La moda local está viviendo un proceso de transformación importante. De manera gradual pero imparable, el inicio de la temporada marca un intenso proceso de interés para el público, que ya no espera el envejecimiento de las prendas para reemplazarlas por otras nuevas. Esto es muy claro si lo miramos por generaciones: el apego de los millennials a su guardarropa anterior es mínimo. Claro que todos (millennials o no) tenemos algunas prendas amadas que no queremos dejar ir, pero la gran mayoría está en busca de una renovación real.

Y esto tiene una lógica muy clara cuando hacemos estudios sociales: nuestra imagen expresa quienes somos. Esta forma de concebir la vestimenta es entonces para algunos un espacio para marcar la identidad, pero también puede ser una complicación en aquellos que tienen dificultades para encontrar su lenguaje. Lo cierto es que la moda se transforma en “mucho más que moda”, ocupando un lugar como expresión personal, en un mundo cada vez más visual.

Por esa misma razón, cuando miramos al  espejo la ropa que veníamos usando, se presenta una sensación de extrañeza: ¿seguimos siendo esa persona? Supongamos que la prenda se encuentra en buen estado, la pregunta es ¿queremos seguir comunicando eso, somos “eso” o ya hemos cambiado? ¿Tenemos ganas de seguir asociando nuestra imagen a ciertos recuerdos personales o deseamos desprendernos de ellos y seguir el camino? Claramente, todas estas preguntas han dado lugar a un proceso de cambio mucho más intenso.

Desde otro punto de vista, muchos cuestionan la velocidad con la que el mercado impone la obsolescencia de los objetos, con la idea de que tantos cambios no están buenos para el planeta. Y van surgiendo respuestas: el alquiler de ciertas prendas, el “trueque”, la venta y otras formas que implican que la prenda va pasando de unas manos a otras. La economía colaborativa empieza a descubrir espacios, porque muchas veces lo que deseamos cambiar es nuestra mirada en el espejo, y eso permite que una prenda puede encontrar -en otra persona- una vida nueva. Por eso mismo a veces decidimos “dar un descanso” a una prenda sin deshacernos de ella, o incluso “intervenirla” para luego reencontrarla con una mirada diferente.

Pero en el proceso de cambio hay también un costado más “frívolo” o competitivo, que no inventamos en este siglo de superproducción industrial: los historiadores señalan que en la Francia del siglo XVIII “para estar al día era necesario cambiar de vestimenta no cuando la meteorología lo indica sino cuando se ven otras personas que empiezan a vestirse diferente” y “aunque todavía no hiciera realmente calor, las fashion victims no podían evitar pavonearse con sus nuevos conjuntos de temporada”. ¿Alguna semejanza con el siglo XXI?

Por eso, ser de los primeros en aparecer con la ropa de la nueva estación se transformó en un símbolo de status, y progresivamente un símbolo de “saber” y de pertenecer a un cierto estilo de vida: un lugar diferencial, una avanzada dentro de la gran masa social. Y no siempre es cuestión de dinero sino que hoy es más un “darse cuenta”, un “animarse”, es la capacidad de entrar en el juego del cambio sabiendo que es precisamente eso, un juego: hay una marca para cada bolsillo, por lo tanto se trata mucho más de decidir entrar o mantenerse al margen.

Como decía Squicciarino, “En un juego inagotable y espectacular que siempre incorpora nuevas variaciones de modelos y colores, la moda exalta el presente, lo fugaz y lo efímero y -como los ciclos de la naturaleza- tiene sus formas que nunca vuelven a ser iguales”.