Atravesamos una época de cuestionamiento de tradiciones. Con la importantísima militancia en materia de género que viene arrasando en América Latina, pareciera ser que así como nos “deconstruimos” en nuestras prácticas relacionadas a la igualdad de género, también estamos en proceso de revisar otras tradiciones y consignas que hasta el momento recibimos como “naturales”. La Navidad es, sin dudas, una de ellas. Especialmente para los que tenemos niños pequeños: pone en jaque nuestros ideales religiosos y espirituales, nuestra relación con el consumo, la contradicción entre generar “ficción” en los relatos que les regalamos a nuestra descendencia o de estar mintiendo, como sienten algunos padres. A la revisión de estas costumbres se suma la complejidad de repartir fechas para las parejas que están separadas, y el rol presente de los padres modernos que exigen igualdad de condiciones, o las disputas entre parejas de religiones mixtas.

Fuente: Inspired by this

Una pequeña historia personal para introducir la diversidad de relatos que aparecen en esta época. Cuando mi hijo mayor tenía cinco o seis años empezó a preguntar por el sentido de la Navidad. Como mi familia no es religiosa y siempre celebramos las fiestas en “formato comercial” (arbolito, regalos, Papá Noel y vitel toné), le expliqué la historia básica del nacimiento de Jesús y su resurrección. Decir que se obsesionó con el tema durante los siguientes tres o cuatro años es poco: leyó una biblia infantil, fuimos a Tierra Santa, miramos películas, conversamos infinitas horas sobre el tema y hasta fuimos a misa. Todas estas acciones fueron a su pedido, motivado por la curiosidad que le generaba la historia de la resurrección y lo incomprobable del relato. En aquel momento, sus preguntas sobre la relación entre la historia religiosa y nuestras costumbres comerciales también fueron complejas, y derivaron en su interés por la historia de los reyes magos, los “regaladores” originales. Lo interesante para mí fue experimentar cómo los niños reciben nuestras tradiciones y son capaces de cuestionarlas y reformularlas en algo nuevo. Esta inquietud me llevó a conversar sobre el tema con varios padres y madres en Twitter, para conocer cómo atraviesan estos procesos junto a sus hijos y que costumbres alternativas se usan en sus familias.

Pesebre hipster. Fuente: El Periódico

Noe está separada del padre de sus hijos y, como la familia paterna de los niños valora el sentido religioso de la Navidad, comparten esta fecha con su papá. Ella confiesa: “para mí se trata sólo de una noche que puedo usar como excusa para cenar rico o con algunos amigos”. Lo que sí aplica es una reversión de la tradición navideña. Durante los días previos hay un juego de cartas, notitas, pequeños sucesos “mágicos” alrededor del árbol de navidad: “no armamos un pesebre sino que colocamos distintos juguetes (playmobils, dinosaurios o autitos)”. Respecto del relato navideño, Noe cree que la fantasía no daña sino todo lo contrario, que conecta con el universo infantil y sus componentes mágicos.

Nicolás confiesa que en su propuesta de navidad no hay regalos. ¿Cómo lo viven sus hijos?: “son tan Grinch como yo, se mofan de las propagandas y les gusta ir a la juguetería cuando no hay mucha gente”.

Para Vero la práctica contrahegemónica pasa por el relato de Papá Noel. Si bien en su familia celebran la Navidad como un momento de encuentro entres seres queridos, sus hijos saben desde siempre que los regalos los hacen los padres, haciendo hincapié en la situación económica de cada año en particular. Por esa razón, tampoco hay cartas ni armado de arbolito.

Fuente: Viajejet

Irene, separada del padre de sus hijos, es otra madre que prefiere pasar con ellos el fin de año: “cuando el más chico dejó de creer en Papá Noel empecé a regalar por mérito, como pasar de grado”.

Martín, padre de una niña, también prefiere compartir con su hija las celebraciones del año nuevo, y esa es la ocasión en donde su familia se regala mutuamente. Otros cuentan en Twitter sus prácticas alternativas: arbolitos de tela con tickets para ir al parque, festejar la Navidad mirando películas y comiendo comida china, no respetar los horarios tradicionales para que los más pequeños puedan dormirse temprano, o decidir no festejar ninguna fecha del calendario comercial.

Las opciones son infinitas y la gran noticia es la flexibilidad de nuestra época para adaptar las tradiciones a las características de cada familia. No hay una receta infalible ni una opción correcta. Cualquier forma de celebrar, incluso si se elige la opción de la anti-Navidad, es parte del relato familiar que heredarán nuestros hijos y un reflejo de la época que estamos atravesando, donde lo que importa es que cada cual diseñe sus propias reglas.