidito perfecto que encontraste durante cierto viaje a algún lugar muy especial. En lugar de comprarte algo nuevo, volvé a enamorarte de las cosas que ya tenés. Compartí tu historia, o escribile una carta de amor a una de tus piezas de ropa que te sea importante. Hacé un download de la guía de cómo crear una “fashion love story” para la #FashionRevolution acá.

BlogCouture agrega: queremos conocer esas historias de amor. Saquen fotos, hagan videos, ilustren, escriban. Compártanlas en las redes usando el hashtag #FashRev y mencionando a @blogcouture. ¿El premio? Será para ustedes por revivir viejas y aun relevantes historias de amor.

*Este texto se publicó originalmente en el sitio de Fashion Revolution, con el título The Clothes Keeper, y fue gentilmente cedido a BlogCouture. La traducción es de María Celina McCall. Las negritas son nuestras.