El pronóstico de tendencias se presenta en general como una bajada de línea sobre qué ponernos ante los cambios de estaciones climáticas. Bajo esta consigna, se reproducen las notas en los portales que nos dicen que “se viene” para el nuevo clima, con oraciones que repiten sin cesar los conceptos de “infaltables”, “compras”, “qué usar”, como si se tratara de un manual indiscutible y de uniformidad antes que un espacio de juego para expresar nuestra identidad.

La ropa y su lenguaje comunican quienes somos, pero no solamente de manera individual. No hay una línea de continuidad infalible entre una persona seria que usa traje y una persona creativa que se tiñe el pelo de color. La ropa cuenta la historia de nuestra sociedad, expresa cambios culturales tan profundos como la tecnologización absoluta de nuestras vidas y escucha cómo quieren ser interpretadas las nuevas generaciones.

En la historia de la moda hay prendas icónicas que expresan esas transformaciones: la caída del corset y la emergencia de la propuesta despojada de Chanel; la silueta “New Look” de Christian Dior después de segunda guerra; la minifalda en el apogeo de la liberación femenina en los 60 y, en los últimos diez años, el rol revolucionario de la tendencia deportiva y la implicancia de las zapatillas.

Bolsos tejidos mediante la técnica milenaria Wayuu. Fuente Pick Luck

Leer las tendencias tiene más relación con comprender la emergencia de estos conceptos antes que seguir a rajatabla ideas enlatadas. En este sentido, la macrotendencia global que está transformando la industria de la moda tiene que ver con el repliegue de la hegemonía europea y norteamericana. Los ojos se posan en lo que está ocurriendo en los denominados “países del tercer mundo” y, muy especialmente, en América Latina.

¿Por qué se dio vuelta la taba? Los factores que han generado esta transformación tienen que ver con una concientización del cuidado del medio ambiente, una problemática que los países del primer mundo no atendieron lo suficiente; una crítica a las condiciones laborales de los talleres textiles que contratan las grandes empresas; una resistencia a la baja calidad de las prendas que se producen y un cuestionamiento a la falta de ideas de parte de los diseñadores en los últimos años.

Desfile Atelier Crump. Fuente: Semana

Por esa razón tampoco resulta llamativo que en los últimos años haya habido una crítica extendida hacia lo que los especialistas denominan “apropiación cultural”. ¿Cuáles son los factores sociales y culturales que predisponen esta reverso de la moda? En primer lugar, el rol fundamental en tanto consumidores de la generación Z: quieren productos personalizados, le escapan a la uniformidad y van camino a aburrirse de internet. Por ese motivo, este segmento está revalorizando los procesos de producción, la ropa que se hace con tiempo y dedicación y atendiendo los procesos de la naturaleza. Otra razón es que el algodón, el textil de mediana calidad más extendido en la industria de la moda, es demasiado contaminante para lo que puede soportar nuestro planeta.

Y una tercera razón es que la excesiva tecnologización del mundo ha llevado a una despersonalización importante de los individuos. Los más jóvenes claman por el retorno de los contactos personales, por eso es que la importancia de los textiles está en lo más alto de la ola, y se muestran conectados con las historias de sus culturas. Se revaloriza la autenticidad y la verdadera inspiración ya no está en los influenciadores de Instagram, pagados por firmas millonarias, sino en los pueblos originarios de cada país, en prendas cuidadosamente confeccionadas mediante técnicas que se traspasan de generación en generación y cuyos diseños están pensados desde la comodidad y la alegría.

Colección Maydi AZ. Fuente: Colección Zero

María Lee, fundadora de Panorama Store, lleva adelante desde hace algunos meses un proyecto de moda innovador: se trata de la instalación de un showroom de productos de moda latinoamericana en el corazón de la industria, París. Le preguntamos sobre la contracara del fenómeno: ¿es cierto que las capitales del mundo están atentas a la producción de América Latina? ¿Le interesa a los propios latinoamericanos su historia y cultura a la hora de consumir moda? Sobre la recepción de la moda latina en Europa, María Lee afirma que “siempre hubo interés por la creación latinoamericana, no es algo nuevo. Desde el desfile de Hermès inspirado en los gauchos argentinos hasta Jacquemus produciendo sombreros mexicanos. Lo que sí observo es que se está redefiniendo la idea de lujo gracias a las propuestas de diseñadores como Demna Gvasalia. Ese quiebre es el que abre una oportunidad para que pasen cosas nuevas. Él propone remeras de algodón a 1000 euros y la gente se vuelve loca, no es como antes que había un trabajo artesanal de semanas para hacer un producto, y el lujo tenía que ver con ese valor. La bisagra está en que ese tipo de producción está desapareciendo, las marcas históricas de lujo también producen en China”.

También invitamos a reflexionar sobre el fenómeno al diseñador brasileño Lucius Vilar, profesor de proyecto de colecciones y diseño textil del Istituto Europeo di Design en São Paulo y Universidad ORT en Uruguay y asesor especializado en identidad de diseño: “Creo que los ojos del mundo están mirando hacia América Latina, pero no solo en materia de moda sino hacia las propuestas de diseño en general.  Últimamente detectamos un gran protagonismo de personas y marcas latinoamericanas creciendo fuera del país y siendo reconocidos internacionalmente. Este año, por ejemplo, la diseñadora de joyas chilena Rita Soto fue una de las finalistas del premio LOEWE. A pesar de que se trata de casos específicos, estos diseñadores que se están destacando son los que abren puertas a la posibilidad de mostrar que no estamos aquí para exportar sólo materia prima sino que nuestro diseño es muy valioso.  

