Hace 12 años llegué a Uruguay. Un domingo 12 de mayo, Día de la madre, con una valija de 32 kg con libros, la cámara, fotos y mucha, mucha ropa y zapatos. En ese momento me prometí a mi misma que solamente viviría en una ciudad que me cautive día a día con sutilezas y de las otras. Algo que, por ejemplo, le exigiría a mi pareja (tal vez lo haga). A lo mejor por eso elegí Montevideo. Aún no sé por qué me vine, pero sospecho que tuvo que ver con un desarraigo que si no era radical, no era, y como tenía los 23 apenas cumplidos no me atrevía a irme más lejos; Uruguay me era cercano y conocido. Aunque vacacionaba en la costa uruguaya hacía unos cuantos años, no me imaginaba viviendo en La Pedrera todo el año. Montevideo me parecía una ciudad perfecta; cerca de la costa, de Colonia, de Buenos Aires y llena de personas amables y generosas (sí, perdonen, ese es el concepto deleznable que tenemos los argentinos de los uruguayos, después vamos aprendiendo).

Lo primero que hice fue ir a Durazno y Convención: quería saber de qué se trataba esa esquina, cruzarme con botijas de la moña suelta, descubrir la tienda del judío pobre, ver las palmeras al viento. Y cuando se ilumina. Toda de lila. En pleno diciembre (aunque era mayo).

Foto: Irene Delponte
Foto: Irene Delponte

Como siempre cuando algo comienza, todo era fascinación. Las paredes descascaradas de barrio sur, las casonas centenarias de la Ciudad Vieja y las pelusas de los plátanos de calle Soriano, la esquina con vista al mar de Chucarro y Masini, que supo alojar a la panadería De los Pocitos.

Los inviernos no son fríos en Montevideo. No para alguien que creció en el interior de Argentina, en una ciudad en la que a las 9 de una mañana de julio la escarcha aún resiste a los tibios rayos de sol.

Montevideo es una ciudad de calles curvas y avenidas que doblan en 90 grados y aún así conservan su nombre. Esa disposición de calles (que más de un dolor de cabeza me ha dado, especialmente manejando) me conduce a un limbo insondable de rincones que, incluso 12 años después, descubro fascinada.

Foto: Irene Delponte
Foto: Irene Delponte

La vista privilegiada desde el Cerro y Capurro, las calles arboladas del Brazo Oriental, el olor a leña -de asado- en Malvín, la iglesia del Cerrito, las casas de Atahualpa, la contaminación visual y sonora de Barrio Reus, el aroma a estufa a leña y ropa secándose al sol los inviernos en Parque Rodó, las casas de los ferroviarios en barrio Peñarol, el permanente estado melancólico del Centro, lo imponente de la Ciudad Vieja. Montevideo no me enoja, a veces me entristece; me domina un sentimiento de desasosiego que se me va cuando camino por Cambará o Hermógenes Alvarez en otoño. O si atravieso Convención caminando por Durazno.

Sin embargo, lo que más atesoro de Montevideo no es la manera en que me enamora todos los días, sino cómo me cambió. Los argentinos y los uruguayos no somos iguales. El argentino es bueno también. Pero camorrero, un poco conventillero y muy malpensado. También tenemos cosas buenas, aunque no estoy acá para hablar de eso. En Montevideo aprendí a confiar, a creer en las palabras, a dejar mi cartera en la silla del bar para ir al baño (y volver y que ahí estuviera), a no creer que alguien trataba de hacerme daño sin antes preguntárselo. A confiar. Si bien todas esas emociones, en un principio, me apesadumbraban, gracias a la comunión entre mi esperanza renovada por la mudanza y la luz que entraba por la ventana de mi casa de San Salvador y Pablo de María, descubrí que hay una manera fácil de ser feliz en Montevideo: burlarse de los preconceptos y hundirse en su idilio.

Foto: Irene Delponte
Foto: Irene Delponte

Montevideo no es gris. La rambla sur con sus edificios de ladrillos se tiñe de roja al atardecer, el Prado es verde y marrón, el Parque Rodó es luminoso y multicolor, pero predominantemente violeta, Carrasco se vuelve amarillo o rosado cuando el sol se pone —dependiendo de la época del año—, la rambla, en toda su extensión, es de todos los colores dependiendo el día, la hora o la estación y la playa de Pocitos se queda sin sol muy temprano porque está rodeada de edificios altos, pero el espectro de colores formado por las sombrillas en verano resiste, ahora y siempre.

Esto en lo que Montevideo me ha transformado me llena de felicidad, y esta epístola no está tan dirigida a mí misma como a ustedes, montevideanos, a los que intento corromper con la simpática murria que siento cada vez que camino por alguna calle y algo me recuerda, con tímida alegría, un tiempo pasado (mejor o peor). Y sonrío. Y saco una foto para volver a recordarlo otro día.

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