Primero, una aclaración necesaria: mucha de la moda mal llamada noventosa no remite a los noventas sino a los primeros años del corriente milenio. Puede ser por falta de rigor, por pereza, o porque la moda pegó un volantazo abrupto a mediados de esa misma década, pero una razón que emerge como evidente es que esos años fueron ninguneados sistemáticamente a la hora de revisitar no sólo la moda sino casi todo tipo de expresión cultural. Hay un consenso generalizado de que aquellos años fueron horribles, que los niveles de mal gusto alcanzados son algo que no nos puede volver a pasar. Y cuesta asumir que sí, que está pasando, posiblemente porque es la viva muestra de que eso de que la moda es cíclica es completamente real, y escapa de absolutamente de nuestro control y de nuestro (supuesto) criterio.

Mucha gente se jacta de no seguir las modas y de “saber lo que les queda bien”. El nuevo revival de la moda de principios de los dosmiles viene con una declaración silenciosa pero que más vale ir aceptando: lo que queda bien y no queda bien también es relativo, y descansa en el ojo de época y en el sentido común, en permanente mutación, más que en tipos de cuerpos y cortes infalibles.

Por poner un ejemplo: ¿Cuántas veces se afirmó que no había vuelta atrás del chupín? Estiliza, sienta bien a todas las estaturas, puede ser tanto elegante como trash. Un clásico. Hace menos de un lustro, un jean boyfriend nos hubiera remitido a esa moda consensuadamente repudiada de principios de la década pasada, con el tiro bajo y el culotte (la bombacha, objeto fetiche de la época) asomándose. Que corta la armonía natural del cuerpo, que acorta las piernas, que parece un pañal, que de ninguna manera puede ser sofisticado o elegante. Y ni hablar de un pantalón cargo.

Gwen Steffani en los 1990s. Foto: Getty.

Pero es 2017 y podemos ver desmoronarse todas esas nociones sobre lo estético y lo armónico que parecían, una vez más, absolutas. Posiblemente sea internet y su infinitud las que acortaron la brecha de la nostalgia: si el vintage tradicionalmente eran prendas de los  20, 30, 40, 50 y 60s, las reliquias de hoy son noventosas y cada vez se corren más hacia acá.

La estética de fines de los 90 y principios de los 2000s, con sus colores, sus formas y su obsesión pop hace varios años que viene siendo recuperada en forma de imágenes y gifs de tumblr, red social que funciona como infinito moodboard de época mucho antes de Instragram. Parece mentira que Britney, las BoyBands, el Nu metal, los videoclips en no-lugares que parecen un híbrido entre naves espaciales y estudios de televisión, las chicas de Cris Morena y Sabrina la Bruja Adolescente sean referencias de estilo hoy en día. Debe de tener que ver con que son llamativas y chillonas, y por lo tanto fotogénicas, y que pertenecen al reducido espectro de nostalgia de las postadolescentes y jóvenes adultas de la actualidad, quienes son las principales usuarias de las redes de comunicación visual, caldo de cultivo de las tendencias de todo tipo. La evidencia está por todos lados: basta con chequear el instagram de Unif (tienda online estadounidense que es lo trendy de lo trendy) donde todas las modelos parecen recién salidas de una serie para chicos de Nickelodeon, o también mirar la nueva colección de Monki, cadena británica que es lo más atrevido y hedonista del mundo del fast fashion.

El elenco de Rebelde Way, la serie de Cris Morena de principio de los 2000.

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Como con toda corriente en cualquier ámbito, la relación con el devenir económico y por lo tanto social es directa: las interpretaciones son personales e infinitas, pero si el primer lustro del nuevo milenio –al cesar los coletazos post-90s-  significó la vuelta a la austeridad luego de la (ilusión de) caída del modelo neoliberal global, el fin de la omnipotencia luego del 9-11 y el desaliño de los Strokes como nuevo paradigma fashion, la emergencia de un nuevo mundo volcado a la derecha y que ya no reniega de ser regido por las leyes del mercado hace eco en los usos y costumbres, y por lo tanto en la moda, con una nueva obsesión por el consumo, los objetos fetiche, lo descartable, lo rápido y furioso.

