El cierre de Colette marca el fin de una época. La tienda que identificamos con los dos lunares azules, creados por Guillaume Wolf, se despidió del 213 de Rue Saint-Honoré de París este miércoles 20 de diciembre con música y baile, larguísimas filas frente a las cajas registradoras y una suelta de globos azules entre flashes y hurras. Esta es la crónica de los veinte años de la boutique más icónica de la Ciudad Luz, mezclada con impresiones personales sobre la experiencia de haberla conocido y visitado varias veces desde 2012 y de haber viajado especialmente para vivir los últimos días de Colette.

En marzo de 1997, Colette Roussaux abrió este local de tres plantas en el cruce de las calles Rue Saint-Honoré y la Rue du 29 Juillet, junto a su hija y directora creativa, Sarah Andelman. No es que para entonces no existiera una tienda conceptual, o sea, un espacio en el que se genera una suerte de curaduría relacionada con el consumo de moda, el arte y la cultura. Desde 1990 ya estaba en el ruedo 10 Corso Como, en Milán, cuya dueña es Carla Sozzani, la hermana de la recientemente fallecida Franca –directora de la Vogue italiana por más de 25 años–. Sin embargo, Colette llevó un poquito más allá esta forma de venta al incorporar, al lado del lujo, productos de valores asequibles.

Sarah Andelman. Foto: Nadina Fornara.

Un poco más adelante en el tiempo, y con el espacio de 700 metros cuadrados ya consolidado como lugar de peregrinación fashionista, lanzaron en 2001 el primer compilado de música en colaboración con Peaches & Gonzales, I Monster y Hanayo, entre otros. Luego vendrían más colaboraciones, uno de los ejes fundamentales sobre los cuales orbitó la fama de Colette, cuya importancia fue vital para la tienda, tal como lo explicó Sarah Andelman en esta nota de Complex.

Los años siguientes, entre 2002 y 2007, la popularidad de la boutique no paró de crecer por la calidad de las colaboraciones –entre ellas con Raf Simons y con New Balance– y en 2008 decidieron hacer una reforma, a cargo del interiorista japonés Masamichi Katayama, para llevarla al aspecto que tuvo hasta hace dos días. De allí en adelante, el de Colette ya era un nombre reconocido ampliamente dentro de la industria de la moda, y las novedades y colaboraciones no pararon de suceder. Desarrollaron productos con Hermés, Aston Martin y Longchamp, festejaron quince años con un carnaval-feria con workshops gratuitos en el Jardin des Tuileries durante dos días; Hedi Slimane se enojó con ellos en 2013 mientras estaba al frente de la dirección creativa de Yves Saint Laurent y decidió sacar el “Yves” del nombre, porque Colette puso a la venta unas remeras que rezaban AIN’T LAURENT WITHOUT YVES, cuestión que quedó zanjada recién cuando Anthony Vacarello lo reemplazó en abril de 2016.

Foto: Nadina Fornara.

Las colaboraciones se siguieron sucediendo: las Stan Smith de adidas Originals para Colette, bolsas de Ikea y otros productos con los famosos lunares azules; H&M, Nike, Vespa, Valentino, Louis Vuitton, Balenciaga. La última y final colaboración fue Saint Laurent, que además de prendas, carteras y zapatos de lujo, pasando por buzos, remeras y zapatillas que difícilmente podríamos considerar lujosas, salvo por sus precios (de 750 a 490€ los primeros, 350€ las segundas y alrededor de 590€ las terceras), contó con una Vespa negra, cascos completamente cubiertos con cristales, encendedores, calcomanías, botas-roller altísimas en charol, un disco de Travis Scott y un rompecabezas, además de otro montón de souvenirs alusivos a la marca.

En marzo de 2017 celebraron veinte años de historia con una instalación de Snarkitecture montada en el Museo de Artes Decorativas, llamada The Beach –que consiste en 300.000 bolas antimicrobianas–, en la que casualmente estuve pero en julio de 2015, en Washington D.C., gracias a que me avisó Tamara Selvood de Collage Lab que siempre maneja buenísimos datos sobre muestras de arte.

Foto: Nadina Fornara.

La primera vez que pisé Colette fue en octubre de 2012 y ahí mismo entendí la fascinación que profesaban tantas notas alrededor del mundo acerca de la mística de la tienda y el fanatismo de muchas celebrities que eran asiduas. Volví varias veces más, durante viajes a París, en estos cinco años que pasaron y en cada una de esas ocasiones disfruté repasar su pared de revistas difíciles de encontrar, su mesa de libros de moda, fotografía y diseño, la sección de golosinas, su bar de aguas en el subsuelo, sus artículos de electrónica de alta gama, los percheros a la derecha de la entrada llenos de prendas de calle –remeras, buzos, camperas–, los estantes colgantes con zapatillas exclusivas y de ediciones limitadas y el primer piso, siempre elegante, con muchísimos maniquíes lookeados con ropa de lujo mezclada con el streetwear de la planta baja. Y eso que todavía me falta mencionar la sección de belleza, con perfumes adictivos de perfumistas y maquillajes y cremas que sobresalían por su packaging.

