Las artes, el cine y, por ende, el subgénero comedia romántica siempre fueron un reflejo de las inquietudes de cada época. Una especie de fórmula básica para la comedia romántica moderna (y hollywoodense) es la «shakespeareana»: dos personas se encuentran, surge un conflicto, se resuelve y viven felices para siempre. Durante los 30, en la era de la depresión, surgió el subgénero de las comedies of manners, películas románticas en las que una persona «rica» se enamora de otra que no lo es. De alguna manera, la industria buscaba bajar una línea que sugiriera que el dinero no lo era todo, que había esperanza, que el amor podía salvarlos. Sin embargo, no es hasta la revolución sexual de los 60 y 70, gracias a Woody Allen, que veremos comedias románticas con un enfoque en el que puede no haber final feliz y, es más, puede no haber felicidad en absoluto. Además de hablar abiertamente de sexo, en las rom-com (romantic comedies, ¿o deberíamos llamarlas sex-com?) nos encontramos con personajes neuróticos, imperfectos, estúpidos, que descubren que el amor puede no ser la salvación o la cura de nada.

En los 80 (amamos las rom-com de esa década, a Molly Ringwald y las escenas de Pretty in Pink y Sixteen Candles) de alguna manera se revalorizan las diferencias sociales: el popular y la pobre, el roto y la mean girl; pero los corazones rotos que finalmente sanan eran el argumento que conducía las historias.

10 things I hate about you.

Pasemos rápido por los 80, 90 y dos mil: When Harry Met Sally, 10 Things I Hate About You (por favor, qué ícono. Sin embargo, es una adaptación moderna de “La fierecilla domada” de, oh, Shakespeare), Clueless (chica hueca que solo piensa en chicos y ropa termina con chico activista, lector, con «conciencia social»), Never Been Kissed, How to Lose a Guy in 10 Days, My Best Friend’s Wedding… En fin, una cantidad de filmes que —mejores o peores— nos hicieron fantasear a los que vamos por la mitad de los 30.

Y ahora, en 2018, tenemos Love. La serie de Judd Apatow para Netflix me sensibilizó muchísimo. Y por «sensibilizó» quiero decir que me encantó, que me sentí plenamente identificada y me pareció tan realista que dolió.

¿Por qué? Porque refleja la sensibilidades y concepciones del amor que manejamos hoy en día, es protagonizada por treintañeros miserables que no pueden dejar ir el pasado y cuya existencia acontece mientras el panorama del futuro es tan turbio que apenas se ve. ¿Ya te deprimiste? Hay más: adultos que se niegan a entrar al mundo de la adultez porque, entre otras cosas, no logran atravesar emociones de la adolescencia (o lo que es peor: extrañan la intensidad de esos años) y destruyen los vínculos con dramas ridículos, elogios al autoboicot, conceptos cómodos y autoconfortantes de la felicidad y las libertades, y mucha mucha pachorra.

Love.

Gus es un mediocre autodestructivo que está cómodo y no tiene deseos (o lo revienta cuando tiene uno). Además, Mickey tiene adicciones: al sexo, al ¿amor?, a las drogas, a ser una mierda en términos generales y a creer que todo lo puede lograr a través del sexo o del beboteo (en el mejor de los casos); lo cual no es moralmente reprochable —at all—, solo que parecería banalizar los (¿sus?) vínculos y creer que puede ser buena y conseguir cosas solo de esa forma.

Love le pega a nuestra generación: los nacidos entre 1975 y 1985, que parecemos estar haciendo cebo mientras los años pasan y nuestra vida transcurre (¿¿¿transcurre???) en las redes sociales, mirando series con personas con las que somos incapaces de imaginar una relación a largo plazo no tanto por temor a salir heridos (as if!… eso es re de los 90) sino porque conocemos nuestras carencias. Y esas carencias, repartidas entre dos, no resultan en una división, sino en tristeza, tristeza y más tristeza. ¿Será, entonces, que Love le pega a los vínculos posmo, signados por la inconducencia y el cinismo (y cito: «el término cinismo permite hacer referencia a la impudencia, la obscenidad descarada y la falta de vergüenza a la hora de mentir o defender acciones que son condenables»)? ¿Ya estamos todos tristes? Deberíamos. ¿Y entonces, por qué Love, especialmente la primera temporada, me conmovió tanto?

La miseria que ambos exhiben, sus imperfecciones y defectos, los hacen fácilmente reconocibles entre cualquiera de nosotros, los inmortales que hacemos planes para mirar Netflix y dormir la siesta. Pero no es solo eso: no existe el maniqueísmo en Love. Ambos son buenos, ambos son malos, ambos son una mierda. Y lo son porque son humanos. Humanos de más de 30 viviendo en los 10 del siglo XXI. Se comportan como basura porque pueden, y sin excusas (no como en los antiguos culebrones, o las rom-com clásicas, en las que el o la infiel llega al engaño porque su pareja es demasiado violenta): nos separamos porque entendemos que el amor puede no ser para siempre, somos infieles porque entendemos que amamos a nuestra pareja pero también entendemos que la atracción por otras personas es real, somos malos porque sí. En Love no operamos como piezas de un engranaje en el que nos mueven las miserias que nos hace vivir el otro: llevamos a cabo nuestros actos por nuestras propias miserias. Y eso es de alguna manera liberador (liberador como un balde de agua helada en la cara), porque de alguna manera hay que agarrar la pala y hacernos cargo. Y hacernos cargo —o mejor: no hacernos cargo— debe ser uno de los main issues del adulto posmo.

La escena en que Gus se va de la casa donde convivía con su ex y empieza a tirar los dvd que, según él, habían sido el génesis de aquellas fábulas de amor que terminaron por devastarlo no representa una disrupción en el paradigma del guión cinematográfico, pero tiene la simpleza —casi imperceptible— de decirnos que el amor no es el problema, sino su concepción y cómo ella se nos impone y nos coacciona.

Y un poco por eso Love me tocó directamente en la fibra de mis cuestionamientos sobre el amor, la pareja, el presente y el futuro: sí, las películas donde el amor triunfaba son sobre todo falaces y en realidad todo es mucho más complejo, pero es preciso tirar abajo (y rompernos en el proceso) esas concepciones obsoletas, hacernos cargo y volver a construir.

Como dijo Judd Apatow en una entrevista para Vice cuando le preguntaron qué consejo le daría a una pareja de muchos años: «Nos levantamos los domingos a la mañana y miramos Oprah’s SuperSoul Sunday y eso nos limpia; aprendemos cosas que después tratamos de aplicar, y al final de la semana nos olvidamos de todo, entonces miramos uno nuevo».