Comprar y que las elecciones sean siempre acertadas es una tarea imposible. No sé ustedes, pero cuando digo “esto me lo llevo”, siento que estoy apostando como si estuviera en una mesa de ruleta en un casino. Saco mis cuentas respecto de los elementos que me importan en una prenda y tomo una decisión, voy con mi mejor corazonada al mostrador a pagar y que sea lo que Dios quiera. A veces sale genial, otras pésimo. Sin dudas, comprar bien es un aprendizaje más en la vida.

Es interesante pensar si nosotros como consumidores tenemos algún poder transformador que influya en el comportamiento de las marcas. No tengo una respuesta para eso, sobre todo sabiendo que la lógica de las mismas es vender sacando la mayor ganancia posible del producto que ofrecen. Esta motivación va en detrimento de la calidad, haciendo mezclas de tejidos en las que la proporción de fibras baratas aumenta y alejándose de lo que es bueno y durable. Hay algo seguro, y es que como individuos no tenemos mucho por hacer más que salir a ver qué nos ofrecen y de ahí, elegir lo mejor dentro de lo que queremos o podemos pagar. Reflexionar sobre nuestro consumo, entonces, parece un buen camino.

Si pagamos una prenda menos de lo que sale un sándwich –sobre todo cuando viajamos o vivimos en países con el low cost que brota hasta abajo de las piedras– ni se nos ocurre esperar buena calidad, ni durabilidad y mucho menos que detrás de ese artículo de moda haya una cadena justa de producción, sobre todo porque estamos en 2017 y ya no somos inocentes. Es muy interesante escuchar en este sentido el Anti-Fashion Manifesto de Li Edelkoort que, palabras más, palabras menos, va por ahí. Si por algún minuto pensaste que una de estas prendas baratas te salió de buena calidad, pensá de nuevo: ¿cuántas veces la usaste? ¿La pusiste verdaderamente a prueba?


Calidad acorde al precio

Todos pensamos “bueno, pero yo no puedo dejar de vestirme”. Es una aseveración válida. Por eso es que a cada marca, como mínimo, le tenemos que exigir una calidad acorde al precio. Muchas veces te vas con algo que pagaste barato y todavía no lo sabés, pero justo eso te va a durar años porque la construcción de la prenda dentro del montón de porquería que venden, es buena y la silueta es clásica y se adapta a varias tendencias. O se te va a desarmar en el primer uso, nunca se sabe. Lo mismo con una marca cara. Puede ser que tu apuesta haya sido “compro acá y esto lo va a usar algún día mi hija o mi sobrina en veinte años” y todo termina en desastre porque pagaste un dineral y no rindió como esperabas.

Para que no sea una cuestión de azar hay que revisar el interior de la ropa que nos atrajo por la apariencia. Hay que ver las costuras: ¿son prolijas? ¿Se ven resistentes? ¿El backstage de ese vestido que tenés en las manos es tan lindo como el exterior? También hay que buscar ese librito de etiquetas que viene adentro: ¿la composición de la prenda te cierra? ¿Otras veces probaste con esos porcentajes de fibras y después de un uso lógico y de varios lavados sigue en pie? La tela, ¿es suave o áspera? ¿Te gusta al tacto? ¿Ya viene del perchero llena de bolitas hechas por el roce? –en este caso, huí de ahí te lo pido por favor; imaginate que si la prenda de exhibición está así, cuando la uses un par de días o la metas en el lavarropas, todo va a empeorar–. Nuestras compras van a mejorar si tenemos presentes estos factores y lo más interesante, es que cada uno de nosotros va a aplicar para sí lo que mejor le resulte y con el tiempo, afinar la puntería.

La mayoría de las personas manejamos un presupuesto limitado y es lógico que puestos a decidir, nos inclinemos o por calidad sobre cantidad, o viceversa. Cada uno tiene su estrategia y hay una edad para cada cosa –quizá entre los veinte y los treinta y pico está bien experimentar estilos y usar y tirar, aunque es verdad que un poco nos tenemos que dejar de hacer los distraídos y darnos cuenta de que nos encaminamos hacia la necesidad de tomar conciencia de verdad, en mayúsculas, de que no podemos vivir comprando y descartando–. Para tomar dimensión del fenómeno de lo que implica el consumo de ropa, en Estados Unidos se desechan por persona, unos 30 kilos al año. Esto se puede ver en el documental The True Cost que quizá ya lo vieron y si no, háganlo porque le cambia a uno la manera de ver sus propios hábitos a la hora de comprar.

Hacer un cambio

Quizá lo mejor para el medio ambiente y para nosotros –en términos de bolsillo, porque comprando de a muchas prendas descartables quizá no registramos que gastamos demasiado en cosas con escasa vida útil y esto siempre es un consumo caro por la lógica de la amortización–, es comprar productos durables y dentro de todo clásicos, pero ¿alguien vio en las marcas una cantidad sustancial de prendas de esas que son fondo de armario, de buenas fibras, sin adornos o siluetas que pasan de moda en cuestión de semanas? A mí siempre me cuesta encontrar el pantalón, la camisa, la remera, el sweater, el abrigo sobrio con silueta atemporal. Anhelo una vuelta al vínculo que tenían nuestras madres o abuelas con la ropa.

Si pudiera pedir deseos como consumidora a las marcas, es que hagan ropa que nos dé gusto usar una y otra vez por años. Parece tonto, pero no lo es. Vivimos la ropa un poco como las relaciones: de manera efímera, al primer fallo descartamos, no tomamos un compromiso serio con lo que representa –para hacer una prenda se usan recursos naturales no renovables, se usan químicos, etc–. Que no fabriquen persiguiendo la reducción del costo, que se eduquen y nos ayuden a educarnos, que no nos vendan cada vez telas peores, prendas con costuras deplorables. Que a sus empleados les paguen bien. Nos tenemos que seguir vistiendo, no se van a quedar sin clientes si hacen un buen producto a un precio justo.

¿Tenemos poder transformador entonces? ¿A las marcas les importa lo que tengamos para decir? Quizá si somos consumidores informados y actuamos en consecuencia, termine cambiando algo.