Foto de tapa: Man Repeller

Como si la adolescencia no fuese de por sí una etapa difícil de la vida, muchos, además, tenemos que empezar nuestra lucha con el acné. No hay herramienta más efectiva para minar el autoestima y la seguridad de una chica (o chico) que tener el rostro invadido, con más o menos violencia, por granos. Algunos ni siquiera se animan a mirar a los ojos a la gente. Pasar al pizarrón en clase es el doble de duro. Yo, por ejemplo, odiaba quedarme hasta la madrugada en los boliches porque me aterraba que me vieran a la luz del día y sin maquillaje. Como los dermatólogos por lo general te ignoran -después de ver cáncer de piel el acné parece una nimiedad- probás de todo. Desde pasarse alcohol rectificado en la cara (una brutalidad, pero estaba desesperada por la grasitud) y dejar de comer ciertas comidas hasta tomar pastillas anticonceptivas solo con ese fin. Tu piel parece definirte.

Pero la perspectiva de que todo va a pasar es lo que te mantiene a pie. Cuando tenga 18, cuando tenga 20, cuando tenga 25 se va a pasar. O no. Por ahora no. Cuando la mayoría de mis contemporáneos están disfrutando de ese glorioso momento post acné pre arrugas, por acá todo sigue igual. Rezando para que no me salga un grano cuando tengo una fecha. Procurando no abrir la cámara frontal sin tener maquillaje puesto. Recibiendo consejos que no pedí por parte de personas con la piel espléndida sugiriéndome productos que no tienen idea si probé, asumiendo que estoy desconforme con mi apariencia. Mirando selfies de chicas con la piel perfecta en Instagram.

Si bien hay máximas que sin duda ayudan a mejorar la cuestión, como siempre sacarse el maquillaje -sin importar la hora a la que llegue a casa- y lavarse el rostro una vez por día, lo cierto es que cada uno debe hacer su recorrido para ver qué le funciona. Por ahora, lo que mejor efecto le hizo a mi piel fue usar este exfoliante químico, este booster y esta vitamina c. Igual tengo un carrito de Amazon lleno de productos para probar cuando viaje. Y eso que mi caso no es de esos que pueden ser considerados graves. Dos o tres granitos al mismo tiempo y algunas manchas que quedaron de otras épocas.

El otro día vi una foto de Kendall Jenner en los Globos de Oro en el que sus marcas de acné eran muy visibles. Con todo ese maquillaje. Con toda la plata para pagar tratamientos. Con los mejores cosmetólogos en su equipo. Y aún así lució el vestido increíble que tenía con gran seguridad y alegría. ¿Su respuesta cuando le tuitearon la foto? “Nunca dejes que esa porquería te detenga”. Y todavía hay gente que no banca a las Kardashian/Jenner.

https://twitter.com/KendallJenner/status/950441856134823936

Ahí entendí que en lugar de gastar mi energía preocupándome tanto por cómo se ve mi piel, tal vez debería invertirla en algo que no me venga genéticamente condicionado. Porque estamos en un momento de la historia en el que ya no se espera que las mujeres -o las personas- seamos perfectas. Porque un granito no me hace menos divertida, linda o segura. Porque en el cine, las revistas y las redes cada vez más vemos pieles y cuerpos que se alejan de los estándares de antaño. Por ejemplo, Saoirse Ronan en Lady Bird, no se maquilló para que se notara su rostro con imperfecciones, algo normal para la chica a la que interpretaba.

Tal vez no falta mucho tiempo para que cuando haga una búsqueda de Google con la palabra “acné” no me aparezca solo gente triste. Mientras tanto, voy a trabajar para no ver a mi piel como una desventaja, sino como una característica más. Como mis ondas en el pelo o mis manos hiperlaxas.