Texto: Majo Lois. Ilustración: Caro Faget.

Un amigo hace poco me contó acerca de un libro que leyó.

Plantea dejar los mapas y sólo dejarse guiar por la brújula. La brújula te dice que el Norte es para allá, pero no te avisa si hay una piedra o un océano. El mapa condiciona tanto que el viaje, en este caso mi proceso hacia una histerectomía total, se convertiría en el mapa.

Viéndolo ahora a la distancia siento que activé esa brújula interna que todos tenemos. Lo que de aquí en adelante les contaré sucedió a pura intuición y usando esa sabiduría innata que aflora en momentos como éstos y nos permite salir de la fragmentación viendo el todo.

Vale decir, esto no es un mapa para nadie. Solo una experiencia que escribo desde el corazón.

Majo Lois por Tali Kimelman.

La vulnearabilidad es un superpoder

“Tu útero está enfermo. Tenés muchos miomas y a futuro puede haber riesgos. Te voy a explicar las opciones pero mi recomendación es una histerectomía”.

Esperar un diagnóstico intranquiliza pero recibirlo paraliza. No estaba preparada para tanta certeza.

La certeza, por ejemplo, de que ya no iba a poder ser mamá biológica. La certeza de que es una cirugía muy simbólica para una mujer. La certeza de que la expresión “te van a vaciar” es espantosamente cruel y les pido por favor que nunca, nunca se la digan a nadie más.

La certeza también de que podía transitar esos meses hacia la cirugía como un aprendizaje en completo estado de vulnerabilidad.

Al salir del consultorio sentí que no iba a vivir el proceso desde un lugar de fortaleza (con muro y torres de vigilancia incluidas) sino desde un lugar de humana fragilidad.

Durante esos meses lloré mucho, me enfermé como nunca (todas enfermedades que defino como “de sacar cosas hacia fuera”) pero también tuve un gran año como docente, exploré mi lado más suave en las relaciones y logré un buen balance entre “nos y sis” en diversas áreas de mi vida.

Me inventé una tool box imaginaria que fui llenando con recursos que sentía que me iban a ayudar en el momento preciso. Comencé una inmersión en yoga, hice un retiro en un templo budista, conviví con una manada de 21 caballos, me discipliné en mi entrenamiento físico y me arropé en mi práctica mindfulness.

Check in

El día anterior a internarme armé mi bolso.

Recuerdo que le dije a una amiga “es como cuando me voy de viaje pero sin pasaporte”.

Fui muy selectiva con lo que me llevé. Sabía que iban a ser 3 o 4 días, pero no sabía ni cómo me iba a sentir ni si iba a poder salir de la cama, elegí cosas que me hicieran sentir linda.

En vez de pijama o camisón llevé dos túnicas coloridas y en vez de pantuflas unas sandalias de seda verde. Era verano y de alguna forma merecía sentirlo.

Para el baño empaqué un gel de lychee, una de mis frutas preferidas, un aceite para el cuerpo con moringa y una crema hidratante de coco, almendras y miel, que es como oler panqueques recién cocinados.

También me acompañaron un libro, un block de notas para escribir y una leche de arroz con vainilla, si es que me permitían alguna indulgencia.

Ese día de enero, en una ciudad semi vacía, en ese letargo entre la Navidad y las vacaciones, me estrené un vestido que me había comprado en Copenhagen cuyo estampado me recordó los almohadones de la casa de playa de mis abuelos y salí.

El pasaporte de despegue que me entregaron fue una bandita con un código de barras que me pusieron en la muñeca y que me pidieron que nunca me sacara.

¿Cuánto pesa el miedo?

Ya instalada, aproveché el tiempo para hacer una pequeña sesión de yoga y estirar ese cuerpo que no tenía claro cuándo iba a poder estirar nuevamente. Unas horas antes de la cirugía me hicieron acostar, comenzaron los procedimientos preparatorios y llegó el momento de quiebre: cuando dejé mi vestido de colores en el placard y me pusieron la ropa del quirófano.

Un miedo primigenio, como de bestia acorralada, me tomó por completo y un solo pensamiento apareció como un rayo: nunca voy a poder ser mamá, me quiero escapar.

Lloré mucho, como una niña, abrazada a mis afectos y entonces recordé que en la tool box mágica había un mantra que me había acompañado mucho las semanas anteriores.

Respirando conscientemente, sintiendo la calma de la música me fui tranquilizando y tuve un momento de mucha claridad en el que me di cuenta que todo lo que podía haber hecho para llegar bien a ese punto, lo había hecho. Y todas las decisiones, incluso las relativas a mi maternidad, también habían sido las correctas. Ahora sólo restaba confiar en el equipo médico.

Llegué a la sala liviana, confiada y dispuesta.

Es más, hasta el pasillo plateado y verde hacia los quirófanos me pareció cinematográfico.

Tres horas después desperté con una picazón en todo el cuerpo (que luego me explicaron es consecuencia de la medicación) y muy mal. La salida de la anestesia fue larga y difícil. Los instantes en los que peor me sentía hacía grandes esfuerzos por centrarme en mi respiración. Fallaba mi concentración todo el tiempo pero una y otra vez lo intentaba. Entre despertares y malestares regresé a mi cuarto 5 horas más tarde de lo previsto y como en un nuevo ritual, me quitaron la bata verde y me vistieron con uno de los vestidos que llevé.

Sentir el olor a mi casa fue reconfortante.

En los días siguientes la caja de herramientas imaginaria se abrió y cerró todo el tiempo.

