Primero fue Kate Spade, la diseñadora que en los años 90 nos conquistó –a mí, a Carrie Bradshaw y a millones de otras mujeres en el mundo- con sus carteras objeto de deseo pero sobre todo con su universo festivo, lúdico y elegante de moda ilustrada. La noticia de su suicidio a los 55 años el pasado 5 de junio, dejando atrás una familia, fue un shock respecto a esa imagen soleada que plasmó en su marca homónima, que ya había vendido hace años para dedicarse a otros proyectos.

El viernes 8, la muerte del chef Anthony Bourdain revolucionó las redes sociales. Otro suicidio, en una habitación de hotel en Estrasburgo, Francia, donde se alojaba para rodar un capítulo de su programa Parts Unknown, el mismo con el que supo visitar Uruguay hace unos meses y conquistar corazones y paladares. En particular me sentí muy conmovida con esta noticia, que me remitió a la perplejidad con que viví el suicidio del músico Chris Cornell en 2017, el de la mítica diseñadora neoyorquina L’Wren Scott (también conocida por ser la pareja de Mick Jagger) en 2014 y varios años antes el de Alexander McQueen, diseñador en pleno auge de su carrera. Ya no es ningún secreto que la moda, por la enorme exposición y presión pública que carga –además de ese ritmo frenético de vivir siempre varios meses hacia adelante- es un terreno muy frágil y en el que los burnouts y suicidios son moneda corriente, aun entre estudiantes.

Bourdain era un bon vivant; no ocultaba sus vetas oscuras pero nos impulsaba a disfrutar, a emprender viajes, a conocer gente, a correr riesgos, a VIVIR. Era un gran contador de historias, despreciaba lo políticamente correcto, no rendía pleitesía y, con sus 61 años, parecía tenerlo todo resuelto. Era el tío/padrino/amigo cool que soñamos con tener. Era padre de una hija a la que le dedicó un libro; salía con Asia Argento. Llevaba, en la fantasía de quienes lo veíamos en pantallas, la vida que muchos quisiéramos.

Las preguntas que siguen son las obvias: ¿por qué? ¿Acaso no tenía todo lo que quería? Vivía de comer, viajar y contar historias, dándose el lujo de entablar, comida y bebida mediante, conversaciones con algunos de los personajes más interesantes del mundo. ¿Por qué no era feliz? Sí, tuvo varios reveses en su vida personal, pero también su propia historia lo sorprendió –comenzó con la faceta de comunicador estrella casi a sus 40 años- y se podía decir que estaba atravesando un gran momento. ¿Acaso no era suficiente?

En medio de esta semana teñida por estas noticias (que también, porque la vida es así, tuvo un acontecimiento muy hermoso), vi el último capítulo de Merlí, la serie que retrata al profesor catalán que, enseñando filosofía a sus alumnos, los ayuda –y se ayuda a sí mismo- a intentar comprenderse un poco mejor y buscarle el sentido a la vida. Más allá de la ficción (que me conmovió mucho), me dejó pensando cómo la búsqueda por un sentido de vida ha de ser la más antigua y universal de la historia.

Hoy perseguimos la felicidad –que, aunque parece estar allí desde siempre, es una noción bastante moderna- pero desde Buda hasta Schopenhauer y Freud, la máxima tiene más que ver con entender que la vida es sufrimiento y que aplacar el deseo será –para ponerlo de una forma muy simple y burda- la manera de evitar todo lo posible ese sufrimiento.

En nuestro día a día, suponemos que cada uno encuentra o al menos busca la fórmula para vivir de la manera más plácida o menos sufrida posible. Eso siempre implica renuncias, y vamos trabajando el equilibrio para obtener el máximo beneficio intentando evitar el encuentro con la tristeza. A algunos les resulta más fácil: quizá no hurgan tanto en inquietudes existenciales o quizá ya son tan sabios que aprendieron a vivir con lo que les tocó.

Muchas veces las circunstancias son adversas o realmente difíciles; otras son favorables (como todos creíamos para Bourdain). Pero la angustia, la ansiedad, la melancolía o directamente la depresión juegan malas pasadas, exponiéndonos al mundo con una llaga abierta, y resultando en un infierno personal de sufrimiento insostenible. Las drogas, que muchas veces son nombradas responsables y que son definitivamente dañinas, en realidad forman parte de la manera de lidiar con el dolor. No tengo datos científicos, pero sí la experiencia cercana de que aquellas personas intelectualmente más elevadas o con gran sensibilidad artística, capaces de generar inspiración o grandes “éxitos”, también son más sensibles al sufrimiento que implica ya tan solo la experiencia de estar vivos.

Y si bien lo exponía Buda hace 2500 años, estoy segura que este malestar es intensificado hoy por la autoexigencia de mantener una imagen construida, editada y usualmente alegre de nuestras personas en las redes sociales –a veces hasta diametralmente opuesta a nuestra verdadera identidad, o su espejo velado-, y encima compararla con las de los demás. Porque estamos conectados, pero poca gente sabe realmente lo que nos atraviesa.

Y si los demonios invaden, nunca nada será suficiente: los millones de likes, o todos los éxitos cosechados. Probablemente tampoco servirá el amor filial, o el incondicional. Cuando la oscuridad se instala, parecería no haber argumentos válidos para encontrar el sentido vital. Pero los hay, siempre los hay. Estemos atentos, seamos solidarios y empáticos, cuidemos –de cerca- a nuestros seres queridos. Y vivamos con valentía, alegría y amor, porque la vida es una y a veces termina demasiado pronto.

 

En Uruguay, desde hace algunos meses está disponible una línea de apoyo para prevenir el suicidio, toda la información se encuentra aquí.

Y para quienes quieran ahondar en el tema, el NY Times recomienda algunos libros.