En los años 70, cuando el movimiento de liberación sexual se imponía con fuerza, una gran cantidad de países europeos, especialmente los que regulaban sus políticas públicas en el marco del Estado de Bienestar, sancionaron la despenalización del aborto. En América Latina el cantar era otro: las dictaduras se expandían por todo el territorio, reprimiendo y eliminando de raíz al sujeto de derecho. Podemos pensar que perdimos una oportunidad, por una cuestión socio-histórica, y que estamos atrasados en materia de legislación sobre la salud pública. Pero el momento histórico actual, que le da marco al debate sobre la despenalización del aborto en Argentina, viene de la mano de un movimiento feminista que ha ido incluyendo el tema paulatinamente en su agenda, y lo ha convertido en una urgencia nacional.

Los debates que expresan diversas posturas se suceden, en la televisión, en los medios gráficos, en las redes sociales y en el Congreso. Y la sensación de que esta ley va a salir, de que esta ley va a nacer (como dice la consigna), es que lo que está discutiendo la sociedad no es el aborto, sino una ley sobre la despenalización del aborto.

Fuente: Revista Cactus

Discutir sobre el aborto es una encerrona, lo hemos podido observar cuando ciertos sectores despliegan argumentos morales, éticos y religiosos. Discutir sobre el aborto es algo del orden de lo individual, de las propias convicciones y de los mandatos sociales. Discutir sobre el aborto es una trampa, porque nunca nos vamos a poner de acuerdo, y no está mal que así sea. Pero discutir sobre la legalización del aborto es tomar las riendas de un asunto que ocurre más allá de nuestra voluntad, y que tiene que ver con una lista innumerable de factores que nos exceden como personas individuales. Discutir sobre el aborto implica que, si una convicción moral no te permite hacerlo, no lo hagas, pero discutir sobre la despenalización del aborto permite que si una mujer necesita ese recurso, el Estado se lo habilite, como habilita una cirugía de corazón a un enfermo coronario. Porque discutir sobre la despenalización del aborto es una cuestión de salud pública.

Un buen ejemplo de este callejón sin salida es la novela de Joyce Carol Oates Un libro de mártires americanos, en el que la escritora alterna los puntos de vista de dos familias cuyas convicciones determinan sus destinos: la de un fanático religioso que cree actuar en nombre de Dios cuando asesina a un médico abortista afuera de la clínica donde trabaja, y la del médico idealista al que mata. Como bien dijo Darío Sztajnszrajber en la presentación sobre el tema que desplegó en la Cámara de Diputados: es un tema político, no metafísico.

Cuando en los ’80 se sancionó la ley que permitía el divorcio, en el gobierno de Alfonsín, o cuando en el gobierno de Cristina Kirchner se aprobó el matrimonio para personas del mismo sexo, los miedos eran los mismos: que la gente se divorcie más, o que los gays se casen sólo por conveniencia. Pero las estadísticas no se movieron, solo se ampliaron los derechos de sectores que, a priori, no encajaban en los mandatos sociales. Y ahí radica una parte de los conflictos morales y éticos de muchos sectores de la sociedad: no encajar en el molde hace crisis. Que una mujer sea soberana de su cuerpo, y ejerza su derecho a la no maternidad, es romper con el mandato social que se pretende biológico. La naturaleza es el destino y desobedecerla va contra la ley moral.

Fuente: ATE Capital

Muchos países del primer mundo con una fuerte presencia estatal tienen ley de despenalización del aborto hace décadas. Son esos países a los que tantos gobiernos, incluido el nuestro, refieren cuando quieren poner un ejemplo de un modelo a seguir. En Holanda, la práctica es legal hasta las 24 semanas de gestación. En Suecia hasta la semana 18 de embarazo. En Dinamarca, Francia y Alemania (y también en Uruguay) se permite el aborto hasta la semana 12. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo considera un tema de salud pública y derechos humanos, y afirma que “cada año se realizan 22 millones de abortos en forma insegura en todo el mundo, lo que produce la muerte de 47.000 mujeres y discapacidades en otras 5 millones”.

La mayor contradicción, e hipocresía, es la presión sobre el mandato de la maternidad en un país en donde el Estado está cada vez más ausente. En los países del primer mundo hay ley de despenalización del aborto y licencias por maternidad y paternidad compartidas (en algunos países de hasta casi 2 años de extensión), que permiten dedicarse al hijo y recuperar el cuerpo. En los países del primer mundo hay guarderías y jardines gratuitos con inversión del Estado en infraestructura, excelente nivel educativo, buenos sueldos docentes y vacantes en la institución más cercana. En los países del primer mundo hay sistemas de salud gratuito de primera calidad, con insumos, buenos sueldos al personal de la salud y jornadas laborales reguladas. La maternidad es un hecho social. Los países que respetan esa premisa ponen en plano de igualdad la vida de la madre y la vida de los niños, la vida de los pobres y la vida de los que más tienen. Un Estado presente regula el nacimiento de niños en contextos adversos, y también debería regular el nacimiento de leyes que protejan a los más vulnerables.

El próximo miércoles 13 de junio el Proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo entra en la Cámara de Diputados para su votación. Por una sociedad más justa e igualitaria, esperemos que nazca.