Durante casi toda mi vida lo sábados fueron los días en los que me ponía a tiro con las actividades que tenía atrasadas, sobre todo durante los años de facultad. Como trabajaba y estudiaba no me daba el tiempo para todo, entonces cuando llegaba el sábado dormía hasta tarde -para compensar lo que no había dormido en la semana- y luego encaraba los pendientes. O a veces veía a mi familia o amigas. Pero nunca dedicaba ese tiempo para cultivarme a mí misma.

Sin embargo, cuando me recibí, el sábado pasó a hacer un gran vacío. No sabía qué hacer con tanta libertad. Al principio me quedaba todo el día en la cama, a veces comiendo prácticamente nada con tal de no moverme. Miraba temporadas enteras de series o películas románticas de lo más básicas. Estaba estresada e infeliz, entonces para no pensar en eso me abstraía durante todo un día. Lo peor era que después me daba culpa haber desperdiciado el tiempo.

Cuando mi vida empezó a encaminarse -qué raro decir eso, pero es real- decidí cortar con esos sábados de coma emocional. Decidí empezar a ver a ese día como una oportunidad: por primera vez podía hacer realmente lo que quisiera. Me cuestioné qué actividades realmente me hacen feliz. Las anoté y me puse como objetivo empezar a hacer la mayor cantidad posible para aprovecharlo al máximo.

Hace unos días, incluso, me puse como objetivo vivir el sábado perfecto y esto fue lo que hice.

1. La noche anterior hice una playlist de música que me encanta, limpié el apartamento, apagué el despertador (la alarma del celular, bah) y dejé la persiana entreabierta para que entre luz en la mañana.

2. Me desperté temprano pero me quedé en la cama un rato leyendo con mi novio. Aproveché que no tenía apuro.

3. Me vestí con ropa cómoda pero canchera, me puse la playlist y salí a comprar un pan casero al Club del Pan, que me lo habían recomendado muchísimo. La idea era volverme en seguida, pero decidí tomarme un café y comer algo rico ahí. Me había llevado un libro y me lo terminé. Estaba genial.

Foto: @alepint.

4. En lugar de volverme en ómnibus, me volví caminando. Me encanta la arquitectura y fui mirando edificios que me gustaban y sacando fotos. Clave tener el celular en modo avión para desconectarse un poco y solo usar la cámara.

5. A la vuelta vi que estaba la feria de Villa Biarritz y paré a comprarme algunas verduras para acompañar al pan. Había unas manzanas con buena pinta y también me llevé un par.

6. Me encontré con una turista estadounidense que estaba perdida. Me preguntó por el Castillo Pittamiglio y la acompañé hasta ahí. Nunca había entrado y me encantó. Jamás dejen de ser turistas en su propia ciudad.

Foto: @alepint
Foto: @alepint.

7. En casa cociné las verduras al wok y con el pan me hice unas tapas deliciosas. De postre, un alfajor de maizena, mi favorito. No importa si estás a dieta, siempre es importante darse un gusto.

8. Me acosté a ver UN capítulo de una serie. Después dormí la siesta al sol, cual gato. Para este punto es clave tener la casa ordenada de antemano, porque sino no puedo tirarme en la cama.

9. Me desperté de la siesta y me puse a escuchar música en la cama, como cuando era adolescente.

10. Invité a un amigo a los juegos del Parque Rodó. Me subí al Gusano Loco y a las sombrillitas. Comprobé que no es muy difícil tener un rush de adrenalina.

11. Me volví a casa y esperé a mi novio. Dejamos los celulares en casa y fuimos a cenar. Es el mejor compañero de todos.

Antes de subir al gusano loco. Foto: @alepint.

Como verán soy una mujer de placeres simples, pero cada vez confirmo más que tener una vida increíble depende de nosotros mismos. Cuando llegué a casa estaba agotada, sí. Pero feliz de haber aprovechado al máximo el primer día del fin de semana.

¿Lo mejor de todo? todavía quedaba el domingo. Para ustedes, ¿cómo es el día perfecto?