Foto: beigerenegade.com

Hace unos años caí en la cuenta de que tenía que cambiar mi patrón de consumo por varias razones. Una de ellas fue la que conté en la nota de hace dos semanas. Otra fue cuando me mudé a Barcelona y, sumada a esas dos, cuando me dio orgullo que a una remera que tengo desde hace muchos años, y que uso muchas veces por mes, se le hicieran un par de agujeros: esa sensación inigualable de “gastar” de verdad algo por utilidad y no porque se quedó viejo en tendencia, me despertó de la pesadilla de comprar por comprar. Extrañé de pronto esos tiempos en los que salir de compras era una actividad que hacía por necesidad y no por ocio. A la remera la sigo usando con agujeros y todo, si total hoy te ponen a la venta, en muchas marcas, ropa descosida, deshilachada o agujereada a propósito. Al menos mis agujeros son auténticos: homemade.

Muchos nos entregamos al fast fashion de alguna manera. Y con fast fashion me refiero a llenar una bolsa de “esto lo llevo porque no sale tanto”. La posibilidad de la ropa barata hecha con malas telas y una confección lamentable, nos dio la idea de que la moda no tiene valor. Muchas personas que hoy viajan se vuelven a sus casas con una valija llena de todos aquellos ítems en los que las marcas de moda rápida no son tan malos: remeras básicas, medias y ropa interior de H&M, jeans o abrigos de Zara, etc; y claro que no está mal, pero si cada viaje que pueden hacer es para dedicarse a cargar valijas, cabe la pregunta de si toda esa ropa es barata o al final es cara.

El mecanismo que nos atrapó

Es desesperante hacer una mínima cuenta de cuánto tiempoestán vigentes las tendencias porque los mismos que las crean de forma masiva, las desplazan con otras nuevas a cada rato. Comprás algo “trendy” y al poco tiempo lo mirás y decís “no sé cómo pude comprarme esta grasada”. Las marcas low-cost son exitosas porque además de copiar lo que ya funciona de las marcas de lujo, crean urgencia colgando colecciones “frescas” cada dos semanas. Para los más adictos, “perder de comprar” tal o cual prenda es tan dramático, que no pueden ni siquiera hacer el ejercicio de esperar un par de días para ver si realmente siguen queriendo aquello que les gustó -algo que resulta y mucho-.

Para peor, en el mecanismo este perverso de hacernos sentir desactualizados a cada rato, nos acompaña la realidad de que hoy coexisten muchas tendencias al mismo tiempo, lo que hace que tomemos un poco de acá y otro de allá, con el resultado desastroso de que nada combina con nada. Esto es porque ya no existe la moda como la conocíamos: antes te decían qué era tendencia un puñado de diseñadores y de revistas, hoy te lo dice cualquiera con un poco de sentido del estilo desde una de las 700 millones de arrobas que usan Instagram. Ya no hay líneas tajantes que dividan lo “in” de lo “out” -sin embargo es verdad que, por ciertos períodos, unas tendencias sobresalen por encima de las otras-.

Está bueno preguntarse si necesitamos algo nuevo o si lo que necesitamos es una gratificación de corto alcance relacionada con lo que sentimos cuando estrenamos algo. Aunque hace años trato de reformarme y de no ser seguidora de las tendencias, de apostar a calidad por sobre cantidad, cada tanto caigo de nuevo en comprar algo que al final no uso lo suficiente. Por eso me hice una propuesta a mí misma, porque quiero seguir puliendo mi yo consumidor.

ph: George and Willy

La propuesta

Se trata de un ejercicio que voy a empezar hoy y quiero compartir: voy a comprar un perchero de esos simples, como el de la foto de arriba, y en él voy a colgar lo que use durante un mes, para de esa forma, descubrir cuál es la ropa que verdaderamente uso, más me funciona y más quiero -¡vale repetir!-. ¿Alguien se suma? Una vez que pasa ese período podemos evaluar realmente si todo el resto de ropa que tenemos es tan necesario.

Todo lo que no -va a haber mucho que no usamos por que el clima no acompañó, eso que siga en juego para la próxima ronda-, lo podemos donar, vender, regalar o intercambiar. Y a lo que casi no tocamos o incluso está intacto en el placard, mirémoslo bien: son todas nuestras gratificaciones efímeras, nuestros impulsos, la fantasía que tenemos de ser o parecer algo que no somos. ¡Ah! Y también ahí va a estar toda esa ropa de la que no nos deshacemos sólo porque nos costó cara.

Capaz estoy atravesando eso que llaman la fe del converso, pero lo siento de verdad, siento que aparte de las prácticas reprochables del fast-fashion, no hay que dejar de lado la dimensión medio-ambiental: la ropa buena se regala o se dona -o se vende, ¡o se reforma!-, en cambio, la ropa mala se tira, es desecho. Por eso, tener o comprar ropa clásica y de buenos materiales que podamos usar muchas veces, es más amigable con el planeta y encima implica no quedarse fuera de moda en dos semanas.

 ¿Qué dicen? ¿Se suman? Háganlo usando el hashtag #unapropuestadecente 🙂