Pero nunca nada vuelve de la misma forma, y adscribiendo a la tan mentada tríada dialéctica de tesis – antítesis –síntesis, los ítems están de vuelta pero cargan encima años de aprendizaje. La recuperación de la estética MTV está cargada de ironía, cinismo, de pastiche y de humor autoconsciente. No es que el “buen gusto” se haya reseteado, y aquellos accesorios plásticos, inflables, los tiros bajos, y la tela de avión de colores chillones a los que pensamos que “nunca íbamos a volver” sean la nueva definición de elegancia. El buen gusto en sí mismo es el concepto que cayó en desuso: ya no es un valor, e intentar definirlo es, tal vez, la única definición de “mal gusto” válida hoy en día.

Justin Timberlake y Britney Spears en los VMAs de 2001. Foto: Getty.
Charli XCX es una de las cantantes pop actuales que más se ha embanderado con el estilo de los 2000s. Foto: TeenVogue.

Las proporciones, colores, materiales y combinaciones que pueblan el imaginario fashionista hoy en día parecen la antítesis de los de principios de esta década: la obsesión por los materiales nobles, la inspiración clásica y minimalista, las gamas grises, petróleo o terrosas, el perfil bajo y la actitud cool, la silueta largo y lánguido arriba – ajustado abajo y la fijación por la proporción, la armonía y el equilibrio se transforma en stablishment y pasa a convivir con el plástico, la lycra, las zapatillas deportivas con resortes, los tops que muestran el ombligo (ya hace años que son ley, pero… ¿Alguien en el 2009 se lo imaginaba?) y los juegos de color, donde valen tanto los neon como el total look en colores pasteles.

Un ejemplo gráfico es la mutación en la moda de los anteojos, que viniendo desde los enormes estilo años 60s, generalmente de carey y con su impronta siempre chic que puede abracar desde Twiggy hasta Audrey Hepburn, viraron hacia cat – eye, para luego abrazar los colores chillones y las formas de fantasía y finalmente llegar a su estado actual, donde lo más trendy son los antejos pequeños y de plástico, más o menos envolventes, dignos de cualquier integrante de los Backstreet Boys portador de una colita baja.

Las icónicas Gemelas Olsen en 1995.
Bella Hadid en 2017. Foto: Instagram.
Naomi Campbell a principios de los 2000 con un look muy actual. Foto: Vogue.

La silueta fashion se invierte: el pantalón cargo con top ajustado arriba, al mejor estilo Gwen Stefani o Pink vuelve a ser válido. Así también el jean con jean, al mejor estilo Britney en los VMAs, y esa es una tendencia que incluso trascendió el nicho joven fashionista para asentarse también hasta entre las más clásicas. Las remeras de un solo hombro, las zapatillas-armatoste con plataforma, las redes y los estampados de planetitas, las gargantillas y hasta también ¡las boinas! que tanto remiten a las de corderoy (o pana, como prefieran) que allá por 2002 impuso 47 Street.

Lo descaradamente sexy también es cool, siendo términos que antes se presentaban como casi antónimos: mostrar piel, lo hiperajustado, que se vea el hilito de la tanga. Las Kardashian, lo deportivo, la gala del MET y el streetwear están dando vueltas en una coctelera y van escupiendo hacia fuera ítems y looks que no dejan de sorprender (y horrorizar) a las cultoras del chic mientras reafirman que la sociedad del espectáculo y el consumo son el único paraíso posible. Será cuestión de ver si la tendencia logrará trascender del nicho sub-25. O si logrará generar nuevos paradigmas de diseño que perduren más allá de la ironía. O tal vez su utilidad está en ser una pesadilla recurrente que nos recordará que todo es descartable y a su vez reciclable, y que no tenemos ningún poder ante lo cíclico de la historia y la cultura.  Y que cuando los valores se desdibujan, menos mal que queda la moda para jugar.

Kendall Jenner en la MET Gala 2017/Rose McGowan en los MTV de 1998. Foto: The Loop.