*Foto: Burke Atkerson

Cada vez que escucho una nueva noticia sobre una mujer agredida o muerta en manos de un hombre, no solo me invade la bronca sino también la incertidumbre de cuándo terminará ésta situación que nos afecta a todas en mayor o menor medida. Mi lado más pesimista me dice que llevará más tiempo del que había pensado en un principio y los tiempos, cuando de cambios culturales se trata, pueden traducirse en décadas. Sin embargo, cuando veo que un nuevo caso de femicidio despierta la indignación y las ganas de salir a la calle de todas nosotras (y de ellos también) aflora mi esperanza de que el empoderamiento femenino está cobrando fuerza por fuera de cualquier comentario violento de alguna página de noticias o de adjetivos estúpidos -“feminazi”- que intentan desestimar la lucha por el miedo que provoca el quiebre de lo establecido.

Siempre digo que la mejor forma de visibilizar los problemas es ponerlos sobre la mesa y para eso lo único que hay que hacer es hablar, usar la voz, la herramienta más poderosa que tiene el ser humano en mi opinión. Ahora las mujeres finalmente estamos hablando, hablando fuerte en un mundo donde históricamente las naciones, medios y otras esferas de poder han sido dirigidos por la voz de un hombre. Cuando escucho a una mujer inteligente y segura hablar sea del tema que sea me impulsa a no callar, a decir sí cuando quiero y a decir no cuando no, a querer ser como quiero ser para mí y para los demás.

A mí me gusta hablar de libertad más que de amor en estos casos, porque si bien el amor es un motor, me es inevitable pensar en las mujeres agredidas que amaron a quienes terminaron siendo los autores de su muerte o los responsables de años de martirio. El amor no es suficiente para detener la violencia, porque la violencia es desigualdad y la desigualdad es la falta de garantías para ejercer una ciudadanía integral y eso también es libertad. Exigir esto es responsabilidad de todos y otorgarlo es responsabilidad de algunos.

Como mujer me siento empoderada pero no libre si debo demostrar que no tengo menos aptitudes que un hombre; que puedo elegir no ser madre; que mi atuendo no justifica tu manoseo sin mi autorización; que tus celos no son mi culpa; que elijo si quiero o no seguir cánones estéticos y eso no me hace más o menos mujer; que no pueda caminar sola en la noche. Estas situaciones generan miedo y el miedo no es sinónimo de libertad, pero por suerte estamos perdiendo el temor a hablar y, repito, la voz en alto es el pilar más importante del empoderamiento. De este proceso, que estoy segura nos llevará a obtener esa ansiada ciudadanía integral, me siento orgullosamente parte.

Romina, una mujer empoderada y sin nada para callar.

 

Romina Di Bartolomeo (25 años) es modelo, pasó por varios empleos fuera del mundo de la moda y también por la Facultad de Ciencias Sociales. Tiene muchos intereses que no tienen nada que ver entre sí y eso define su personalidad. Es una “atleta frustrada”.