*Foto de tapa: David LaChapelle

Sean honestos, ¿quién no ha pasado el ridículo alguna vez? Los que viven en una mentira pueden dejar de leer ahora. Conscientes o no, alguna vez salimos a la calle creyendo tener toda la onda para después escuchar algún tajante “¿Qué te pusiste?”, “La verdad que no te favorece” o el peor: “Me gustaba como tenías el pelo antes”™ (brought to you by: la amiga pasivo-agresiva que todos tenemos).

Pero la verdad es que, si son como yo, no les importa. En la moda todo vale y la transgresión es una parte intrínseca de su identidad. En lo personal, siento que estar cómodo y sentirse identificado con lo que usamos es argumento suficiente para hacerlo, aunque nos cataloguen de ridículos.

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Representación gráfica de mi abuela criticando mis elecciones vestimentarias. (R.I.P. Olga 1928-2016)

Este es todo un tema. Podría escribir horas analizando qué cataloga uno como buen y mal gusto: no existe una definición ni una clasificación objetiva. Hay quienes dicen que todo lo que surge después de que cumplimos 35 años lo rechazamos automáticamente como vulgar. También sabemos que lo que unos consideran de mal gusto puede ser para otros el epítome del glamour. El gusto es subjetivo y ninguno de nosotros está libre de ser llamado vulgar.

De alguna forma u otra, la moda siempre fue influenciada por el mal gusto. A veces como una forma de expresar ironía o excentricidad, pero siempre desde una posición de de excepción o de marginalidad. Sin embargo, y lo más curioso, es que en la actualidad lo feo, o mejor dicho, lo convencionalmente antiestético parece ser moneda corriente. Tanto es así que hubo hasta hace muy poco en el Barbican Centre de Londres una exposición dedicada a la influencia de lo vulgar en la moda: The Vulgar: Fashion Redefined.

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Facetasm FW17 – Paris Fashion Week – Fotos: Vogue.

Ahora, más que nunca, parece ser que el mal gusto, o lo feo, es de rigor en la moda. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Por qué ahora? ¿Qué necesidad? ¡Si veníamos tan bien! Ya hace un tiempo que pienso en esto y encontré cuatro factores que lo explican muy bien:

1. La moda es cíclica

En la moda muy pocas cosas son nuevas. Gran parte de lo que vemos es una adaptación de o un homenaje a épocas pasadas. Ahora bien, el gran problema es que ya nos quedamos sin décadas para revivir. ¿Los años 20, 30, 40, 50 y 60? Done. ¿Los 70? Vuelven todos los años. Los 80 son un herpes que nunca se termina de ir. En 2017, ¿qué nos queda? Ni pensar en ir antes de 1920 porque -afortunadamente- ya avanzamos mucho con el #feminismo. Y bueno, solo quedan la década de los 90 y los 2000. O sea, un desastre.  

Sí, sí… Los 90 nos dieron el grunge (ugh), pero la idea base del grunge nunca fue amoldarse a las normas de belleza, sino todo lo opuesto. Esta corriente marcada por el hedonismo, la homogeneidad y por el desinterés de adherirse a una clase social se hizo, irónicamente, masiva. La década de 1990 fue tan ecléctica que su transformación en un pastiche descontrolado de varios estilos fue inevitable. Y si nos sinceramos, es una década que nunca se destacó por su sofisticación.

De la primer mitad de los 2000 no quiero hablar porque me angustio. Invoco mi derecho de amnesia selectiva. Bye Felicia.

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Nope. – Foto: Lollipop.sg

Posiblemente vivimos en la primera década donde los que dictan las tendencias son muy jóvenes y deciden revivir las modas de su propia adolescencia. No hay caso, los millennials somos nostálgicos y estamos dispuestos a revivir el mes pasado si nos lo permiten.

2. El auge de la estética post-soviética

La estética post-soviética surge como fenómeno de moda muy reciente encabezado por Demna Gvasalia y Gosha Rubchinskiy, dos jóvenes diseñadores que revolucionaron la moda de lujo y el streetwear respectivamente. Ambos nacieron durante la disolución de la Unión Soviética, y cada uno por su lado se propusieron cuestionar las ideas de estilo clásico y de buen gusto. Gvasalia, el diseñador a la cabeza del fenómeno Vêtements y ahora también director creativo de Balenciaga, impuso su estética particular muy influenciada por su cultura y la convirtió en norma.

