La foto es de Mean Girls porque todas fuimos Cady en la adolescencia

Tengo guardado en un carrito virtual un par de oxford de pana marrones. Desde el género hasta el estilo van bien con el tipo de prendas que suelo elegir para mi armario, pero no me animo a comprarlos. El problema no está en la prenda, sino en que todavía me acuerdo de cuando tenía 13 años y, apoyada en el escritorio de la profesora durante un recreo, dije que quería un pantalón con esas características. Todavía me acuerdo de mis compañeras riéndose y repitiéndoselo a las que no estaban, para reírse de nuevo. Era el 2007 y se usaba el chupín.

El pantalón en cuestión. ¿No es hermoso?

Siempre hablamos de la moda como forma de expresión, pero durante mi adolescencia vestirme fue siempre un problema. Después de varias escenas similares a la del oxford me dediqué a mantenerme molde. Me dejé arrastrar al shopping por 5 chiquilinas con poco criterio a que me eligieran looks – tarea difícil con padres que se resistían a comprarme ropa cara solo porque se usaba-. Dejé que me cortaran el pelo con la tijera de una cartuchera durante un recreo.

Hay una fantástica escena en Modern Family donde un hombre le dice a su sobrino que las cosas que te hacen raro en la escuela son después las que la gente valora: que mientras en la adolescencia ser cool va de la mano de ser igual al resto, más adelante se vincula con destacar, ser único. Modern Family llegó tarde a mi vida. Para cuando tenía 15 años, inventaba excusas para no ir a cumpleaños porque sentía que no tenía la prenda correcta (en ese momento, una mini blanca, por si querían saber).

Allá por 2013.

Demás está decir que mi conflicto con la moda iba de la mano con el que tenía conmigo misma: me esforcé durante todo el liceo por acoplarme al resto de mi generación. Esto incluía con quiénes hablar, cuánto estudiar para las clases y cuánto hablar. Si será fuerte el peso de la mirada de otros que, como nunca aprendí a bailar sin ser objeto de burla, nunca más bailé. Supongo que en la moda es donde más se notó porque, si miro fotos, es claro el esfuerzo por pertenecer: el short o pollera tiro alto con musculosa para bailar en 2009, campera de cuero en el invierno 2010, polleras largas en el verano 2011. Todavía me acuerdo la taquicardia de que alguien descubriese que era todo falso, que no me gustaba esa pollera, que no entendía esa combinación, que quería algo distinto. No disfrutaba de la aprobación porque en el fondo no la sentía genuina, pero seguía buscándola desesperadamente. No exageran, la adolescencia realmente es difícil.

El punto de quiebre fue el 2013 (o, como le digo yo, “el año de las mil carreras”), donde tuve que pelear contra la necesidad de pertenecer en pos de hacer lo que me gustaba. Quería hacer una carrera tradicional, una que hablara por mí en lugar de hacerlo yo misma. Y así, cambié y cambié y cambié, sin lograr sentirme a gusto. Ese remolino duró poco y, para 2014, todo había caído en su lugar. La sorpresa -o tal vez no tanto- fue ver cómo mis amigas, quienes me habían conocido en este intento de pertenecer, aceptaban mi destape con brazos abiertos. Sigo suspirando aliviada cuando lo pienso.

En 2017. Foto: Santiago Colinet.

Esa paz se reflejó en mi armario. Empecé a escucharme a mí misma y las blusas blancas pasaron a ocupar un 75%, junto a los aros y mis jeans. Clásico, seguro, pero genuino. En ocasiones me resulta bastante aburrido cuando entro a la oficina de Couture y todas parecen salidas de una editorial de Vogue, pero lo sigo sintiendo muy mío.

Y sin embargo, sigo arrepintiéndome de no comprarme los pantalones oxford de pana en el 2007. Eso me hace cuestionarme, ¿está bien protegerse aunque implique ocultar tu verdadera identidad? ¿Valía la pena sobreponerme a las risas y burlas por ser fiel a mí misma? Al mirarme al espejo hoy, a veces me pregunto si realmente sigue viva la persona que era hace 10 años. Creo que sí y por eso elegí una carrera que me permite decir lo que pienso y un rubro, la moda, que me deja vestirme como quiera y disfrazarlo de statement -aunque secretamente sigo buscando alguna señal de aprobación cada vez que salgo a la calle-.