Por primera vez todo el planeta habla de un mismo tema: la pandemia produjo una focalización de los diálogos y un conjunto de cambios en los comportamientos. Si bien todos los días leemos textos acerca del futuro post coronavirus, tenemos que reconocer que solamente son reflexiones: no hay situaciones similares para comparar. A la vez hay tiempo y encierro como para pensar y plantearnos escenarios posibles, siempre tomando en cuenta que no son afirmaciones: podemos saber cómo salimos en el pasado de una guerra, de una crisis económica, de un conflicto político. Esto es nuevo.

En Mirada Couture aceptamos el desafío de explorar algunos futuros posibles: hoy hablaremos del concepto de lejanía y cercanía en tiempo de pandemia, los cambios que ya estamos viviendo y cómo se pueden generar transformaciones ¿perdurables?

En primer lugar, perdimos el contacto cara a cara y lo reemplazamos por sustitutos virtuales. Aquí cabe destacar que hemos incorporado algo nuevo y positivo, que tal vez conservemos parcialmente: no siempre es necesario trasladarse, y hay muchas actividades que podemos hacer desde casa. Hoy lo comprobamos. Esto puede significar ahorro de combustible, de contaminación, de tiempo perdido en traslados tal vez innecesarios; el primer descubrimiento puede generar una transformación interesante. Varias profesiones se verán transformadas en un mix online-offline: ¿Cuántas consultas, preguntas, aprendizajes prácticos pueden llevarse a cabo desde a comodidad del hogar?

En segundo lugar y como contrapartida, se extraña el contacto cara a cara: todo lo afectivo que se transmite en el encuentro y toda la sutileza de los matices. Aquí hay algo insustituible, y tal vez la carencia pueda llevar a la revalorización. Hoy sabemos cuánto necesitamos del otro y cómo anhelamos su presencia física. Apenas sea posible, amigos y familias volveremos a los encuentros con intensidad.

En tercer lugar, la ciudad transforma su fisonomía: estábamos agobiados con respecto al tránsito, al tiempo estresante de los traslados, a la incomodidad de las esperas o de las búsquedas de estacionamiento. Hoy nos preguntamos, cuando pase la pandemia ¿qué decisiones vamos a tomar con respecto a la forma de desplazarnos? ¿Vamos a reemplazar parte de esos traslados por reuniones a distancia, por clases online? La gran pregunta es si las nuevas modalidades, creadas por la necesidad, se instalarán como hábito. Entonces elegiremos cuándo vale la pena la presencia, el contacto, la cercanía real, y cuándo puede ser reemplazado por la cercanía virtual -incompleta pero práctica-.

La última gran interrogante surge en torno a los productos y la comercialización: ¿volveremos a valorar un abastecimiento más local, frente a la intensidad de lo global? Sabíamos que, en muchos casos, un alimento que puede perfectamente producirse a nivel local viaja miles de kilómetros para llegar a las góndolas del supermercado. ¿Por qué? Múltiples razones: se fueron generando intercambios, negocios, análisis de costos, o simplemente por la inercia que produce la abundancia. Pero cuando sobreviene una gran crisis ¿seremos capaces de replantearnos todo esto? ¿Seguiremos sintiendo que es válido consumir pan o manteca o jugos que atraviesan océanos para llegar a nuestra mesa? Tal vez sea el momento de preguntarnos y decidir qué movimientos valen la pena.

Pero hay algo que no vamos a abandonar, y es lo que ya extrañamos: el contacto con la naturaleza, la sociabilidad superficial de la calle, la maravilla de caminar por la ciudad. Este período tal vez nos sirva para recuperen el esplendor de la cotidianeidad urbana y revalorizar aquello que hoy perdimos.