Rubchinskiy, por su lado, cautivó al streetwear al mostrar sus influencias tal cual las vivió, a diferencia de Raf Simons o Rick Owens, por ejemplo, que también toman muchas referencias de la calle pero las pulen, las mejoran y las hacen sofisticadas. Es el realismo en el trabajo de Rubchinskiy lo que lo convierte en transgresor. No duda en incorporar logos falsificados, texturas dudosas o prendas con mal calce. No es que no pueda hacer ropa refinada, es que no quiere.

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Demna Gvasalia para Vêtements (izquierda) y Balenciaga (derecha) – Fotos: Vogue

Al desmantelarse la Unión Soviética, las marcas internacionales y sus logos fueron descubiertos y explotados como símbolo de inclusión a la globalización, generando un fuerte impacto en los creativos millennials que en ese momento eran muy jóvenes. La influencia de la cultura occidental creó oportunidades que no existían antes y se vieron representadas en revistas, comerciales y por supuesto, Hollywood.

Por nostalgia, por mito o en honor a una cultura obsoleta que formó parte de su día a día, la colección SS17 de Gosha Rubchinskiy estuvo repleta de logos y nombres de marcas que evocan esta fascinación por productos de consumo en la década de los 90. Con ironía, ingenuidad y sencillez, la estética post-soviética ganó los corazones de muchos al presentar una moda más cruda, más real y con menos fantasía.

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Gosha Rubchinskiy SS17 (izquierda) y FW17 (derecha). – Fotos: Vogue

3. Lo uncool se vuelve cool

En la moda, otra forma de transgresión es de deliberadamente elegir un objeto muy poco popular y ponerlo en el spotlight. De nuevo, por la ironía de los jóvenes, por humor o por simple provocación, estamos viendo productos que son definitivamente poco agraciados, ser elegidos como el nuevo must-have. 1) Los Crocs de Christopher Kane SS17. 2) Los pantalones Juicy Couture en Vêtements. 3) Los gorros Von Dutch de Kylie Jenner. 4) Gosha Rubchinskiy reviviendo marcas deportivas prácticamente olvidadas por la moda como Kappa y Fila. 5) Los Skechers de Ian Connor.

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Los Crocs de Christopher Kane SS17 – Foto: Harper’s Bazaar UK

4. Los millennials y la no conformidad

La moda se rige por marcar el ritmo del gusto, por definir lo que es lindo y feo, lo correcto y lo incorrecto. Sin embargo, usar o hacer algo que pueda ser visto como pasado de moda demuestra una cierta seguridad en nuestro propio sentido del estilo. Son estos conflictos de percepción que nos permiten jugar con nuestra imagen para transmitir nuevos mensajes, y cuando nuestros pares lo entienden, se genera una suerte de broma interna que nos conecta unos a otros.

Los millennials son la generación que funciona a fuerza de ironía y que por sobre todo, valora su sentido de independencia frente a las normas. La no conformidad, el rechazo por la pose y por lo artificial son rasgos prominentes de una generación que se declaró en estado de anarquía estética. Los millennials se pusieron como meta jugar con sus propias reglas y se están llevando el mundo por delante.

Elephant skirt de Walter Van Beirendonck 2010-2011 y sombrero de Stephen Jones. – Foto: Walter Van Beirendonck

Quizás por humor o diversión. Quizás por rebeldía por sentirse excluidos de una industria que fomenta un speech irreal y fantasioso de diseñadores que crean “para jóvenes de 18 a 30 años con alto poder adquisitivo”. El gusto es una construcción social. No todos podemos o queremos permitirnos el lujo de seguir lo que está a la moda, y es ahí donde surgen las variantes y las deformaciones de lo que es considerado aceptable y de lo que puede considerarse como de mal gusto. A veces no queda otra alternativa que romper el molde. Hoy el mal gusto está de moda. El buen gusto, out.

Regocíjense, le freak c’est chic.