Ilustración: forevertwentysomethings.com

El encuentro: ¿amor a primera vista?

La fecha en la que uno lo conoce debería estar circulada en rojo en nuestros calendarios. Comienza como un susurro, un nombre desconocido parecido al hit de Kesha y Pitbull, allá por el lejano 2013. Poco a poco, la palabra extraña se transforma en un logo, una pequeña llama. Ahora, a tan solo 5 años de su lanzamiento como aplicación, sólo escuchar la palabra Tinder genera emociones encontradas.

Todavía recuerdo aquella mesa de bar en la que me encontraba con dos amigas en San Valentín de 2014 tomando daiquiris. Habíamos consagrado a este atractivo trío de jóvenes solteras “latín” en honor a la lengua muerta, una metáfora sumamente acertada para nuestra situación amorosa. En eso, entre la muchedumbre de parejas, los vimos: tres jóvenes acercándose a nuestra mesa, de esos personajes que son desconocidos pero que las redes sociales han permitido que -acoso sutil de por medio- conozcamos con lujo de detalle el viaje a Dubai de sus tíos el verano pasado. Saludamos con ese entrecerrar de ojos y cara de poker que aparenta confusión sobre de dónde ubican su cara.

Nuestro vínculo con estos supuestos desconocidos no evolucionó, sin embargo esa noche marcó mi vida de una forma mucho más trascendente. Los muchachos, un lustro mayores que nosotros, tenían esa visión del mundo más madura, más sensata…. más de haber conocido una aplicación que les aceleraba los trámites de la noche. Mientras que el más bajito luchaba con su internet móvil intentando bajar la llave maestra para una noche de desacato, los otros dos explicaban las básicas del proceso: una app para encontrar gente por la vuelta, elegís rango de edad, distancia y después vas mirando las fotos y, con la que coincidís, te da la posibilidad de chatear.

Nos miramos con fingido horror. Miramos pasar, desde ese celular ajeno, el equivalente virtual a un desfile de mujeres. Por supuesto, no eran todas bellezas tropicales dignas de una tapa de revista y la rotación de personas para ese entonces era acotada, pero la mirada de los tres muchachos se parecía a la de un niño cuando le dicen que puede elegir lo que quiera en la juguetería (¿alguien ha visto a un niño tener semejante libertad?).

Una de mis amigas decidió probar la aplicación “en chiste” y mi orgullo no me permitió unirme a ella. A los pocos días, la descubrió un amigo de un chico que le arrastraba el ala y lo borró al instante, muerta de vergüenza, mientras yo la miraba con una superioridad que me iba a tener que tragar en un par de meses. En aquellos tiempos era una joven borrega de 19 años para la que el amor estaba a la vuelta de la esquina, y yo con todo el tiempo del mundo. Qué ridícula.

La redota: volver con la app entre las patas 

Dos sugerencias de pedir un novio mientras apagaba las velitas más tarde, los 21 años me estaban demostrando que los halagos de mi abuela y mi encanto personal no eran suficientes como para conseguir citas el fin de semana. El boliche, antaño una fuente de encuentro efectiva, se había convertido en plural: tantas opciones y la dispersión de personas acotaba mis posibilidades de terminar la noche con una anécdota más allá de las bebidas que me habían tirado sobre la blusa. Mi adorable grupo latín tenía una integrante menos y el amor de mi vida me tenía bloqueada de todas las redes sociales (soy de la escuela de que hay que dejarse stalkear un poco, como deber cívico, por lo que esto me tenía -tiene- indignada). Consideré Tinder, pero el peso del patriarcado me frenó. Necesité de una excusa, y el humor fue la elegida. Así, una calurosa noche de febrero entre amigas, incursioné en el oscuro mundo de Tinder.

En aquella ocasión no revisé mi perfil personal y tan solo me dedique a mirar a los chicos con mis amigas como público. Algunos swipes a la derecha pero el miedo a la conversación con desconocidos hizo de la experiencia algo mediocre.

