El 16 de agosto cumplí 37 años. Me siento mejor que a los 20. No sé si objetivamente estoy mejor, pero sí estoy más segura, más cómoda en mi piel, y con mi estilo. Fui de vacaciones a Brasil y no dudé en cuidarme obsesivamente del sol sin temor a recibir el “pero estás blanca” a la vuelta -y obviamente sucedió-. Corto mi pelo como quiero y le hago el color que tenga ganas, pese a que seguramente no sea lo que más “me favorezca”.

Esto forma parte de una construcción personal. A los 15 años usaba una camisa celeste de camarera de un diner americano con el nombre Joan bordado en la solapa (y nunca me arrepentiré lo suficiente de no haberla guardado. Tampoco tengo fotos, impensable para hoy). Imaginen los comentarios que provocaba en un ambiente conservador del Montevideo de los 90s. También recuerdo haber ido a una cena navideña a la casa de una familia amiga con los mini lentes que se usan ahora, con cristales amarillos. El adjetivo más moderado fue “excéntrica”. Pero, a diferencia de lo que contó Helena, nunca cedí a la mirada juiciosa. La búsqueda incesante de expresar mi personalidad a través de mi estilo -vestimenta, accesorios y pelo- es más fuerte que yo. O forma parte de mi fuerza.

El día de mi cumpleaños me saqué una selfie en el espejo, de labial rojo y con una copa de champagne en la mano. Me sentía regia. La subí a Instagram. De noche, una persona muy cercana y querida, que me conoce desde hace muchos años, me cuestionó por qué. Si 37 años no significaba que debía dejar atrás esas prácticas. Que todo bien que es mi trabajo, pero que no puedo hacer lo mismo que una chica de 20.

https://www.instagram.com/p/BmjB6UOBuSl/?taken-by=hollynat

And I couldn’t help but wonder… Sobre cómo han cambiado las reglas del juego y la edad ya no es un impedimento para -casi- nada. Sobre cómo el aspecto lúdico de la moda ha derribado tantas barreras y que para mí es un deleite seguir a Linda Rodin o a veteranas de la moda -y por cierto no modelos- como Sophie Fontanel o Alexandra Shulman posando frente a su espejo, sin conocer la pose, la luz o el enfoque justos, y por lo tanto con cierta ingenuidad, hasta aprehensión. Es que sacarse selfies (en público, y/o publicarlas en las redes) implica traspasar la barrera del pudor que muchas personas sentimos hasta hoy, por más que, por ejemplo, trabajar en moda exige aparecer. Sobre todo sucede a quienes no pertenecen a la generación selfies -corresponde a los millenials, aparentemente criados como seres especiales para no dañar la autoestima-, como sí lo hace Leandra Medine de ManRepeller, que cumple 30 pero hace más de una década que viene perfeccionando con toda soltura la técnica para estar espléndida y reírse de sí misma a la vez, patentando poses como la #oneleggedselfie. Otra favorita es Christene Barberich (editora en jefe de Refinery29, sus looks son de morirse).

Las selfies son un arma de doble filo. Una fotografía en la que nuestra imagen no es interpretada por otro, sino aprobada por nuestro propio ojo. Parece ser que los filtros ofrecidos por Snapchat e Instagram gracias a los que la piel queda alisada y sin imperfecciones generan distopías que inducen a que la gente vaya a consultar por cirugías plásticas que los dejen como el filtro (spoiler: es imposible). Pero, dentro del espectro de lo sano, las selfies nos muestran como nos gustaría ser vistos por los demás, además de habilitar esa intimidad de percibir a una persona desconocida lo más cerca que podríamos. Gracias a personajes como Iris Apfel, Yayoi Kusama o las divinas señoras de Advanced Style, entendemos que la moda aplicada a una búsqueda estética puede ser la fuente de la juventud, sin necesidad de cirugías. Y que además podemos inspirar a los demás solo con un click.

Por cierto, si quieren un tutorial divertido de cómo sacar una buena selfie, sigan las instrucciones de #JeanPod.

Y ustedes, ¿practican el arte de la selfie?