Llegué para despedirme de Colette y vivir sus últimos días el lunes 18 ya a la tarde y estaba a rebalsar de gente. Así y todo, aunque estuve por irme porque tengo poca paciencia para las multitudes, me quedé un rato a familiarizarme con la mercadería que estaban exhibiendo, saqué fotos porque estaba el músico Travis Scott firmando autógrafos, me la crucé a Sarah Andelman, hice historias para Instagram y me fui con ganas de volver al día siguiente.

Travis Scott. Foto: Nadina Fornara.

El 19 antes de la apertura estuve ahí de nuevo y me encontré con una fila incipiente de personas que como yo, seguramente, trataban de captar los últimos momentos de vida de la tienda. Cuando abrió entré y compré un perfume de 30ml –tamaño ideal para cuando viajo– a modo de despedida como clienta irregularísima (en estos años compré algún libro, alguna revista, otro perfume, no mucho más porque lamentablemente no me da el presupuesto).

Hasta que llegó el día, el 20 de diciembre que había quedado marcado en el calendario de la moda desde el 12 de julio, cuando hicieron el anuncio de que se retiraban. Fui a la mañana y a la tarde-noche. A la mañana llegué diez minutos después de la apertura porque calculé mal el tiempo –me quedé en un hotel por el Quartier Latin– y la tienda parecía que nunca se había vaciado desde el día anterior. Lo que sí había cambiado es que Sarah Andelman estuvo apostada en la puerta entregando a todo el que saliera, chocolates de despedida con forma de corazón –en el mismo azul que el que tiene el logo de la tienda– de Pierre Marcolini, cuya cajita estaba envuelta en una faja que dice el nombre de la tienda, el nombre la chocolatería que hizo el souvenir, la fecha de cierre acompañada del hashtag #coletteforever y el nombre de Saint Laurent.

https://www.instagram.com/p/Bc15a4fD9Dp/?tagged=coletteforever

Entre la mañana y la hora previa al cierre me fui a caminar y volví para vivir la última hora, después de las 18, con la ansiedad de ver qué iba a pasar un poco mezclada con el miedo que me da en estos tiempos –por el terrorismo– estar en eventos masivos. Tuve que hacer una fila de menos de cinco minutos para entrar a la marea de gente que había en la planta baja para aventurarme al primer piso para volver a estar en contacto con la ropa, el calzado y las carteras de Saint Laurent en colaboración con Colette por última vez. Estaba mucho más habitable que la planta baja y el ambiente era festivo: todos los del staff de la tienda, que los días anteriores estaban simplemente parados a disposición de los clientes o charlando entre ellos, bailaban y se sacaban fotos y también subían historias a Instagram.

Cuando dieron las 19 todos los que no estábamos formando fila para pagar empezamos a bajar mientras sonaba Vogue de Madonna. En la planta baja se había llenado de globos “azul colette” y todos los colaboradores se disponían a salir para sacar fotos y dar las hurras secundados por todos los que nos habíamos quedado para despedirlos. La reunión final fue sobre la Rue du 29 Juillet en donde está todavía el mural de despedida que firmó Kevin Lyons. Todo el staff, incluidas Colette Roussaux y Sarah Andelman, posaron un buen rato en una foto grupal, con sus globos que soltaron al cielo marcando el fin de una era mientras se producía un embotellamiento y los conductores fastidiados tocaban bocinazos.

Foto: Nadina Fornara.

Media hora más tarde, los chicos de Bask in The Sun, empezaron a dejar a ciegas el interior de la tienda con pósteres que tapiaban las vidrieras con dibujos alusivos a retirarse sin preocupaciones, que no escapa mucho de la verdad porque estos veinte años fueron de buena cosecha para madre e hija, que cerraron una etapa histórica en lo alto. Nos quedan las otras concept stores alrededor del mundo, pero eso es parte de una nota futura; mientras, ya ven, el tiempo vuela y por eso es importante valorar lo que se tiene cuando se lo tiene.

Pd: Feliz Nochebuena y Navidad para creyentes y no creyentes, que coman rico y gocen de buena compañía.

Colette al otro día. Foto: Nadina Fornara.