*Foto: Refinery29

Hoy 8 de marzo, en el marco del Día Internacional de la Mujer, se lleva a cabo también -como seguramente ya lo saben- Un Día sin Mujeres, un movimiento a nivel mundial que busca mostrar el rol vital que cumplen las mujeres en las economías domésticas y mundiales. La acción busca también exponer los problemas de desigualdad de ingresos, acoso, discriminación y violencia que viven las mujeres en la actualidad.

Hace unos días le planteé a Natalia Jinchuk, editora de Couture, la idea de publicar algo escrito por mí en esta fecha. Independientemente de su postura o adhesión al movimiento -sé que hay muchas posiciones tanto a favor como en contra de la propuesta-, lo sugerí a modo de solidaridad y de apoyo a la causa. Creo fervientemente que en una lucha por la igualdad, cualquiera que sea, no podemos permitir que solamente una de las partes sea la que haga todo el trabajo.

Tengo que admitir que encarar este desafío no vino sin inseguridades. Como hombre, escribir sobre la mujer y sus derechos, particularmente en este día con tanta carga simbólica, social y ética me hizo dudar de lo acertado de mi decisión. Tuve mis recelos hacia mí mismo y me cuestioné, por sobre todo, el timing. Nunca dudé de mis buenas intenciones, pero el miedo a una apropiación involuntaria e indebida de esta fecha me paralizó y lo sigue haciendo, aún mientras escribo estas líneas. Con todo, siento la necesidad de aunque sea intentar dar mi visión. No por mí, sino por todas las mujeres importantes en mi vida.

Tuve el gran privilegio de crecer y formarme en la compañía de tres mujeres increíbles. Tres mujeres inteligentes, fuertes y luchadoras que me educaron para entender, aceptar y adoptar valores feministas. Se aseguraron de inculcarme conceptos de igualdad, de respeto y de consideración por los demás sin importar las diferencias. Por otra parte, y en un paralelo irónico, también me preparaban para la realidad. Una realidad muy diferente y mucho más injusta.

Mi hermana y yo fuimos criados por igual con los mismos derechos y las mismas responsabilidades. Crecimos muy unidos con la fantasía de comernos el mundo juntos, de igual a igual. Lamentablemente, empecé a acreditar la desigualdad que viven las mujeres desde pequeño. Con muy poca diferencia de edad, ví en real time a mi hermana ser obstaculizada, frenada o imposibilitada por una sociedad que no trata a las mujeres de la misma forma que a los hombres. Desde siempre lo viví con frustración. A medida que madurábamos veía que mi hermana, con las mismas herramientas que yo, con igual -e incluso mayor- capacidad y sin dudas mayor entusiasmo, quedaba estancada sin razón justificable mientras yo seguía mi camino sin obstáculos.

El privilegio masculino es real. Por haber nacido hombre he aprovechado ventajas, beneficios y atajos que las mujeres en mi familia no han tenido. Por mi género, no he tenido miedo de caminar solo en la noche ni de ser menos valorado. Tampoco temí no poder obtener un buen trabajo, ni ser acosado en la calle. Para mi hermana, esa realidad es utópica.

Como hombre, creo importante mostrar apoyo a un movimiento que lucha por una igualdad que aún no existe. El rol del hombre en la lucha por la igualdad de género es uno que se recibe con sentimientos encontrados. Estoy de acuerdo en que es una lucha de mujeres, para mujeres. Sin embargo, creo que el hombre debe acompañar en el camino. No en rol de líder y no en función de activista. En la lucha por las mujeres, el hombre no pertenece en las trincheras.

Sin vivir personalmente instancias de desigualdad de género, los hombres no tenemos protagonismo en esta lucha porque es imposible embanderarse por una causa sin conocer de primera mano la extensión y los efectos de la desigualdad. Podemos empatizar, podemos (creer) imaginar, pero nunca dejará de ser una realidad desapegada a la nuestra.

Pero es nuestro deber integrarnos al movimiento desde un lugar de fraternidad. Esto es esencial para lograr una igualdad real. Si no, ¿cómo se resuelve un conflicto entre dos partes donde una no acepta la existencia del problema o lo ve como un inconveniente menor? ¿Cómo? ¿Siendo que para la otra parte representa un gran impedimento para lograr derechos básicos?

La solidaridad es muy importante. Mostrar adhesión a un movimiento que busca lograr igualdad de género consolida la idea de los derechos de la mujer como derechos humanos. Cuando la gente se una con este fin común, cada uno con sus diferencias en el enfoque, proyectará un fuerte mensaje a favor de los derechos fundamentales.

La ignorancia es peligrosa. Y el silencio es mortal. Los hombres debemos aceptar y vocalizar la existencia de la desigualdad. En su discurso HeforShe, Emma Watson compartió una cita de Edmund Burke: “Todo lo que se necesita para que las fuerzas del mal triunfen es que una cantidad suficiente de hombres y mujeres buenos no hagan nada”. Hacer algo, decir algo o expresar apoyo es esencial para quienes realmente crean en la igualdad. Es la única forma de acercarnos a eliminar una desigualdad infundada y de la que aún hoy niñas, jóvenes y mujeres son rehenes. Yo elijo hablar.