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La relación que tengo con mi celular es complicada. Gracias a su conexión a Internet, es una herramienta para enterarme de lo que está pasando en el mundo, una puerta de acceso para saber más de todas las cosas que me gustan y una herramienta para compartir. Pero, también tengo que confesar me hace tremendamente infeliz. Cuando alguien me está hablando y tengo el impulso de agarrar el teléfono, cuando lo primero que hago al despertar es mirar Instagram o cuando paso mucho tiempo sin chequear las notificaciones y empiezo a sentir una ansiedad incontrolable, me da culpa. Esa ecuación placer – dolor, asumo, que es la que debe de sentir un adicto. Puede que sea adicta al celular.

En promedio usamos el celular 4.7 horas por día. Si estamos solos, comemos mirando el celular. Si tenemos insomnio, chequeamos el celular. Cuando amamantamos –como cuenta esta periodista– miramos el celular. Si no lo estamos usando, pero lo tenemos a la vista, nos distrae igual. Nuestra capacidad de concentrarnos cada vez es menor. Y, contrario a lo que predica el mindfulness, todos parecemos estar en otro lado.

¿Cómo estos aparatos pueden ganarnos así de fácil? Simplemente porque están diseñados para eso. Las redes sociales son gratuitas para nosotros porque no somos los clientes, somos el producto: los desarrolladores venden nuestra atención a los anunciantes. Y nosotros, casi que en piloto automático, aceptamos este trato por mucho tiempo. Sin embargo, recientemente, varias personas se han estado rebelando contra este sistema. Yo también intenté hacerlo.

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Desintoxicación digital

Antes de irme de vacaciones decidí hacer una desintoxicación digital. Me propuse usar el teléfono solo media hora al día. Para medirlo exactamente me instalé una aplicación que se llama Quality Time y mide cuánto tiempo usas el teléfono por día (además de cuáles son las apps que más te distraen y cuántas veces desbloqueás la pantalla). Mientras que viajaba a Rocha en bus programé un mail de “fuera de oficina” y avisé a todo el mundo que iba a tener acceso limitado al correo, así que si precisaban algo con urgencia, me llamaran. Luego, apagué los datos. El celular lo dejé prendido para usar la cámara -te abandono Instagram pero dejame sacar selfies– y la función de llamada. Dormí las 3 horas que me quedaban del viaje.

Cuando me desperté tenía unas ganas tremendas de conectarme a ver qué había pasado, pero me aguanté y, después de ese sufrimiento inicial vino una calma muy linda. Me di cuenta de que estaba haciendo algo que me hacía bien -y que debería repetir-. Dejé de sentir que estaba en falta, que debía contestar a alguien, compartir un contenido o me estaba perdiendo de algo.

Sobre las 18 aproveché la media hora de internet para chequear todo, contarle a algunas personas como había estado el día y mirar las noticias. En cierto sentido, lo disfruté más. Normalmente me pasa que siento que estoy como embobada viendo pasar las stories, que son todas iguales entre sí, sin prestarles atención. Pero, al tener un tiempo limitado, realmente lo aproveché. En resumen: me sentí en paz (era el primer día de mis vacaciones, también, eso contribuyó) y como que le estaba ganando al sistema.

Y ese fue el único día genuinamente exitoso de ese proyecto. En el segundo, venía bárbaro pero ya sobre el mediodía había usado mi media hora así que sobre la noche volví a pecar, llegando a una hora en total (de todas formas, mucho menos que un día normal). El tercer día no tuve mejor idea que subir una foto a Instagram, entonces la ansiedad de ver los likesnadie puede escaparle al efecto de la dopamina que genera un “me gusta”– me hizo mucho más difícil luchar con el impulso de agarrar el teléfono. También fallé al otro día, cuando estuve sola toda una tarde, me había cansado de leer y no sabía qué hacer.

En fin, muy lindo el detox digital, pero es un parche para algo mucho más profundo, así que estuve buscando cómo superar esta adicción de forma más definitiva y generar nuevos hábitos.

Construir una relación sana con el teléfono

1. Conocé al enemigo – Como dicen en las películas, el primer paso es reconocer que hay un problema. En un día normal, según Quality Time, yo uso el teléfono 3 horas al día (los fines de semana 2) y lo desbloqueo unas 80 veces. Es un montón, también es medio engañoso porque lo uso para trabajar pero sí, hay un problema ahí. Recomiendo hacer el ejercicio de medir cuánto tiempo desperdiciamos de esta manera. Como dice este ex-Google: preguntate qué es digno de tu atención.

2. Desactivá las notificaciones de las redes sociales-  Si no suena o vibra, probablemente te veas menos tentado a chequear el celular. Dejá habilitadas las llamadas y los mensajes de whatsapp -seamos realistas-.

3. Que tu pantalla principal sean solo aplicaciones esenciales – Google maps, Uber, calendario. Esas aplicaciones que hacen tu vida más sencilla y no te consumen en el scroll infinito. Al no ver el ícono de Instagram o Twitter, probablemente te vas a ver menos tentado a entrar.

4. Si necesitás medidas extremas, borrá la aplicación – El tener que entrar a la versión web de Facebook o Twitter es una buena forma de desestimular el uso de la red social, además de que te libera espacio. Con Instagram se complica porque no podés ver los mensajes privados.

5. No uses el celular como despertador – Comprate un despertador de la vieja escuela y dejá el celular cargando en otra habitación, así es menos probable que una vez que te acuestes lo vayas a usar. También te evitás los 15 minutos de scrolleo matinal.

6. Actividades sin celular – Para encontrar pequeños momentos de paz y verdadera relajación me ha sido muy útil ir y volver de casa caminando con el celular en “no molestar” guardado en la mochila. Tampoco me pongo música. Esos 20 minutos los dedico a prestar atención a mi alrededor y a mis pensamientos. Esta es una técnica del mindfulness para hacerse presente en las actividades cotidianas.

7. Limitá tu uso de aplicaciones problemáticas – Paradojicamente hay aplicaciones que ayudan a controlar la adicción al teléfono bloqueándolo por determinado tiempo. Entre las más recomendadas están Freedom, Flipd y Lilspace.

8. Reflexioná sobre el tema – 3 horas por día durante un año son casi 45 días. ¿Quiero ser una de esas parejas que veo en los restaurantes en las que los dos se ignoran mientras chequean el teléfono? ¿Me interesa pasar 45 días al año viendo a una bloggera lavándose los dientes? No, para nada. Prefiero dedicarle tiempo a las relaciones con amigos y familia, leer (podría terminar de una vez El Quijote, que lleva 15 horas), aprender a tocar el ukelele o ver películas. El tiempo es limitado y no hay que olvidarse de eso.

Si querés leer más de este tema, te recomiendo el libro “How to break up with your phone”.