“Siempre me hice el autoexamen de mama porque, a diferencia de los análisis, era una cuestión que dependía solo de mí”, cuenta Eugenia Noya. Después de varios años realizándoselo periódicamente, el pasado agosto se encontró un bulto. Había cumplido 40 años recientemente y enseguida fue a consultar a un médico. Los especialistas actuaron rápido. Le hicieron una mamografía, una ecografía y una punción, que fue analizada por anatomopatólogos. “Siempre tenés la esperanza de que no te toque a vos. Entonces, cuando te dicen que tenés cáncer de mama, es como un balde de agua fría, no hay mejor forma para describirlo”, recuerda.

“A pesar de que no era una buena noticia, el médico me lo dijo de una forma muy cálida. Para que pensemos cómo íbamos a seguir”. Le aconsejaron hacerse una mastectomía y remover todo -de esa forma asegurarse de que el tumor no volviera aparecer- y, luego de la operación, decidieron hacerle cuatro sesiones de quimioterapia. La intervención duró cuatro horas y el doctor le explicó que se trataba de un foco de cáncer invasor, que había sido encapsulado por tejido tumoral, impidiendo que se expandiera a los ganglios.

Lo habló en términos muy simples con sus hijos Chiara y Renzo, de seis y dos años respectivamente. Les explicó que su mamá estaba enferma, que precisaba sacarse un bultito, que después iba a tener una etapa de recuperación y que en el futuro se iba a mejorar. De eso no le quedaban dudas. “Nunca me planteé que yo iba a dejar de estar para ellos. Desde el primer minuto yo lo iba a superar y los médicos también me lo dieron a entender. Lo que sí me preocupaba era el cómo le iba a afectar a mis hijos la enfermedad. Por ejemplo, me descompensé y me vieron tirada en el piso, eso es una imagen fuerte para ellos pero intenté quitarle el dramatismo. También me puse a pensar en Chiara y en que tenemos que ver que esto no sea hereditario”, explica.

Se apoyó en su marido, que según cuenta es su gran soporte y siguió adelante, como hizo desde el primer día, encarando de forma proactiva y optimista la enfermedad. Aunque no es todo alegría, también se permite estar cansada, a veces sale a caminar y, a veces, se queda en casa. El secreto está en “escuchar al cuerpo”. Es que, en su caso, el efecto de la enfermedad viene siendo “más físico que emocional”.

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Eugenia, además de ser Gerente de Marketing en Nestlé -donde trabaja desde hace 13 años-, es una mujer muy coqueta. En sus redes sociales pueden encontrar reviews de cremas y consejos de maquillaje. Y el cáncer de mama es una enfermedad muy asociada a lo estético. Que la cicatriz, que la pérdida de la mama, que la caída del pelo. Sin embargo, para ella es lo de menos. La belleza no pasa por ahí. “Yo no lo veo como que perdés la mama, sino como que ganás vida”, asegura. Está en la primera ronda de quimio y está pronta para usar un pañuelo en la cabeza cuando sea el momento.

Siempre le gustó compartir en las redes sociales. Contar qué le gusta, recomendar productos, mostrar sus viajes. Y, aunque el tono general de las redes suele ser el mostrar lo mejor de la vida, lo más fabuloso, Eugenia sintió que también era su deber comunicar esta etapa. Sabe que no es sencillo exponerse, mostrarse vulnerable, pero la respuesta fue tan abrumadoramente positiva que valió la pena. “Me transmiten buena energía a través de Instagram, gente que conozco y gente que no. Es una sensación muy linda”, explica.

La historia de Eugenia todavía se está escribiendo y todavía no tiene claro cómo la va a impactar la experiencia a nivel emocional o si va a salir transformada de todo esto. Pero si hay algo de lo que está segura es de que el autoexamen y la detección temprana le salvaron la vida. Y por eso quiere que todas conozcamos cómo empezó.

Cómo hacerse el autoexamen

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Para averiguar más sobre el cáncer de mama y cómo prevenirlo, ir aquí. También pueden conocer el trabajo de la Fundación Clarita Berenbau aquí.