– Cuando me traían el agua llena de hielo pedía que lo retiraran. Mi digestión estaba muy delicada entre medicación y cirugía y sabía que sólo debía beber a temperatura ambiente o tibio.

– El segundo día, ya pudiendo entre piruetas levantarme, retomé mi rutina de limpieza de lengua para eliminar toxinas.

– Una de las cosas que más disfrutaba era luego del baño masajearme con aceite. Creo que facilitaban mi contacto con el cuerpo. Un cuerpo inflamado, dolorido y que sentía un poco ajeno.

– Me marqué 2 o 3 caminatas diarias por los pasillos para salir del embotamiento que genera la habitación y ayudar a regular la digestión.

– Escribí mucho de lo que sentía en mi agenda y me permití pasar por todos los estados de ánimo que aparecieran.

– Más calmada, cada noche medité antes de dormir recordando una canción que cantaban los monjes cada mañana en el monasterio.

– Disfruté cada pequeño acto de cariño y cuidado: un ramo de peonias que me regalaron, fotos de atardeceres que me mandaba una amiga, un helado vegano de almendras con el que me sorprendió el nutricionista del hospital, el perfume de lychee de mi gel cada mañana, Imagine Dragons y Marisa Monte cantando desde el celular.

Todo era bienvenido.

Ilustración: Carito Faget.

Disciplina y paciencia

De regreso a casa me esperaba una heladera que supe dejar atiborrada de frutas y verduras de color naranja (mucha vitamina C que ayuda al colágeno), hojas verdes orgánicas de mi huerta y alimentos con fibra.

A pesar de haber llegado muy bien nutrida a la cirugía, con una estricta dieta antiinflamatoria, mi sistema digestivo se desequilibró bastante.

Por suerte el verano me trajo las papayas y los mangos y con ellos llegó el bienestar y una desinflamación cada vez mas evidente.

La palta con cúrcuma se convirtió en mi plato favorito. Y la leche de arroz vainillada en mi postre predilecto.

Durante el día pasaba por instantes de enojo, de frustración pero también de calma y agradecimiento. Mi práctica mindfulness me ayudó a aceptar todos los vaivenes de mi mente y a recibir cada día con las limitaciones y avances que hubiera.

Me hice experta en levantar cosas del suelo con los pies ya que no me podía agachar y más de una vez me encontré riéndome sola mientras intentaba agarrar una almendra con los dedos. ¡Nunca me había dado cuenta la cantidad de cosas que se me caían por día!

Estuve más que nunca atenta a las señales de mi cuerpo. Re aprendí a acostarme, a levantarme, a moverme en otra velocidad y disfruté como nunca andar descalza.

La primera salida sola, el primer ómnibus que me tomé, la primera noche durmiendo de costado. Todo fue motivo de alegría y signo de recuperación.

El día que mi médico me leyó el informe de la biopsia me dijo “ Te voy a leer la última frase y después entramos al detalle: Sin evidencias de malignidad”.

El peso del miedo del que hablé antes se escapó de mi pecho.

Al mes, y con permiso médico, comencé a entrenar tren superior y a hacer rutinas cortas de yoga restaurativa para movilizar los músculos, estirar y abrir los laterales del cuerpo. También comencé a visitar a una osteópata para evitar las adherencias y mi médico me recetó probióticos para recuperar la flora intestinal maltratada y mejorar mi estado constante de cansancio. Mi faja se convirtió en mi accesorio íntimo de cabecera.

Actualmente, y con mas permisos ganados, estoy entrenando muy suavemente piernas y abdominales. Y he sumado a mi práctica yin yoga y asanas un poquito más exigentes.

La gente me sigue mirando con lástima cuando les cuento acerca de mi histerectomía, se incomodan. Ya no me afecta y simplemente les sonrío.

Recuerdo que el día antes de la cirugía me miré al espejo desnuda, como en una despedida, y me angustié al pensar qué iba a ver la próxima vez que me mirara.

Hoy me veo y amo mi cicatriz.

Una cicatriz que me amigó con mis miedos profundos, que me conectó con una vulnerabilidad e incertidumbre que nunca me había permitido sentir.

Que me lanzó en un camino sin mapa pero con una brújula bien afinada.

Tool box a la carta

  • Visitá cada año a tu ginecólogo y hacete los chequeos. En nosotras está la prevención.
  • Si estás en un proceso de enfermedad, creá un vínculo con tu médico. Pedí información, preguntá. Es tu derecho. Un paciente activo es también parte del equipo.
  • Discriminá la información que hay en la web. Si te hace mal, no la leas. Si no es confiable, no le creas.
  • Transitá estos procesos con contención emocional y espiritual, si es ésta una opción para vos. No te quedes sola en tu dolor.
  • Es importantísimo recibir la guía de un nutricionista antes y después de una cirugía mayor. La recuperación de los tejidos y la claridad mental tienen relación directa con nuestra alimentación.
  • Informate acerca de las adherencias post quirúrgicas, ya que no es un tema tan hablado, y buscá opciones.
  • Así mismo, en todo lo relativo a cirugías pélvicas hablá con tu cirujano acerca de la recuperación del suelo pélvico.
  • Vi esta charla de Brene Brown, investigadora, acerca de la vulnerabilidad hace muchos años. La tuve muy presente en este proceso.

Majo Lois es Instructora Mindfulness certificada en Visión Clara Argentina. Certificada en ” Five Mindfulness Trainings”, European Institute of Applied Buddhism (Alemania). Si les interesa el tema pueden seguirla en Mindfulness Uruguay.