De toda esta camada de pretendientes que me ofrecía la aplicación, uno solo llamó realmente mi atención: pelo largo, pintor, guitarrista. Fue con el único que incité la conversación y, unos pocos días más tarde, el 8 de marzo, se manifestó como feminista. Sin embargo, cuando ya estaba por tatuarme la llama de Tinder en mi diminuta frente, entré a su perfil a confirmar su edad y me encontré con una pequeña biografía que en mi arrebato pasional había ignorado: BDSM. Este joven que se despedía con la palabra “mimos” parecía tener otro tipo de mimos en mente, y fue un momento de epifanía: más allá de los chistes, el drama y las historias, era difícil encontrar amor en Tinder y yo seguía buscando eso. O, al menos, cariño que no involucrara látigos. Cerré la aplicación sin mirar atrás.

El periodismo como máscara de la desesperación

Salto temporal a junio 2017. Recientemente dejada y tras haberle avisado a mi progenitora que planeaba ser rebelde -siempre hay que organizarse-, pero demasiado cansada como para salir todos los fines de semana, encontré en una investigación para facultad la excusa perfecta para volver a ese entrañable cuadradito. Bajé la aplicación en presencia de amigas y optamos por implementar la metodología empírica en conjunto. En otras palabras, conectamos el celular a la pantalla de la televisión y, al son de Marama y un sinfín de whiscola, nos dispusimos a elegir pretendientes como si se tratara de un capítulo de Nexxt.

El primer fenómeno (que se replicó en otros grupos humanos y de forma individual) fue cómo la exigencia va disminuyendo a medida que se estudia la oferta: los primeros jóvenes fueron descartados instantáneamente y de forma unánime por razones despectivas, superficiales y fantásticas: “fea ropa”, “sonrisa amarillenta”, “tiene una selfie”, “la foto es de fotógrafo así que seguro está retocada”, “demasiado arreglado”, “demasiado desaliñado”. A medida que avanzó la selección -con gritos y reproches como si se tratase de amor verdadero- las exigencias se volvieron más benévolas, y la cantidad de swipes a la derecha incrementó.

En la mitad de la selección, decidieron arreglar mi perfil al descubrir horrorizadas que mi foto principal era con un bebé. Así, eligieron entre una escueta cantidad de fotos provocadoras de mi persona, las 5 que estarían a la vista de los jóvenes aspirantes. Descubrieron, a su vez, que aparecía como si tuviese 32 años, y cambiaron esta parte.

En ocasiones sucedía una situación deprimente: eran tantos los que corríamos hacia el NO, que alguno lindo se iba en el impulso de seguir jugando rápido. Un chico al que estaba deslumbrando por fuera de la app coincidió esta apreciación cuando me explicó haberme visto en la app pero haberme borrado sin quererlo. Las excusas para descartarnos son cada vez más básicas.

Era tan tentadora la opción de quedarse la noche entera sintiendo esa falsa sensación de poder en lugar de salir a un boliche con el frío gélido de junio que se proyectó en cámara lenta una película en mi cabeza: mi cama, mi pijama y yo, mirando chicos por una pantalla que creen que estoy tan espléndida como en la foto en bikini. Todo esto con un maravilloso soundtrack de So happy together de fondo mientras abrazaba mi iphone con una pasión desenfrenada. Sin embargo, salimos a la noche helada y comprobé que es más fácil conseguir un match con cinco fotos elegidas estratégicamente que mientras te miran zarandearte en la pista, de brazos cruzados por el frío.

Aplicaciones novedosas, reacciones familiares

Si bien mi familia había sido notificada de mi autoproclamada rebeldía, la noticia de que incorporaría Tinder a mi rotación de tácticas de levante no se la tomaron demasiado bien. Mientras que mi abuela preguntó cuatro veces qué era Tinder y mi padre se limitó a comentar que un amigo suyo tenía y remató con un “avisame si lo ves”, hermano y madre entrecerraron los ojos y preguntaron por qué sentía la necesidad de hacer eso, si otros se daban cuenta, si no quedaba mal. Porque sí, sí, no.

