*Foto: Agustín Fernández

A la vuelta de casa estaba la carnicería de Maruja.

Maruja era una gallega que había llegado a Uruguay después de la Segunda Guerra junto a sus cuatro hijos y sin marido. La carnicería era el negocio familiar en el que todos trabajaban sin descanso, pero ella era la que se ponía el asunto al hombro. Y esto era así de manera literal, porque no había nadie que no quedara boquiabierto cada vez que Maruja salía de la cámara frigorífica con media res a cuestas. Avanzaba con sus piernas cortas y arqueadas hasta la mesada de mármol, donde dejaba caer el animal. Solo entonces comenzaba el ritual de afilar la cuchilla, el preámbulo perfecto para lo que venía inmediatamente después: reducir aquella inmensidad a costillas, tiras de asado o milanesas tiernizadas.

Había otras mujeres así, diferentes, fuertes, encaradoras, que nadie osaba cuestionar y eran una institución en el barrio porque se habían ganado el respeto simplemente por ir contra la corriente.

Hoy hablamos mucho de empoderamiento femenino, y aunque a estas mujeres no las hayamos pensado así, como mujeres empoderadas, entran perfectamente en esa clasificación. Es que mujeres con el control de su vida y de su cuerpo siempre hubo, lo que no hacíamos era reconocerlas. Ahora al menos sabemos que nombrar, detectar y clasificar sin duda nos ayuda a reflexionar sobre estas cosas con otra profundidad.

Para mí fue importante crecer y haber tenido ejemplos de mujeres que rompían el molde como Maruja. No fueron pocas: verduleras, panaderas, maestras, madres solteras, profesionales u obreras que a fuerza de empeño, trabajo y coraje hicieron tambalear todo orden patriarcal. Fueron ellas la semilla de esa conciencia que se manifiesta cada vez con más fuerza, la certeza de que ser mujer no es impedimento para nada.

No quiero que mujeres así sigan siendo anónimas, ni que sus caminos sean más arduos. Identifiquémoslas, alentémoslas, démosles el crédito que merecen. Si son parte natural del paisaje, si no son ciudadanas de segunda, si son el ejemplo que le señalamos a las nuevas generaciones de niñas, entonces sí podemos pensar que el futuro va a ser un poco más justo.

Natalia Mardero (Montevideo, 1975) Escritora. Licenciada en Comunicación Social. Redactora Creativa. Autora de los libros Posmonauta, Guía para un universo, Gato en el ropero y otros haikus y Cordón Soho. Colecciona tazas, marcalibros y discos de vinilo. Ama a los gatos pero desde hace tiempo quiere tener un perro. A veces sube textos y cosas a su blog Madonna es mi madrina.