Nota: Majo Lois (@mindfulnessuruguay) / Foto de tapa: Lotuswei

¿Puede ser New York una ciudad para disfrutarla desde un lugar de calma? Cuando comencé a preparar mi último viaje fue la pregunta que me hice.

Estuve muchas veces en esta ciudad pero ésta era la primera vez que lo hacía desde la perspectiva que yo llamo “ mi segunda vida”. No había en mi bitácora de viaje ni circuitos de compras ni días eternos llenos de adrenalina.

Me intrigaba mucho cómo la iba a vivir, si me iba a sentir cómoda. Desde mi ventana, escuchando a The Lumineers,  la comencé a visualizar al ir aterrizando y se me llenaron los ojos de lágrimas: sentí que éste no sería un viaje más.

Off off off Broadway

Al leer las recomendaciones de la aerolínea tuve mi primer insight. Uno de esos que sorprenden y muestran que algo se ha transformado. Decía que podía llevar hasta dos valijas de 25 kilos cada una, algo que me hubiera parecido una maravilla hace 10 años y ahora me pareció una locura. ¿Para qué querría llevar o traer 50 kilos? Fue así que mi equipaje constó de una pequeña carry on con algunos vestidos (sí, qué ganas tenía de ponerme vestidos de verano), sandalias, medias de yoga y porta mat.

Al llegar a la casa de mi amiga , en medio de la sala estaba mi nuevo mat recién llegadito de Amazon. Perfecto. Era todo lo necesario para pasar unos días fantásticos entre Brooklyn y Manhattan.

Esa misma tarde tenía planeado asistir a un podcast de emprendedoras de proyectos conscientes, pero antes pasé por un supermercado a abastecer mi heladera. Cargando una bolsa en la que había leche de almendras, brotes de alfalfa, té de jengibre y pan sin gluten, me maravillé de los girasoles en todas las florerías y con los puestos callejeros a la salida del metro repletos de papayas, mangos y cocos. Ya sabía dónde conseguir el desayuno para la mañana siguiente.

Creo que esta nueva Majo y esta nueva New York estaban empezando a reencontrarse. Como dos viejas amigas, cambiadas, diferentes pero siempre compinches.

Foto: Majo Lois.

De una ceremonia de cacao a un retiro espiritual en un museo

Greenpoint es en este momento el barrio deseado de Brooklyn. Luego de la explosión de Williamsburg, este lugar más hacia el norte se encuentra en plena expansión. Para llegar, nada mejor que tomarse el ferry que te deja en el embarcadero del barrio y de allí caminar hacia tu destino.

El evento era en una botica llamada Anima Mundi, ubicada en el barrio histórico de Greenpoint, a la que conocí por Instagram. Fue muy divertido verme en el mismo escenario que tantas veces había visto en fotos. Allí, luego de hacer una ceremonia de cacao, beber elixires de flores y ser ahumada con salvia, junto a todas las emprendedoras presentes pudimos escuchar dos casos de éxito, preguntar y más que nada reflexionar.

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Fue muy revelador darme cuenta que en este pequeño lugar del mundo que es Uruguay, yo tenía -en esencia- los mismos dilemas y dudas que ellas. Y que no hay un solo modo de emprender, ya sea que creás esencias florales, trabajás con cristales o enseñás mindfulness. La única verdad es conectar con tu propósito y construir alrededor, eligiendo tu propio método.

El día siguiente me lo pasé en un museo, cosa que puede no ser llamativo en Nueva York, pero lo especial era que se trataba de un Retiro Urbano que intervino el Museo Rubin de Arte Tibetano. Este es uno de los museos que más me gustan de la ciudad y fue realmente maravilloso  volver a él y tener en sus salas las diversas actividades. Entre estatuillas de Green Tara y enormes perros Fu, el día comenzó con una clase de yoga con Tao Porchon Lynch, una instructora de 100 años, siguió con sesiones de meditación, de aprendizaje para balancear nuestras polaridades,  una limpieza chamánica con sabiduría del Amazonas y una clase de vinyasa flow dictada por la maestra de yoga de Deepak Chopra.

Foto: Majo Lois

Salir esa tarde al bullicio ensordecedor de Chelsea me resultó hasta amigable y al llegar a casa cambié mi té de manzanilla por un chardonnay. Porque vamos, era sábado y había mucho para brindar.

Un poco de Yin en una ciudad Yan

Los días continuaron con la firme sensación de que la ciudad que no duerme (y quizás por eso mismo) es también un germinador enorme de sabiduría para encontrar el bienestar, el equilibrio y una vida más natural a través de diversas herramientas.

Me fasciné recorriendo boticas repletas de hierbas medicinales, provenientes de cultivos orgánicos y biodinámicos, donde encontré diente de león o caléndula, que estaba necesitando, pero también otras tantas hierbas nuevas para mí, propias del hemisferio norte.

Los bares de jugos y los espacios de comida saludable pueden no ser novedad, pero sí la presencia del CBD en diversas preparaciones como lattes con el fin de brindar las propiedades medicinales del cannabis a través de los alimentos.

Vi un gran movimiento informativo a través de talleres, conferencias y presencia de productos en espacios naturistas. Si vemos a la ciudad como una gran generadora de energía Yan, masculina, enfocada en el hacer, sus habitantes buscan equilibrar de diversas formas.

Tomé una clase justamente de Yin yoga, centrada en el manejo de las emociones traumáticas, para profundizar mis conocimientos en esta práctica y sumarlo a mi método mindfulness. Quedé encantada con la calidez del equipo de profesores y la impecabilidad en el método de enseñanza. Eso fue una constante en cada profesor que conocí durante esos días.

Mi semana continuó con largas caminatas por la ciudad, sin apuros, huyendo un poco de Manhattan, viéndola desde la otra orilla rodeada del silencio de Brooklyn. Recorriendo sus tiendas indies, muchas con filosofía sustentable, disfrutando sus parques convertidos en huertas comunitarias y tomando puntualmente mi frapuccino de leche de almendras viendo caer el sol.

La ultima noche en la ciudad me preparé un baño medicinal de despedida. Compré girasoles, gerberas, preparé un té de caléndulas y me sumergí mientras agradecí la generosidad que la ciudad tuvo conmigo.

Foto: Majo Lois

Nueva York había sido tan intensa como la recordaba de mis anteriores viajes, pero más profunda. Me iba de ella con una sensación de expansión creativa, llena de ideas, de inspiración, llena de energía.

Al terminar la ceremonia, junté las flores y las llevé a Central Park. Las devolví a la tierra bajo un enorme fresno, medité, volví a agradecer y renové mis votos de amor con ella. Porque luego de este viaje, claro que sí, nos volvimos a elegir.