Al parecer unas cuantas marcas de moda latinoamericanas detectaron ese quiebre del que habla María Lee, y están intentando colocar sus productos en nuevos mercados. En Colombia, una marca referente de este movimiento es Atelier Crump, de Diana Crump, y su trabajo de recuperación de los textiles colombianos que acaba de presentar en el desfile Maestros Ancestrales, una iniciativa que llevó a seis diseñadores por diferentes lugares de Colombia para reunirse con comunidades indígenas y trabajar en conjunto. También encontramos a la empresa de curaduría textil Mola Sasa, que seleccionan los mejores productos textiles y artesanales de su país y lo exportan al mundo, dando a conocer la milenaria tradición de confección de productos de moda a través de los hilares y el tratamiento de materiales de la naturaleza.

En Uruguay encontramos desde el colectivo Manos del Uruguay, que acaba de lanzar una colaboración con Madewell; los textiles de Hina, que profundiza la idea del diseño originario y orgánico; y Agnès Lenoble, una firma que confecciona joyería artesanal contemporánea con materiales nobles. También la propuesta “lenta” de Ana Livni, con especial hincapié en los procesos de producción, en el uso de materias primas locales y en la idea de que se trata de una filosofía de vida y no de una tendencia.

Campaña Lena Martorello

“El lujo de nuestro continente está dado por materias primas increíbles, mano de obra barata y precios competitivos: esa combinación es la que configura nuestro potencial, nuestra posibilidad para hacer algo nuevo y genuino. Mi percepción sobre el trabajo de moda latino es que los diseñadores hacen productos increíbles, con buenas materias primas, pero copiando morfologías “de tendencia” porque creen que así sus productos son más vendibles. Lo que generan es un estancamiento: van a vender toda su vida para el mercado interno cuando podrían, con una propuesta auténtica, salir al mundo”, afirma María Lee.

En Argentina el “despertar” es similar: Warmi trabaja con hilanderas jujeñas para crear mantas, ponchos y bufandas de pura lana; Vero Forest y Lena Martorello diseñan prendas amplias y cómodas en lino natural; Belén Amigo, Dubié y JT comparten su adicción a una estética más futurista preconizando la moldería y la calidad de los textiles. Somos fibra, Maydi y Blue Sheep realizan tejidos en todo tipo de prendas y el furor de los trenzados naturales como la rafia es canalizado por firmas como Romero hecho a mano, Adularia, Julián Cuneo y Pampa by Pampa.

Ana Livni. Fuente: My city guide

Según María Lee, “si prestamos atención a nuestra historia, lo que nos caracteriza es la exageración, el color, los accesorios. Pero como en Argentina hay poco riesgo, tanto en el diseño como en consumo, el mercado mismo termina limitando la oferta. El latino es muy acomplejado, necesita una marca que lo respalde. Colombia es un país algo diferente en ese sentido, es un poco más orgulloso de su cultura y sus raíces, pero en general a los latinos nos gusta lo europeo mucho más que lo que representa nuestra cultura. En Colombia hay un  reconocimiento del valor del trabajo artesanal, y hay apoyo del gobierno para los diseñadores y los productores locales. Va de la mano con la idea de grupo de pertenencia. ¿Quién quiere pertenecer a una tribu peruana? Los consumidores quieren pertenecer a Roma y a París. La gente no piensa que con la ropa expresa su identidad, y que lo que está expresando es un mecanismo de colonización. Pareciera que tiene más valor si nuestros productos van primero a Europa a ser reconocidos. Después de ese paso, los latinoamericanos aceptamos que lo que producimos es bueno y lo adoptamos”.

Lucius Vilar coincide con Lee en que la colonización siempre es un factor determinante para entender la producción de moda latinoamericana: “si miramos nuestros libros de historia,  siempre estuvo presente la cuestión de la colonización. Creo que la diferencia es que finalmente ha llegado la hora de exaltar nuestra cultura, nuestro folclore, nuestro regionalismo. En lugar de solo vender materia prima, debemos demostrar nuestro valor de transformar estos materiales y estas referencias estéticas y comportamentales en productos”, afirma.

A tono con las impresiones que nos dejó Li Edelkoort en su paso por Buenos Aires, los ojos del mundo se están posando en América Latina, confirmando la hipótesis de que se trata de un continente que puede crear sus propias tendencias en lugar de importar ideas de Europa y Estados Unidos. Pero no alcanza con la mirada de los otros. Se trata, también, de llevar a cabo un ejercicio de descolonización: el de confiar en nuestra historia y los saberes ancestrales de nuestra cultura; en nuestro trabajo y capacidad de producción; en qué tenemos algo auténtico para contar y que valoramos la tierra sobre la que caminamos. Algo que de a poco se visualiza como un hecho.