“La moda no es realmente sobre la ropa, se trata de la vida”. Franca Sozzani (eterna editor in chief de Vogue Italia).

Si estuviste dando vueltas por Internet últimamente, es muy probable que te hayas cruzado con el término apropiación cultural. Eventualmente viene seguido de acusaciones de racismo -o de hipersensibilidad, también- y eternas idas y vueltas de opiniones tan distintas que hacen muy difícil llegar a una conclusión única. Esto pasa con cualquier asunto que refiera a lo cultural. Y como vestimos cultura, esta complejización me es difícil de ignorar, principalmente porque el mundo de la moda ha sido su principal campo de batalla.

¿A qué nos referimos con apropiación cultural? Se le suele llamar así a los casos en los que las culturas dominantes toman expresiones del resto -sobre todo de las más sometidas-. A primera vista pareciera ser algo inofensivo, pero la realidad es que existe una doble postura a la hora de pensar la idea. Por un lado, algunos afirman que el término ni siquiera debería existir, que se trata de una obsesión extremista por lo políticamente correcto. Esta postura se fundamenta en el aspecto mutable en las culturas: en las que el intercambio es válido; y esto es real, las culturas se comunican y enriquecen las unas con las otras. Pero quienes defienden la lucha, no desconocen este aspecto, sino que su principal interés está en diferenciar cuándo se trata de un intercambio de cuando es expresamente un robo.

Si nos adentramos a los casos más conocidos en los que la moda se ha inspirado en otras culturas podemos entender cómo el vehículo económico suele desdibujar y confundir la identidad de las expresiones. Porque es en ese desconocimiento de su origen que se disocian a las personas que las han creado. Llevémoslo a un ejemplo concreto: una comunidad negra en Estados Unidas furiosa por que las características que durante toda su vida les habían sido señaladas, ahora solo hace falta que Kylie Jenner las use para ser lo más cool. Y va más allá del episodio de las trenzas de box, basta con observar las modificaciones que ha hecho en su cuerpo extremadamente curvilíneo y en sus labios gruesos.

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Entonces podríamos decir que lo negativo se encuentra en ese punto, en el que nos olvidamos (o directamente ignoramos) que estas cosas existieron antes que las Kardashian. Y aunque nos hace pensar en la ventaja de -al fin- dar visibilidad a mujeres con cuerpos voluptuosos, no podemos olvidar que hizo falta su aprobación para considerarlas hermosas. Porque el problema no está en que ellas usen los labios gruesos, sino en que no se reconozcan de dónde vienen y que hay personas detrás de eso que hasta hace muy poco eran rechazadas por esas mismas cosas. Básicamente es disfrutar de todo lo lindo que tiene una cultura, pero excluyendo a las personas que la integran.

Uno de los casos más recientes y con mayor repercusión fue cuando Marc Jacobs presentó a sus Harajuku Girls peinadas con rastas falsas y muchos periodistas lo tildaron de insensible. El revuelo fue enorme cuando el diseñador neoyorquino contestó diciendo que no entendía porqué era criticado si las mujeres negras alisaban su pelo todo el tiempo. Un comentario que expone aún más la problemática negra en Estados Unidos, porque cuando se les dice a esas mujeres que su pelo natural no entra dentro de los parámetros de belleza aceptables, a la vez las desvaloriza por imitarlos. Un ejemplo claro fue cuando Zendaya asistió a los Oscars con un peinado de rastas y parte del panel de E! la avergonzó diciendo que su cabello parecía oler a patchuli.

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Casos hay miles, porque pareciera que si no hay controversia, no hay fashion week. Otro muy interesante fue aquel en el que Givenchy dibujó figuras en los rostros de sus modelos usando su baby hair inspirándose en las cholas gang. Muchos se opusieron a la creación porque solo una modelo latina había sido elegida para su pasarela cuando la segregación racial de esta cultura es un hecho. Entonces esa disociación es problemática porque populariza el estilo de las mismas mujeres que está ignorando. Y sobre todo, replica elementos de quienes no pueden sostener ese estilo de vida.

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La artista Jennifer Li creó esta pieza que resume el doble estándar que surge cuando algo que los negros han estado haciendo durante años, se convierte en aceptable cuando se pone en un cuerpo blanco.

Artwork por Jennifer Li

Nada es tan literal como parece. Una keffiyah palestina no es solo una bufanda. Todo está dotado de sentido y la moda no es impune a esto. Peinar nuestro baby hair no está mal porque no se limita a un grupo étnico. La cuestión es que este estilo se originó en grupos negros y latinos, causando reacciones adversas y demonización sobre esas mujeres, pero cuando es llevado a la moda recibe grandes elogios. Hace poco quería materializarle la idea a un amigo en un hecho simple: lo más cercano que se me ocurrió fue cuando Justin Bieber cantó Despacito. La lengua que hasta el momento les había sido prohibida a los latinos en USA -y que nos cansamos de ver videos al grito de this is America, speak english– de repente era el nuevo francés para los angloparlantes. Entonces, es ghetto si lo hace alguien perteneciente a una cultura no dominante, pero es aprobado si lo hace un blanco.

Del artista Sanaa Hamid / Cultural Appropriation in Fashion
Editorial7 Girls Show What Beauty Looks Like When It’s Not Appropriated.

A la vez, el mundo de la moda continúa preguntándose si de ahora en más solo podrá inspirarse en su propia cultura. Y de ser así, morir creativamente. Pero también se cuestiona si se supone que las personas deban encasillarse en su único standard étnico, puesto que esta idea nos dividiría aún más. Pareciera ser imposible crear sin inspirarnos en nada -miren Everything is a remix-, incluso ninguna expresión artística está conformada 100% de elementos autóctonos. Pero esta lucha puede inspirarnos a separar la verdadera intención artística: implicarnos más allá de lo estético, y preguntarnos también si el grupo en cuestión tiene ganas de intercambiar sus ideas.

No es mi intención ponerme moralista, porque creo que lo bueno y lo malo son conceptos que no aplican en formato universal -en la mayoría de los casos-. Acá no hay verdad, no hay ni bueno ni malo, solo una instancia para reflexionar y abrir espacios de diálogo a los temas que nos acontecen.