A nivel de mi propio círculo de amistades, la condena social iba acompañada de la curiosidad por la aplicación. Entre risas y “no te puedo creer” “qué tan desesperada tenés que estar” se peleaban por probar desde mi usuario este nuevo chiche, enmascaradas en mi identidad.

Tinder-fari: al acecho

En mi primer intento de Tinder logré convencer a un amigo hombre de bajarse la aplicación: quería ver contra qué estaba compitiendo. Las mujeres con las que me encontré me alentó sobremanera, la gran mayoría me transformaban en la China Suárez como por arte de magia. Discutiendo las fotos que llaman la atención de los hombres y las que llaman la atención de las mujeres encontré unas pequeñas diferencias en el enfoque a la hora de dar un swipe a la derecha. Entre tanta opinión, se generó casi sin quererlo un pequeño y práctico manual:

Decálogo del apareamiento digital:
A no temer, estimado coterráneo, que todos hemos estado al acecho en las relaciones sentimentales. Con estas instrucciones -mucho más importantes que las del año trece, querido Artigas- tendrá tantos matches como desee, siempre y cuando baje sus expectativas.

  1. La foto elegida debe resaltar sus cualidades, y no estamos hablando de su enorme corazón o intelecto. Aunque desee ver esta herramienta como un medio para conocer al amor, Tinder nunca oculta la frivolidad de su estructura. En las fotos se debe poder apreciar su aspecto físico.
  2. Fotos con amigos: si usted es principiante, absténgase de usar este tipo de fotografías. En caso de querer subir el nivel de dificultad, opte por fotos que no sean con una sola persona, ya que se puede inferir que se trata de una pareja actual o que no ha superado. Nunca suba fotos con personas más atractivas que usted, no se pise el palito.
  3. Atardeceres, fotos de espalda y otras ridiculeces artísticas: a partir de la tercera foto se acepta, pero si es la foto principal se asumirá que usted no está cómodo con su cara y, por consiguiente, tampoco lo estaré yo.
  4. Menos es más cuando se trata de biografías de Tinder: esta plataforma valora de acuerdo al aspecto físico, y los pensamientos que usted exprese en su biografía no aportarán y existe la posibilidad de que resten. Si quiere rebelarse ante esta regla, revisite la historia del sadomasoquista mimoso.
  5. Se implora enfáticamente que no comience una conversación, una vez que haya conseguido el match, haciendo alusión a sus deseos carnales no concretados. No podremos hacer una denuncia pero sí podemos mandarle captura de pantalla a todos nuestros conocidos.

Se le llama decálogo igual, pero este no contiene diez puntos ya que, de contenerlos, la gente dejaría de leer el del ilustre Quiroga. Admitámoslo, de momento hay más gente intentando conseguir una actividad para el viernes a la noche, que con ganas de escribir una obra maestra.

País chico, aplicación diminuta

En la teoría, Tinder conecta a dos personas que no son amigos en Facebook, mas esto no suele suceder. Además de un par de mensajes vergonzosos del estilo de “Salí de ahí haceme el favor” o “¿Vos no estabas de novia?” la mayor incomodidad se genera si llega a resultar en un match inesperado con personas que uno conoce fuera de la pantalla.

No se trata de un real interés al swipear a la derecha con una persona desconocida, sino jugar a ciegas y sólo poder ganar, explica un joven activo en las redes que prefiere mantenerse anónimo (o no). Si ambas personas tienen interés, será una grata sorpresa, mientras que si no es el caso, nunca te sentirás rechazado.

El rechazo en Tinder funciona de otra forma que en la vida real. Esto, tal como explica Martina (nombre cambiado), se debe a que el rechazo en esta plataforma se da siempre de forma indirecta: uno no recuerda con exactitud a cada persona que califica como interesada, por lo que no se ofende al no recibir respuesta. De todas formas, Martina no rechazó a nadie: entendió mal la dirección hacia la que tenía que llevar la imagen para decir NO, por lo que recibió una cantidad considerable de respuestas positivas.

