No sé cómo pasó, pero de la noche a la mañana me obsesioné con el pelo color rosado. Así empecé a acumular capturas de pantalla con chicas -en su mayoría asiáticas- con melenas rosa y a soñar con algún día hacérmelo yo. “Si viviera en Nueva York, si tuviera mucha plata, si fuera una actriz famosa…”. Pero, como los gustos hay que dárselos en vida -mi frase de cabecera para hacer locuras-, decidí que no iba a esperar a que se diera ninguna de esas situaciones, sino que iba a aprovechar ahora.

Una de las referencias:

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Esperé para ir un sábado a la peluquería por una razón práctica: lleva unas 8 horas hacerse un color fantasía. Primero te tienen que decolorar a blanco, un proceso largo y un tanto doloroso -lo que arde el cuero cabelludo no tiene nombre- que te hace cuestionarte qué estás haciendo. Luego viene el rosa. Mi estilista, Edward Barreto, me lo advirtió desde un primer momento: tener el pelo rosa es un compromiso, lleva dedicación, tiempo y dinero. Por ahora, viene valiendo la pena.

Salí con la cabellera de un rosado intenso, que no era el tono que había pensado inicialmente, pero me encantó. Es que, como se va lavando el color, hay que ir de menos a más. Era shockeante, sí, pero también más lindo de lo que había soñado. Me sentí la versión más divertida y cool de mi misma.

No descarto el blanco, ¿eh?
Con los lavados va quedando más claro.

Esa noche salí con mis amigas a tomar algo. Nunca fui la más llamativa del grupo y, por primera vez, sentía que todas las personas del bar me estaban mirando. Es una sensación extraña, por un lado intimida y por el otro, debo confesar, es divertido sentirse el centro de atención. Y no fue cuestión de una vez. Me volví a sentir así en el supermercado, cuando una chica me dijo que amaba mi pelo o en la plaza cuando un niño me señaló diciendo que era una sirena. ¿A quién no le viene bien una caricia al ego?

Y en ese sentido, más allá de lo estético, lo que más me gusta de mi melena rosada es que es una buena forma de romper el hielo. Para mí, que soy tímida a la hora de acercarme a alguien, es perfecto porque las personas se acercan con la excusa del pelo que es un tema de conversación en sí mismo y, naturalmente, la charla va tomando otros rumbos. Incluso, gente que normalmente no hubiese saludado -a veces siento que no se van a acordar de mí y me hago la tonta- se acerca a comentarme algo. Mi pelo rosa me saca de mi zona de confort, pero al mismo tiempo nunca me sentí tan “yo”.

Foto: Helena Bonomo.

También, por algún extraño motivo, los desconocidos son más amables ahora que tengo el pelo rosa. Estos días estuve tratando de entender por qué: ¿será porque a ellos también les gustaría hacer algo a lo que no se animan? ¿O tal vez es porque nos sentimos naturalmente atraídos a todo lo que sale de lo ordinario?

Tal vez sea una fase, o capaz me comprometo con el pelo fantasía por varios años más (así como Anna Wintour tiene su carré, el rosado puede ser mi trademark. O no). Lo que sí sé es que me quiero quedar siempre con esta sensación de animarme a más. De darme los gustos. Y, por qué no, sentirme especial. Ah, además el pelo decolorado se lava cada 5 días y no les voy a negar que es muy práctico.

¿Ustedes también tienen algún cambio pendiente para animarse?