El efecto Samara: cuando el personaje sale de la pantalla

No se puede hablar de un experimento como completo sin llevarlo de la teoría a la práctica, y esta fue la razón que me llevó a una cita con un pretendiente de Tinder. No fue fácil elegirlo: 9 de cada 10 matches buscaban una noche de pasión desenfrenada que no estaba dispuesta a proveer. Ni siquiera eran sutiles, ni tenían inconveniente en hablar solos. Se trataba de una seguidilla de saludos, halagos, y propuestas más indecentes que las de Romeo Santos que desembocaban en que abandonara la conversación y esperanza de encontrar un borrego de bien en el sinuoso mundo digital.

Sin embargo, apareció. Fotos decentes, sonrisa amigable y suficientes personas en común como para asegurarme que no era un asesino serial. Lamentablemente, sus cualidades atractivas se limitaban a esas tres. Luego de un par de semanas de hablar diariamente por el chat de Tinder y eventualmente whatsapp, descubrí pequeños detalles irritantes, como su carácter de soñador (creía que a pura insistencia iba a lograr que pise un gimnasio) y su sentido del humor (nulo). Sin embargo, al no estar buscando amor y sí excusas para comer pizza, acepté una salida. Craso error.

Si es incómodo el principio de una salida, la experiencia con una cita de Tinder agrava la situación. Esos primeros segundos en el auto me iluminaron con una epifanía divina: se asume que porque hiciste match por aspecto físico, a la hora de concretar la salida solo puede terminar en más interés. Lamentablemente, mi frivolidad estaba alcanzando su límite, y por más cara bonita que fuera mi contraparte, la falta de ingenio estaba volviendo a mi acompañante menos atractivo a medida que pasaban los minutos.

Por la mitad de la cita, percibí que esta falta de interés no era mutua: el festejante intentó generar contacto físico. Una mano por la espalda, tocar el dorso de la mano en una conversación, clásicos movimientos para medir el interés del otro. Válidos, pero es importante dedicar un momento a evaluar la reacción, que en mi caso era negativa y en el suyo, completamente ignorada.

Así llegamos al final de la noche, momento que define el éxito de las citas. Estacionados a media cuadra de destino, el muchacho se sacó el cinturón de seguridad y se inclinó hacia mi asiento. Yo, intentando dejar en claro que no había interés, miraba para adelante a un punto fijo y el joven siniestro se acercaba peligrosamente.

No leer una situación puede suceder, pero cuando te niegan los avances explícitamente tres veces y se sigue insistiendo, ya es momento de cuestionarse cómo se maneja uno por la vida. Tal vez pequé de darlo por obvio pero, por las dudas, les paso este consejo básico: trancarle la puerta del auto “en chiste” a una persona que te dice que no quiere ningún tipo de vínculo físico no es una buena manera de hacerla cambiar de opinión. Así, en negrita.

Si la cita fue una experiencia agobiante, la reacción de conocidos fue aún peor. De cuarenta y siete personas a las que les conté la historia, treinta y tres reaccionaron con un “y bueno, también, si lo conocés por Tinder es obvio que iba a esperar que pasará algo” o -mucho más terrorífico- “pobre tipo, debe haber pensado que la salida era un trámite y ni un pico consiguió”. Estas treinta y tres personas  casualmente nunca habían usado la app, mientras que aquellas catorce que sí, estaban tan horrorizados como quién les escribe.

No es un adiós, es un hasta luego

El episodio de la cita fue lo suficientemente dramático como para optar por borrarme la aplicación, luego de bloquear de whatsapp al muchacho que catalizó esta acción, aunque aún persiste con algún me gusta en Facebook. Al intentar irme, Tinder me preguntó por qué razón abandonaba este antro virtual de la perdición. Titubeé. ¿Por qué abandonaba algo que me proveía diversión? ¿Acaso el qué dirán tenía tanto poder sobre mí? Hice click en la opción de “necesito un descanso de Tinder”, que en mi mente sonó a canción de estadio “VOLVEREMOS, VOLVEREMOS (…)”. No sé cuándo, ni con qué pretexto, pero a las salidas fáciles para problemas complicados como el amor, siempre se vuelve, aunque sea para fracasar de nuevo.